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Josep Torres y Jonama había hecho fortuna en Nueva York y quiso dedicar una parte de sus ganancias a obras de beneficencia y, como era lógico, no se olvidó de su pueblo natal.
La situación de las escuelas en la villa era difícil, así como la del hospital y la del asilo.
Para mejorar estas instituciones, concedió importantes ayudas económicas y encargó y financió la construcción de la nueva escuela.
El nuevo centro escolar era espectacular para la época, inspirada en las modernas escuelas que se estaban construyendo en América.
Hasta aquel año, Teresina y su hermano Miquel habían tenido que ir a las precarias escuelas que había en el pueblo.
Ella iba a la escuela de niñas de la calle Dels Valls, y su hermano a la nueva escuela de niños que había instaurado provisionalmente el ayuntamiento en la calle Sol.
Cuando los dos hermanos contemplaron la espectacular escuela Torres Jonama, con tres edificios de una planta y los grandes jardines, pidieron a sus padres que les apuntaran aquel mismo día.
Las modernas instalaciones, ¡incluso disponían de lavabos!
Todo el pueblo se había vestido de gala para recibir a los reyes, que se pasearon por las calles con su séquito de militares y políticos, mientras la gente los seguía y vitoreaba.
El señor Riera había dado fiesta a sus trabajadores para que pudieran asistir a la gala de inauguración.
La nueva escuela no estaba situada muy lejos de su fábrica de tapones de corcho, y eso lo hacía sentir más importante.
Los padres de Teresina y de Miquel trabajaban ambos en la fábrica del señor Riera.
Su madre, Teresa, era escogedora y su padre, Josep, había ascendido hasta el cargo de supervisor.
Se ganaban bien la vida por los tiempos que corrían, y no les faltaba de nada.
Cobraban un sueldo suficiente para mantener a la familia y cubrir los gastos domésticos e, incluso, habían podido arrinconar unos pequeños ahorros, por si la cosa se ponía mal.
El señor Riera, el dueño de la fábrica, era un buen jefe.
Pagaba generosamente y trataba a sus trabajadores casi como si fueran de la familia.
En Palafrugell había una sesentena de empresas del corcho, y la del señor Riera era pequeña en proporción con las más grandes, que llegaban a dar trabajo hasta a un millar de empleados.