La mansión Riera 2
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El diecisiete de Julio de aquel año, tan solo unos meses después de la celebración de la boda, Antoni entró muy excitado en la cocina. Teresa y Teresina se espantaron al verlo llegar tan nervioso. Pensaron que iba a por ellas, que les iba a regañar por cualquier cosa que habían hecho mal.

—¡Corre, Teresina! ¡Pon la radio! —gritó.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, desconcertada.

—¡Que pongas la radio te digo, cojones! —volvió a gritar, mientras se quitaba el chaleco.

Miquel también entró en la cocina, extrañado por el griterío.

Por un momento pensó que se estaban peleando, como solía pasar siempre que Antoni llegaba de mal humor.

Se sentaron los cuatro alrededor de la mesa, con la radio en medio.

El locutor no paraba de hablar atropelladamente y parecía que siempre iba repitiendo lo mismo, una y otra vez, a la espera de la llegada de nuevas noticias.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Teresina, atemorizada— No entiendo nada de lo que está diciendo

—Se ve que un general de Melilla, un tal Franco, ha intentado dar un golpe de estado —aclaró Antoni.

—¡Tranquilos! Ya veréis que al final no se saldrá con la suya —pronosticó muy erróneamente Miquel—. A nosotros no nos afecta para nada lo que pase en África. Aquello está en la otra punta del mundo.

Tres días después, los golpistas ya habían llegado al Ebro y a Madrid, gracias al apoyo aéreo proporcionado por la Alemania nazi y la Italia fascista, que ayudaron a las tropas franquistas a cruzar el Estrecho hasta la península.

La familia Riera se pasaba el día encerrada en la cocina, escuchando las noticias por la radio.

Antoni y Miquel estaban muy asustados, pues no querían tener que ir luchar al frente.

Al sexto día, se presentó el alcalde en la mansión Riera, acompañado de unos cuantos sindicalistas.

Antoni i Miquel se asustaron, pensado que iban a reclutarlos para ir a la guerra.

—Entre todos hemos formado un grupo que llamamos Comité del Frente Popular Antifascista —les explicó el alcalde—.

Queremos pediros que os unáis a nosotros, para hacer piña contra los nacionales.

Vosotros sois conocidos en el pueblo y tenéis cierta influencia.

Nos vendría bien vuestra ayuda para conseguir reclutar voluntarios.

—Yo no me pienso involucrar —dijo Miquel, con cierto desdén—. ¡Ya os lo haréis!

—En este caso, te enviaremos al frente —amenazó uno de los sindicalistas—. Y si te niegas, ¡te fusilaremos, por desertor!

Los Riera se apuntaron muy a su pesar al Comité y empezaron a hacer campaña para reclutar voluntarios.

Asistían a las reuniones y ofrecían discursos alentadores para animar a los jóvenes a ir a luchar contra los golpistas.

Teresina era la que sabía hacer las arengas con más vehemencia, porque era la que estaba más convencida de la necesidad de ir a luchar contra el enemigo.

Antoni y Miquel le hacían costado, pero a ellos no les dejaban hablar mucho, porque no parecían muy convincentes: no podían animar a la juventud a ir a luchar al frente, cuando sabían que ellos eran los primeros que no tenían ninguna intención de ir.