La mansión Riera 5
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Al segundo año de la guerra, Teresa dejó de respirar.

La grave enfermedad pulmonar que padecía y las penurias a que la sometía Antoni, acabaron con su vida.

Teresina y Miquel quisieron celebrar un funeral íntimo, pero ella había sido una persona muy estimada en el pueblo y todo el mundo quiso ir a la iglesia para mostrarle sus últimos respetos.

Acudió tanta gente que, incluso, algunas personas se tuvieron que quedar fuera de la iglesia durante la ceremonia.

Teresa y su hija habían hecho mucho por la causa, llevando comida todos los días para los soldados que luchaban en la guerra, y el pueblo se lo quería agradecer.

Antoni, no obstante, iba cayendo en desgracia por culpa de su avaricia y mezquindad.

Todos en el pueblo sabían que trataba mal a Teresina y lo culpaban de la muerte de su madre.

Si no hubiera sido tan agarrado, se habría podido gastar un dinero para procurarle buenos cuidados, pero él tan solo pensaba en sí mismo.

Por la calle ya se hacía correr que, si contribuía a la causa fabricando espoletas en su taller, era tan solo porque no tenía valor para ir a luchar a la guerra.

También eran bien conocidas las peleas que tenía con Teresina porque ella llevaba comida y provisiones a la SIA para las brigadas que luchaban en el frente, y él, que era un estrecho, siempre la regañaba.

Miquel también se fue alejando poco a poco de su cuñado y amigo inseparable.

Antoni daba la sensación de que lo evitaba, para que no se bebiera su vino y sus licores.

Escondía las botellas en lugares recónditos para que Miquel no las pudiera encontrar.

Ya casi no iba nunca al taller para supervisar la fabricación de espoletas y ahora este trabajo recaía sobre Miquel y Teresina.

Tenían que procurar no disminuir mucho la producción, porque, si esto ocurría, podrían tener problemas con los brigadistas.

A mediados del treinta y ocho, Cataluña había quedado aislada de Madrid y Valencia.

Las tropas franquistas iban avanzando y conquistando terreno a marchas forzadas.

Ya habían llegado al Ebro y tan solo quedaba Cataluña, Madrid y una parte del Levante en manos de los republicanos.

Antoni intuía que todo el país no tardaría mucho en caer en manos de los golpistas, y cada día que pasaba se estaba volviendo más nervioso y paranoico.

—Cuando entren los nacionales en el pueblo y se enteren de que hemos estado ayudando a los brigadistas, nos fusilarán a todos —se lamentaba—. ¿De quién diablos fue la idea de fabricar armas para ellos?

—Fue idea tuya —le reprochó Miquel—. Lo hiciste porque tenías miedo de ir a luchar.

—Yo lo que quería era marcharme a Francia, pero tú me lo impediste.

—¡Encima que te salvé la vida! Si hubieras intentado huir, te habrían cazado como a un conejo.

Antoni se estaba enfureciendo él solo por momentos.

—¡Y tú, mala pécora! ¿Por qué te has tenido que implicar en llevarles nuestros alimentos a aquella gente de la SIA? Todo esto irá en contra nuestra cuando entren los nacionales.

—¡Deja a mi hermana! —lo amenazó Miquel— ¡Ella ha hecho lo correcto!

—¡Sí! Yo he hecho lo que debía —dijo Teresina—. Y si hubiera podido ir a luchar al frente, también hubiera ido. No como tú, que eres un cobarde, que incluso te querías ir a esconder en el sótano, como una rata.

Antoni le propinó un bofetón y la hizo caer al suelo, junto a la cocina de leña. Miquel se le encaró.

—¿Cómo te atreves a pegar a mi hermana, hijo de puta?

—¡Tú no te metas, calzonazos! Os acogí a ti y a tu madre en mi casa y ahora me lo pagáis de esta manera, panda de desagradecidos. No me tenía que haber mezclado nunca con la clase proletaria. Siempre seréis unos pelagatos.

Miquel le pegó un puñetazo en la nariz. Antoni retrocedió unos pasos y se llevó la mano a la cara. La retiró ensangrentada y se la quedó mirando, incrédulo. ¡Su cuñado le acababa de romper la nariz! Enrabietado, cogió un cuchillo de cocina y se lanzó contra él.

