2
El señor Riera tenía un hijo, Antoni Riera, que había hecho buena amistad con Miquel.
Los mandaron a estudiar juntos a la nueva escuela Torres Jonama terminada de inaugurar, con lo que su amistad fue en aumento, a pesar de la diferencia de clase social .
Antoni era el hijo del dueño de la fábrica y se lo tenía muy creído, mientras que Miquel era tan solo el hijo de un empleado.
Cuando se juntaban los dos, se convertían en unos auténticos gamberros y sinvergüenzas.
Era por ello que Miquel le caía tan bien a Antoni: porqué era un truhan como él y siempre le reía las gracias.
Teresina era casi cuatro años menor y siempre pretendía ir a jugar con ellos, aunque Antoni no le caía muy bien. El sentimiento era mutuo.
Antoni era un chico un tanto engreído, arrogante y altanero, seguramente motivado por la posición económica y social de su familia.
No podía entender el trato afectuoso que su padre mantenía con los trabajadores.
Él era de la opinión que a los empleados se les tenía que tratar con dureza para que rindieran al máximo.
Su padre no compartía esta opinión. Hacía muchos años que había creado la empresa de la nada y la mayor parte de sus empleados le habían sido fieles desde los inicios.
Los conocía a todos personalmente y sabía que, sin ellos, no habría podido arrancar el negocio.
—¿Vendrás esta tarde a jugar a casa, saliendo del cole? —le preguntaba Antoni a Miquel.
—¡Sí, por supuesto! —le respondía él.
—Pero, si puede ser, ¡que no venga la pesada de tu hermana!
—Es que no me la puedo quitar de encima. Mi madre siempre quiere que venga con nosotros, porque no puede estar por ella y no le gusta que se quede sola en casa.
A Miquel le gustaba ir a jugar a casa de Antoni, conocida como la mansión Riera, que estaba situada junto a la fábrica.
Era una mansión señorial, con tres plantas y tantas habitaciones y salas que nunca llegó a saber realmente cuántas había.
Estaba lujosamente decorada, con todo tipo de objetos de valor y muebles de madera maciza de refinada ebanistería.
Saliendo del colegio, a media tarde, fueron los tres a jugar a la mansión.
Todos ellos llevaban el delantal azul y blanco con rayas, propio de la escuela.
Los niños iban con pantalón corto y Teresina con falda hasta las rodillas.
Antoni tenía el pelo liso y casi negro, que siempre llevaba bien cortado y peinado con raya.
Miquel era pelirrojo, con el pelo alborotado y despeinado.
Teresina, muy coqueta ella, siempre llevaba el pelo castaño recogido con dos coletas.
La criada les preparó la merienda y subieron a la habitación de Antoni para jugar.
Su habitación era casi tan grande como toda la casa de Teresina y Miquel.
La tenía llena de juguetes y siempre estaba limpia y ordenada, con toda la ropa bien colocada en los armarios y cajones, puesto que la criada se la arreglaba todos los días.
El señor Riera era viudo y tenía una criada, un mayordomo, un jardinero y una niñera que iba unas cuantas horas al dia para cuidar a Antoni.
—Al final, has tenido que traer a la pesada de Teresina —se quejó Antoni— ¡No la soporto!
—No la puedo dejar sola en casa. Mi madre me mataría.
—¡Venid, que os enseñaré un secreto! —les ofreció enigmáticamente Antoni.
Bajaron hasta la primera planta. Bajo el hueco de la escalera había una puerta camuflada, imposible de descubrir si no se conocía su presencia.
Parecía un simple panel de madera colocado en aquel lugar para complementar la decoración.
Antoni la abrió sin dificultad. Miquel se excitó pensando que aquella enorme mansión estaría llena de pasadizos secretos que comunicarían todas las estancias y habitaciones.
Se descubrieron ante ellos unas escaleras que, seguramente, debían conducir a algún sótano escondido.
No se veía el final de la escalera, porque estaba oscuro como la boca de un lobo.
El olor a humedad y moho subió repentinamente, como un fantasma invisible, y se apoderó de sus pulmones.
Teresina hizo una mueca de aprensión. Un extraño y persistente zumbido se escuchaba procedente de aquella oscuridad pavorosa, como si un monstruo hambriento los invitara a bajar para ser devorados.
Antoni tiró de un cordel y se encendió una pequeña bombilla en la parte superior de la escalera, que iluminó tenuemente los escalones. Todavía no se podía ver qué había bajo el sótano.
—¿Hay fantasmas? —preguntó Teresina, angustiada.
—¡Sí, por supuesto! —respondió Antoni, con voz de misterio— Aquí echamos a los trabajadores de la fábrica de mi padre que se mueren mientras trabajan. Los tiramos aquí abajo y un monstruo los devora.
Teresina estuvo a punto de ponerse a llorar, de tanto miedo como tenía, pero cuando los dos chicos empezaron a bajar por las estrechas escaleras, ella les siguió, muy a su pesar.
Todavía le daba más miedo quedarse sola allá arriba.
Al llegar abajo de la escalera, Antoni pulsó un interruptor y el sótano se iluminó.
¡Era enorme! En un rincón, bajo una trampilla que cerraba mal, había una montaña de carbón para alimentar la caldera.
Un montón de estanterías junto a las paredes contenían todo tipo de cajas y botes, sin ningún tipo de orden ni concierto.
La gran caldera era el monstruo que los miraba fijamente con los ojos de fuego y bramaba por la boca entreabierta.
Teresina se la quedó mirando, embelesada y aterrada.
