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Con el tiempo, a medida que iba creciendo, Teresina se iba convirtiendo en una chica muy atractiva y hermosa.
Todos los chicos intentaban festejarla, pero su madre ya se cuidaba de mantenerlos a raya.
Incluso Antoni empezó a sentirse atraído por ella.
Aquella niña, que cuando era pequeña le parecía tan repelente, ahora le estaba robando el corazón.
Teresina ya había cumplido los dieciséis años y se llevaban cuatro de diferencia.
Pronto le podría hacer proposiciones de matrimonio.
El padre de Teresina no le podría negar la mano de su hija, porque si no él ya se ocuparía de que lo despacharan.
¡Nadie le podía negar nada a Antoni Riera!
Teresa, a quien no se le escapaba nada, ya había advertido el interés que mostraba Antoni por su hija, y ya estaba haciendo planes de futuro para ellos dos.
Antoni Riera era un buen partido y no estaba dispuesta a que su hija lo dejara escapar.
Sin embargo, Teresina no sentía ninguna atracción por Antoni.
Lo consideraba un presuntuoso y un fanfarrón.
Antoni y Miquel se habían hecho amigos inesperables y eran unos golfos y unos crápulas.
Corrían por todas las tabernas, se emborrachaban y perseguían a todas las chicas que se les ponían por delante.
Se orinaban dentro del porrón e invitaban a los borrachos a beber, diciéndoles que era un vino blanco muy especial.
Habían cogido mala fama en el pueblo y ya todo el mundo los conocía y los evitaba para ahorrarse sus bromas pesadas.
Incluso algunos locales les habían vetado la entrada.
Antoni tuvo que empezar a coger las riendas de la fábrica de tapones de corcho de su padre.
El señor Riera ya era un hombre viejo y enfermizo y cada vez delegaba más el trabajo en su hijo.
A los trabajadores más antiguos no les gustó demasiado el cambio.
El señor Riera siempre había sido muy considerado con ellos, pero su hijo era un sátrapa y un tirano.
No les pagaba las horas extras y les gritaba si no producían lo que él consideraba que era necesario.
Incluso, al padre de la Teresina y Miquel, a pesar de ser el encargado, le exigía muy por encima de lo que podía.
Le obligaba a mostrarse implacable y duro con los trabajadores para que rindieran al máximo.
En la fábrica empezaba a haber mal ambiente por culpa de la tiranía de Antoni.
Un mal día, el padre de Teresina enfermó repentinamente. El médico no le pudo diagnosticar la enfermedad y murió en pocas semanas. En casa de los Serra se produciría un descalabro. Tan solo con la pensión de viudedad de Teresa y su sueldo, apenas les llegaría para vivir.
—Miquel, dile a tu amigo Antoni que te contrate en la fábrica. Necesitamos que entre otro sueldo en casa —le insistía su madre.
—No quiero rebajarme a trabajar para un amigo mío.
¿Qué pensaría? —Miquel siempre se negaba— Además, padre nos dejó unos ahorros para ir tirando y tú te los gastas todos en Teresina.
Siempre le compras ropa elegante, la haces ir a la peluquería e, incluso, va a casa de una señora para que le enseñe buenos modales.
—En primer lugar, tu hermana va a coser todas las tardes a casa del sastre.
En segundo lugar, sus gastos personales se los paga ella.
Y, en tercer lugar, le compro ropa bonita para que pueda ir elegante y enganchar un buen partido.
De esta manera, nos podrá sacar de la miseria.
Si nos tenemos que fiar de ti, no llegaríamos a ninguna parte.
—Si me comprases ropa elegante a mí, también podría enganchar un buen partido —se quejaba Miquel—. ¡Soy joven, guapo y bien plantado!
—¿A quién quieres enganchar tú, si no hay quien te quiera? Ya todo el pueblo te conoce y todos saben que eres un crápula y un mujeriego.
Antoni cada vez buscaba más a Teresina, pero ella intentaba evitarlo tanto como podía.
Siempre estaba enfadado y de mal humor, menos cuando salía a divertirse y a hacer disparates con Miquel.
Unos cuantos jóvenes del pueblo de vida disoluta se les juntaban, con la única pretensión de aprovecharse del dinero de Antoni y que él les pagara las bebidas y los vicios.
Siempre estaban rodeados de chicas, que lo único que pretendían era intentar enganchar a Antoni, el único del grupo que era un buen partido, pero él solo tenía ojos para Teresina.
Teresa insistía a su hija para que empezara a festejar con Antoni.
—¡Aún te lo dejarás escapar! —le decía— Es un buen partido, está enamorado de ti y el dinero nos iría muy bien. Se nos están acabando los ahorros de padre y no llegamos a final de mes. Tendrás que sacrificarte por la familia.
—Y Miquel, mientras tanto, no hace nada —protestaba Teresina—, solo sabe salir a beber con el crápula de su amigo. ¡También se podría buscar un buen trabajo!
—Miquel va por las mañanas a ayudar al huerto de Lagartija y siempre nos trae fruta y verdura —intentaba excusarlo su madre—. No le podemos pedir más. Hay quien no ha nacido para trabajar.