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Como la fábrica no producía, Antoni empezaba a ponerse nervioso por la falta de ingresos.
Si la guerra duraba mucho más, acabaría perdiendo toda la fortuna familiar.
Se fue volviendo más tacaño y agarrado por momentos.
Continuamente estaba abroncado a Teresina y a su madre porque consideraba que malgastaban su dinero.
Se enfada porque iban a llevar comida a la SIA para los soldados que luchaban en el frente.
Él ya hacía bastante fabricándoles las espoletas para sus obuses, utilizando para hacerlo su propia fábrica y sus trabajadores.
Encima, ¡todavía tenía que llevarles la comida de su huerto!
Teresina callaba y no decía nada, pero ella cada día iba a escondidas a la sede de la SIA para llevarles comida y provisiones. A veces, Antoni le descubría los capazos que tenía preparados para ir a llevarlos a los milicianos, y la abroncaba fuertemente.
—No podemos ir repartiendo nuestra comida de esta manera —la regañaba—. Tenemos que ahorrar por si las cosas empeoran y la necesitamos.
—¡No seas tan tacaño! —se revolvía ella— Igualmente, se nos estropeará. ¿Que no lo ves, que las verduras no se pueden conservar?
Para acabarlo de empeorar, su madre se puso enferma.
Cogió algún tipo de enfermedad pulmonar que el médico le dijo que no se podía curar.
A menudo se asfixiaba y le costaba respirar.
Antoni, cada día más paranoico, no la dejaba entrar en la cocina ni la quería en su presencia, por miedo a que le pudiera contagiar.
Estaba convencido de que tenía tuberculosis y que acabaría contagiando a toda la familia.
Como no la quería en la cocina, la obligaba a realizar los trabajos más duros de la casa. La mandaba al sótano para llenar la caldera de carbón, con lo que sus pulmones se iban saturando de carbonilla y empeorando su estado de salud.
—Antoni, mi madre necesita cuidados y descanso —le pedía Teresina—. Si no para, no se recuperará nunca.
—¡Aún nos contagiará a todos! —le respondía Antoni, con su habitual mala baba— Que dé gracias a que la dejo vivir en casa con nosotros. Debería estar en el hospital.
—¡No seas tan mezquino! Sabes que el médico ha dicho que eso que tiene no se puede contagiar.
En una de sus idas de cabeza, Antoni pensó que, si los milicianos entraban en la mansión y encontraban todos los objetos caros y lujosos que poseía dentro, se los confiscarían para pagar los gastos de la guerra o, incluso, se podrían pensar que él mismo era un franquista.
Ordenó al resto de la familia que empaquetaran todos los objetos y muebles que había en la mansión y los escondieran en el sótano.
Estuvieron todo un mes trabajando día y noche para hacer desaparecer todo lo que había en la mansión.
Empaquetaron las cristalerías de Murano y las cuberterías de plata, descolgaron las lámparas de cristal, desmontaron los muebles y embalaron todos los objetos de decoración.
Incluso las ropas de gala y los manteles de punto fueron guardados en cajas.
Lo escondieron todo en el sótano y se quedaron con lo justo para pasar el día a día.