—¡Te voy a matar, cabronazo! —gritó, furioso y con el cuchillo en alto— ¿Cómo te has atrevido a pegarme?

Era la primera vez que alguien se había atrevido a plantarle cara a él, a Antoni Riera. Lo había tomado por sorpresa y no estaba dispuesto a tolerarlo. ¡Nadie puede enfrentarse a un Riera sin salir malparado!

Miquel retrocedió espantado hasta quedar acorralado contra la pared. Antoni parecía que había perdido la razón y se iba acercando a su contrincante, con actitud amenazadora y dispuesto a clavarle el cuchillo.

¡Miquel ya se veía muerto! No creía que tuviera ninguna posibilidad de poder defenderse de aquel loco desatado que tenía delante suyo, con el cuchillo alzado a punto de dejarlo caer sobre su pecho.

Levantó las manos en actitud conciliadora, pero su cuñado estaba completamente enajenado.

Estaba a punto de clavarle el cuchillo, cuando se escuchó un golpe seco y Antoni puso los ojos en blanco.

Durante unos instantes, se quedó quieto, inmóvil, como una estatua, soltó el cuchillo y, seguidamente, cayó redondo al suelo.

Detrás de Antoni apareció Teresina con un mazo ensangrentado en la mano.

¡Le acababa de reventar la cabeza a su marido!

Se quedaron ambos en silencio, atónitos, contemplado el cuerpo sin vida de Antoni Riera estirado en el suelo, en medio de un charco de sangre que se iba haciendo cada vez más grande.

—¡Hostia puta! —exclamó Miquel, incrédulo— ¡Te lo has cargado!

—He tenido que hacerlo —parecía que se disculpaba Teresina—. Te habría matado.

Teresina y Miquel permanecían de pie ante el cadáver de Antoni, mirándoselo como dos memos y contemplado como el charco de sangre se iba extendiendo reptando por toda la cocina, como una serpiente roja.

Cada uno esperaba que fuera el otro el primero en reaccionar.

Miquel se miró a su hermana y se sorprendió al ver su expresión fría y serena.

Esperaba que se pusiera a llorar de un momento a otro, pero ella seguía impasible.

—¿Qué hacemos? —preguntó finalmente Miquel.

—Nos tenemos que deshacer de su cuerpo —dijo Teresina, fríamente y con mucha calma.

—Lo podríamos quemar en la caldera —propuso Miquel.

—No, que podrían quedar algunos huesos y aún nos descubrirían. Lo enterraremos en el sótano.

—¿Cómo? —exclamó su hermano, sorprendido por la ocurrencia de Teresina.

—El suelo es de tierra blanda y no nos costará mucho cavar una tumba un poco profunda. Cuando todo esto de la guerra haya pasado, lo podríamos cubrir de cemento o enlozar.

—¿Y qué le diremos a la gente? —Miquel estaba muy angustiado— Lo echarán en falta y nos harán preguntas embarazosas. No podremos mantener su desaparición en secreto para siempre.

—Ya pensaremos algo —dijo Teresina, muy decidida—. De momento, vamos a enterrarlo.

Le envolvieron la cabeza con una bolsa para que no fuera soltando más sangre por toda la cocina, lo cogieron entre los dos, uno por cada pierna, lo arrastraron y lo tiraron escaleras abajo, hacia el sótano.

Cavaron una tumba con la ayuda de una azada y una pala, lo echaron dentro, y lo volvieron a cubrir.

—¿Quieres decir unas palabras? —le preguntó Miquel.

—Ahora no se me ocurre nada. Di algo tú. Era tu mejor amigo, hasta que se le fue la olla.

—Yo tampoco sé qué decir. ¿Lo dejamos estar?

—Sí, dejémoslo así. ¡Venga, vamos a lavarnos la cara y las manos!

—Te agradezco que me hayas salvado —le dijo Miquel—. Si no hubiera sido por ti, ese loco me habría matado. ¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —agradeció Teresina, mientras llenaba un vaso de agua del grifo—. Yo también te agradezco que me defendieras cuando me ha pegado. No te creía capaz de soltarle un puñetazo. Ahora más vale que limpiemos toda esta sangre de la cocina, antes de que venga alguien.