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Ajenos a todo ello, los novios se casaron en la Iglesia de Sant Martí y celebraron la fiesta en la misma mansión.
El señor Riera no escatimó en gastos y, con la ayuda de Teresa, se encargó de organizar toda la celebración.
La ceremonia fue espectacular : ella llevaba un magnífico vestido blanco con una larga cola de catedral que sostenían un grupo de niños.
Él se había mandado confeccionar un traje nupcial a medida por el sastre del pueblo, con las mejores telas traídas de Londres.
Invitaron a todas las personalidades de la villa.
Asistió toda la plana mayor del ayuntamiento, empresarios pequeños y grandes, personalidades, y todo el mundo que era alguien en el pueblo.
Instalaron una gran carpa en el jardín y un importante restaurante se encargó de llevar la comida.
Un pequeño ejército de camareros con uniforme y guantes blancos se encargaban de que nadie quedara desatendido.
Teresina insistió en invitar también a todos los trabajadores de la fábrica, pero Antoni en principio se negó.
No quería mezclarse con la clase trabajadora.
Finalmente, aceptó ofrecerles una pequeña fiesta en la misma fábrica, con la condición de que luego lo dejaran todo bien limpio y recogido.
Teresina se presentó en la fábrica para saludarlos y todos ellos la felicitaron efusivamente.
Todo el mundo la conocía y la querían mucho.
Era la hija de Teresa, una trabajadora de la fábrica, y de Josep, su antiguo encargado que siempre les había tratado muy bien.
Teresina quiso bailar con algunos de ellos, antes de que un malhumorado Antoni fuera a buscarla.
—¿Qué haces aquí, con esta gente? —la riñó— Ahora tú perteneces a la burguesía. No quiero que te relaciones más con los trabajadores. ¿Qué pensarían, nuestros amigos?
Antoni la agarró por una mano y se la llevó hacia la mansión, mientras ella refunfuñaba enfadada.
Terminaron de celebrar la fiesta en la mansión con los invitados más ilustres.
La gala se alargó hasta bien entrada la noche, entre bailes, discursos y botellas de champán francés.
Antoni y Miquel ya iban completamente beodos y haciendo de las suyas.
Después de la boda, Teresa y Miquel también se trasladaron a vivir a la mansión Riera, pues ahora ya pertenecían a la clase burguesa.
Un mes después de la boda de su hijo, el señor Riera murió repentinamente de un infarto.
Hacía tiempo que estaba delicado del corazón, pero vivió lo suficiente como para poder ver cumplido su sueño de casar al heredero de la familia.
Antoni era hijo único y heredó la fábrica, la mansión y todas las posesiones de su padre, incluida una gran fortuna.
La muerte del señor Riera afectó muy negativamente al carácter de Antoni.
Había sido un niño mimado y consentido, al que nunca le había faltado de nada.
Ahora se había convertido en el cabeza de familia y en el dueño de la fábrica y todas las responsabilidades recaían sobre él, pero parecía que su única preocupación era salir a divertirse y emborracharse con su amigo inesperable Miquel y unos cuantos parranderos más que se les habían juntado, con la única pretensión de que Antoni les pagara las botellas de vino.
Iba poco a la fábrica para controlar el trabajo, pero, cuando iba, todo temblaba.
Se había convertido en un auténtico tirano irritable y malhumorado.
Incluso Teresina sufría las consecuencias de su mal carácter.
Antoni despachó al mayordomo y las sirvientas, porque decía que con Teresina y su madre ya había suficiente para mantener la casa arreglada.
Las hacía trabajar duro como si fueran sus criadas y les gritaba por cualquier cosa que hicieran que a él no le parecía lo suficientemente bien.
Miquel, que ahora era su cuñado, parecía que no se enteraba de nada de lo que sucedía dentro de aquella mansión.
Daba la sensación que le importaba más poder conservar la amistad con Antoni para que le pagara sus fiestas, que la felicidad y el bienestar de su madre y su hermana.
Poco a poco, Teresina empezó a tomar las riendas de la fábrica ante el escaso interés que mostraba Antoni, quien tan solo pensaba en divertirse con Miquel y su pandilla de amigos perdularios.
Los empleados se alegraban de que fuera ella quien dirigiera la fábrica en lugar de su marido, pues ella sabía tratarlos con corrección y afecto, como lo había hecho siempre el señor Riera.
Al fin y al cabo, ella era hija de Teresa y Josep, dos antiguos trabajadores de la fábrica.