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Teresina y yo estábamos en el jardín de la residencia, ella sentada en su silla de ruedas y yo en una silla de jardín.
Hacía un día soleado y nos dejábamos acariciar por los rayos de sol primaverales mientras ella me iba contando su historia.
Acababa de explicarme cómo Antoni Riera le había pedido la mano y, en aquel momento, vimos entrar en el aparcamiento de la residencia un vehículo rotulado con los colores de la Guardia Civil.
Desde nuestra posición, vimos bajar del vehículo al teniente Romerales, acompañado de un agente vestido de uniforme.
Me levanté y fui a recibirlos al mismo aparcamiento. El teniente no se sorprendió al verme.
—¿Qué haces, aquí? —me preguntó, conociendo ya la respuesta.
—Imagino que lo mismo que usted: intentar averiguar de quiénes son aquellos huesos que hay en el sótano de mi propiedad. ¿Ha venido para detenerla?
—No, no puedo detenerla en su precario estado de salud. ¿Te ha contado algo interesante?
—No, no me ha querido decir nada — mentí—. Es como un libro cerrado.
—Voy a interrogarla, a ver si yo puedo conseguir sacarle algo.
—Deje que vaya a despedirme de ella —le pedí.
Volví con Teresina. No parecía nada preocupada por la presencia de la policía.
—El teniente ha venido para interrogarte. ¿Qué le dirás?
—No pienso explicarles nada —dijo, muy convencida—. Tan solo te lo explicaré a ti. Vuelve mañana y seguiremos hablando.
Le prometí que volvería. Estaba muy intrigado por conocer toda su historia y la de los cadáveres que habíamos encontrado en el sótano de la antigua mansión.
Cuando salía para ir a recoger mi coche en el aparcamiento, me crucé de nuevo con el teniente que se dirigía a los jardines de la residencia con la intención de interrogar a Teresina.
—¿Cuántos habéis encontrado? —le pregunté.
—De momento, los forenses han desenterrado tres cadáveres, pero parece que hay unos cuantos más. ¡Aquello parece un mausoleo!
El teniente Romerales se sentó junto a Teresina, en la silla que yo había dejado libre.
—¿Quiénes son? —le preguntó directamente.
—No lo sé —mintió—. Damià ya me ha contado que han encontrado unos huesos que parecen humanos en el antiguo sótano de la mansión. Seguramente ya debían estar allí cuando yo la heredé.
—Pues resulta que sí que son humanos. Hay unos cuantos y no son tan antiguos. Ya me puede explicar de dónde han salido, porque no he venido a detenerla. Con su edad y su estado de salud, no la puedo sacar de la residencia. ¿Son los maridos desaparecidos?
—Ya le digo que no sé de qué me habla —insistía Teresina.
—Y yo le digo que no la puedo detener, pero igualmente tengo que instruir el caso, de manera que, aunque no me quiera hablar de ello, averiguaré toda la verdad.
Aunque el juez la declare culpable de la muerte de sus maridos, no la sacará de la residencia para llevarla a la cárcel, así que ya puede explicármelo todo desde el principio, que no le pasará nada.
Teresina se cerró en banda y el teniente no sacó el agua clara, pero estaba seguro de que, tarde o temprano, acabaría sabiendo la verdad de aquellos huesos.
Todo aquel asunto tan solo acababa de empezar , pero a él no le quedaba mucho tiempo para averiguarlo.
Estaba previsto que aquel mismo año cerraran el cuartel de la Guardia Civil de Palafrugell para dejar paso a la llegada de los Mossos d’Esquadra.
En cuanto cerraran el cuartel, él tenía pensado jubilarse.
Al día siguiente volví a la residencia, como le había prometido a Teresina, para que me continuara explicando su historia...