La mansión Riera 4
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Teresina tenía que trabajar duro para ayudar a su madre a llevar el peso de la casa.

Se levantaba muy temprano por la mañana para ir a limpiar a las casas de los señores y, cuando salía, pasaba por la Cooperativa para realizar la compra del día.

Luego ayudaba a su madre a preparar la comida.

Por la tarde, iba al taller del sastre para planchar y coser.

Saliendo, recogía la cantina e iba a la lechería a comprar la leche.

Los sábados hacían la limpieza general de la casa con su madre.

Los domingos por la tarde iba a bailar al Centre Fraternal, donde se celebraban bailes cada fin de semana para captar a la juventud.

Su madre, junto con las otras madres, controlaban a las chicas desde su posición privilegiada en la camarilla, mientras fisgoneaban y criticaban a los chicos.

Cuando las parejas se arrimaban demasiado bailando, las madres les llamaban la atención.

—¿Has visto a Antoni Riera? —le decían las compañeras de trabajo, con un poco de envidia— Parece que está rondando a tu hija.

—¡Ojalá! —deseaba Teresa— Después de la muerte de mi marido, nos iría muy bien que Teresina enganchara un buen partido.

—Ten cuidado con ese Antoni Riera —la advertían—. Dicen que es un poco tarambana.

Antoni tampoco se dejaba perder ningún baile, con la intención de poder llegar a festejar a Teresina.

Iba siempre con Miquel y sus amigos cantamañanas, pero, en presencia de Teresina y su madre, hacía esfuerzos por contenerse.

No quería causar una mala impresión ante ellas.

Antoni no cesaba de pedirle a Miquel que intercediera por él con su hermana.

—¡Miquel, carajo! ¿Qué mierda de amigo eres? —le decía— Ayúdame a meterme a Teresina en el bolsillo.

—Todavía es demasiado joven para pensar en estas cosas —le contestaba Miquel, que pasaba de todo—. Pero, si te sirve de consuelo, a mi madre ya la tienes convencida.