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Las tropas nacionalistas avanzaban sin cesar y los milicianos veían cómo iban perdiendo la guerra.
Hacían falta más unidades. Los soldados voluntarios se convirtieron en forzosos.
Antoni y Miquel estaban asustados, pues ellos no estaban hechos para ir a luchar.
En el fondo, reconocían que eran unos cobardes y temían a la muerte.
Empezaron a hacer planes para escabullirse.
—Dicen por la radio que han bombardeado Figueres. ¡Ya los tenemos encima!
—Barcelona y Madrid todavía resisten, pero acabarán cayendo. ¡Tenemos que huir a Francia!
—¡No! todos los pasos están vigilados —negó Miquel—. Nos esconderemos en el sótano hasta que haya pasado todo. Las mujeres nos llevarán comida y, si vienen a buscarnos los de un bando o los del otro, no encontrarán la entrada al sótano. Ellas les dirán que hemos ido a luchar al frente.
—¡Es una buena idea! —asintió Antoni.
Pasar una buena temporada encerrados en el sótano les parecía mucho mejor que ir a morir a la guerra. Al fin y al cabo, aquella guerra fratricida no podía durar mucho más. Ya llevaban casi un año de luchas, batallas y muertes.
Desgraciadamente, la guerra todavía tendría que durar dos años más.
Empezaron a llevar provisiones al sótano, básicamente agua y latas de conserva, por si tenían que pasar allí encerrados una buena temporada.
Teresina y su madre podrían llevarles fruta y verduras frescas y quizás un poco de carne o pescado.
Antes de que los cuñados Riera pudieran esconderse en el sótano, los milicianos llamaron a la puerta de la mansión.
—¡Antoni Riera! ¡Abre la puerta! —oyeron que gritaban— ¡Sabemos que estás aquí! Te hemos visto por la ventana.
El corazón le dio un vuelco, pues pensaba que venían a buscarlo para ir a luchar. En un primer momento, pensó en escabullirse por la puerta trasera, pero sabía que lo acabarían encontrando y le fusilarían por desertor. Finalmente, se decidió a abrir la puerta, muy asustado.
—Venimos a ver fábrica —le pidieron los milicianos.
Antoni los acompañó a la fábrica, extrañado por aquella petición.
Todavía quedaban trabajando una docena de obreros, la mayoría mujeres y algunos de los hombres de edad más avanzada que no habían ido a luchar.
Los milicianos estuvieron estudiando las máquinas y hablaron un rato con los trabajadores.
—Hemos observado que tenéis maquinaria y tornos de precisión —le dijeron, finalmente—. Te haremos una propuesta: si aceptas fabricar espoletas para nosotros, no tendrás que ir a luchar. Tenéis la maquinaria adecuada y os enseñaremos cómo se fabrican. ¿Qué dices?
—Me parece bien. ¡Todo lo que haga falta por la causa! —aceptó, aliviado por no tener que ir a luchar.
Entonces pensó en su cuñado. No quería que se lo llevaran al frente. Le caía bien y lo echaría en falta. Decidió echarle una mano.
—Pero Miquel también se tendrá que quedar para ayudarme. Es imprescindible para el buen funcionamiento de la fábrica —mintió, descaradamente.
Mientras Antoni y Miquel supervisaban la fabricación de espoletas para obuses en la fábrica, Teresina y su madre habían convertido el jardín en un huerto, donde cultivaban todo tipo de verduras.
También habían construido un gallinero y unas jaulas para conejos.
Toda la comida que les sobraba, la llevaban al local de la CNT, a la Plaça Nova, que había cambiado el nombre por el de la Plaça de la República, donde se encontraba la sede de la Solidaridad Internacional Antifascista, la SIA, que se encargaban de hacer llegar los alimentos a las brigadas del frente.
Cada día salía de Palafrugell una camioneta cargada con provisiones para los milicianos que luchaban contra los nacionales.
Entre medio de las verduras, escondían las espoletas que habían fabricado.