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El mismo día que Teresina cumplió dieciocho años, Antoni se presentó en casa de ella para pedirle su mano a su madre.
Tras la muerte del padre, Teresa era la cabeza de familia.
Esta responsabilidad había pasado de largo de Miquel, que era el heredero, por culpa de su mala cabeza.
Ciertamente, no estaba preparado para llevar el peso de una casa y de una familia.
Teresa ya sabía que ese día Antoni iría a pedirle la mano de Teresina, pues ya lo habían hablado y pactado de antemano.
También había advertido a su hija que tenía que aceptar casarse con él, pues era la única forma de que pudieran salir adelante.
Los ahorros que les había dejado padre ya se estaban acabando y, con lo que ganaba ella en la fábrica, la pensión de viudedad y los pequeños trabajos que hacía Teresina, casi no les llegaba para vivir.
Ella no tuvo más remedio que acceder a ello, por el bien de la familia.
Fue también ese día que Teresa le enseñó a su hija a hacer los famosos pastelitos con la receta de la difunta abuela.
—Tienes que poder demostrarle que sabes cocinar —le aconsejaba su madre—. A los hombres se les conquista por el estómago. Con estos pastelitos, la abuela conquistó al abuelo, y con ellos, yo misma conquisté a tu padre. Le explicaremos a Antoni que los has preparado tú sola.
Antoni se presentó vestido con sus mejores galas.
Llevaba un traje blanco con chaleco, americana y zapatos de charol.
Miquel le hizo de padrino, vestido con un elegante traje que le había prestado su amigo para la ocasión.
Teresina había ido a la peluquería y lucía espléndida y preciosa.
Su madre la había ayudado a pintarse los labios y a maquillarse la cara.
Habían terminado de tirar la casa por la ventana comprando un nuevo traje elegante y caro.
Antoni, aunque ya era admirador incondicional de su belleza, quedó impresionado por el espléndido aspecto que lucía aquel dia.
Sobre la mesa de la sala descansaban los pastelitos que había preparado Teresina, junto a unas botellas de moscatel y de anís.
Antoni se miraba los licores de reojo y tenía que hacer un gran esfuerzo por no probarlos, pues no quería emborracharse en un día tan importante.
¡Sólo le faltaría dar el espectáculo y que Teresa se echase atrás!
Quien no se supo contener fue Miquel, que, después de beberse toda la botella de anís, no paraba de gritar: ¡viva los novios!
La propuesta de matrimonio transcurrió como estaba previsto.
Teresina aceptó, un poco a su pesar, casarse con Antoni, y su madre, como ya estaba previamente pactado, le concedió la mano de su hija.
Antoni se sacó un anillo de compromiso del bolsillo y, con una rodilla en el suelo, le hizo solemne entrega a su prometida, colocándoselo en el dedo anular de la mano izquierda.
Teresina quedó impresionada por aquella formidable joya a la que su madre no le podía quitar la vista de encima.
Antoni hizo sonar una campanilla y apareció el mayordomo con una bandeja que contenía cuatro copas de cristal y una botella de champán francés. El mayordomo descorchó la botella y llenó las copas. Todos brindaron para la ocasión.
Miquel, que estaba medio inconsciente estirado en el sofá con una melopea como un piano, se incorporó un poco, cogió la copa de champán y gritó: ¡que se besen!