—Cuando diga: ¡va!, sube corriendo por la escalera —le susurró al oído Antoni a Miquel.
Miquel asintió, intuyendo lo que pretendía su amigo.
—¡Va! —gritó
Los dos chicos subieron corriendo la escalera, dejando a la pobre Teresina plantada frente a la caldera.
Antes de salir, le apagaron la luz y luego cerraron la puerta con llave.
La niña se puso a llorar, muerta de miedo.
No entendía por qué su hermano, al que ella tanto quería, la había dejado encerrada dentro de aquel sótano lleno de fantasmas y de monstruos que rugían.
Teresina se arrinconó en una esquina, encogida y llorosa, sin atreverse a moverse ni a respirar.
El rugido de la caldera era ensordecedor, persistente, y se le introducía dentro del cerebro, atormentándola obsesivamente.
Se llevó las manos a los lados de la cabeza para intentar taparse los oídos.
Después de unos minutos eternos, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad.
La poca luz que entraba por la trampilla de la carbonera le permitía apenas ver los objetos y las paredes, haciéndose una idea de dónde se encontraba.
Se dirigió a tientas hasta la montaña de carbón, en dirección a la trampilla que no cerraba bien.
Intentó escalarla y resbaló unas cuantas veces.
Finalmente consiguió hacer la cima hasta la trampilla e intentó abrirla con todas sus fuerzas.
¡Era imposible! Pesaba demasiado para ella o estaba atascada.
Rodó montaña abajo y se lastimó las rodillas.
Estaba demasiado oscuro como para que pudiera darse cuenta de que toda ella había quedado teñida de color negro, ensuciada por el hollín.
La cara, las manos, las piernas, la ropa...
toda ella estaba cubierta de carbonilla.
Estirada en medio de la carbonera, tan solo dos ojos blancos y llorosos sobresalían en la oscuridad.
Antoni y Miquel volvieron a la habitación para seguir jugando y se olvidaron de ella.
Al atardecer, Miquel regresó a su casa y se tendió sobre la alfombra del comedor, esperando a que llegaran sus padres del trabajo.
La primera en llegar, como siempre, fue su madre, que venía ajetreada porque todavía no había empezado a preparar la cena.
—¿Cómo es que Teresina aún no ha puesto la olla en el fuego? —se quejó— ¡Hoy cenaremos a las tantas! Y tú, ¿por qué no has puesto la mesa?
—Ahora la pongo, madre —replicó, sin intención de levantarse de la alfombra—. Es que he venido muy cansado.
—¡Vaya gandul que estás hecho! ¿Y dónde rayos está Teresina?
—No lo sé. Estábamos jugando en casa de Antoni y ya hace rato que hemos vuelto.
Su madre se empezó a preocupar. Estuvo buscando y llamando a su hija por toda la casa, pero ella no respondía. Sufría por si había salido sola a la calle y la habían podido secuestrar.
—¿Estás seguro de que ha regresado contigo? —le preguntó finalmente a su hijo, que seguía tendido en la alfombra.
—Pues no lo sé. Ahora ya no estoy seguro —respondió, con desinterés.
Teresa se llevaba las manos a la cabeza de lo zángano que llegaba a ser su hijo.
—Vamos a casa de los señores Riera, a ver si todavía está allí.
Hicieron repicar la campanilla y les abrió la criada. Se sobresaltó al ver a Teresa con aquella cara de alarmada que tenía. Intuyó que algo malo debía de haber sucedido.
—Hola, Carmela —la saludó—. Hemos perdido a Teresina. ¿No está aquí?
—No, señora Teresa, aquí no hay nadie que no sea de la casa.
En aquel momento, salió el señor Riera.
—¡Hola, Teresa! ¿Ha pasado algo? —se interesó, extrañado de verla allí con cara de preocupada.
—¡Buenas noches, señor Riera! Hemos perdido a Teresina. Ha venido a jugar a su casa con Antoni y Miquel, y no sabemos si ha vuelto.
—Carmela, vaya a buscar a Antoni a su habitación —ordenó el señor Riera—. A ver si él sabe dónde está.
Cuando la criada se acercó a la escalera para subir a las habitaciones, le pareció que escuchaba una serie de gemidos extraños que salían de debajo del agujero de la escalera. Parecía como si una criatura estuviera llorando atrapado entre los escalones.
—¡Señor! ¿Qué es ese ruido que se escucha por aquí?
Se acercaron todos al pie de la escalera para averiguar de dónde provenían aquellos sollozos.
—¡Es Teresina! —exclamó Teresa, un poco histérica— ¿Cómo es que ha quedado atrapada dentro de la escalera?
—No viene de la escalera, sino del sótano —aclaró el señor Riera.
En ese instante, bajó Antoni, intrigado por el ajetreo que se estaba produciendo. En seguida entendió lo que estaba sucediendo. Se miró a Miquel con cara de culpabilidad.
—¡Mecachis! —exclamó— ¡Nos hemos olvidado a Teresina encerrada en el sótano!
Su padre le lanzó una mirada inquisidora antes de bajar al sótano y sacarla en brazos, completamente sucia de carbón y con la cara enmascarada y llena de lágrimas que le resbalaban mejilla abajo, dejándole rieles blancos dibujados en la cara negra.
El señor Riera regaño a su hijo Antoni, quien se quedó toda una semana castigado sin poder salir a jugar, con lo que todavía le cogió más manía a Teresina.
Por su parte, Josep también castigó a su hijo Miquel sin poder salir a jugar durante la misma semana, por lo que tendría que quedarse encerrado en casa cuidando de su hermana.