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Salí disparado tan rápido como pude hacia la residencia de Teresina, antes de que se me adelantara el teniente. Cuando ella me vio entrar ajetreado y con cara de espanto, soltó una sonrisa de satisfacción.
—¿Ya los habéis encontrado? —preguntó, antes de que yo pudiera decir nada.
—Son ellos, ¿verdad? Tus maridos difuntos —le dije, aún sin haberme recuperado del susto—. Mi abuelo me contó la historia de las misteriosas desapariciones, pero siempre había creído que no era cierta, que eran habladurías sin fundamento, una especie de leyenda urbana.
Se adelantó con la silla de ruedas y me miró con condescendencia. Yo no podía creer que una viejecita tan encantadora hubiera podido cometer aquellas atrocidades.
—¿Debes pensar que soy un monstruo? —me preguntó.
Yo ya no sabía qué pensar.
—El teniente no tardará mucho en venir con sus agentes para interrogarte —le dije, convencido de que ella ya era consciente de ello.
—Pues démonos prisa, que tengo mucho que contarte, si es que quieres saber todo sobre mí y sobre la mansión de los horrores —dijo, incorporándose un poco en su silla.
—¿No tienes miedo de la Guardia Civil? —le pregunté.
—¿Qué quieres que me hagan? Tengo noventa y cuatro años y estoy inválida en una silla de ruedas. Por eso te dije que ya no me daba ningún miedo lo que me pudiera pasar.
—Y también, por eso mismo, te resistías a abandonar la mansión: para que no pudiéramos encontrar tus cadáveres. Eras la guardiana de los secretos de la mansión Riera.
—Sí, pero ahora ya tanto me da. Ya te lo puedo explicar todo.
Y la señora Teresina Serra, viuda Riera, viuda Amat, viuda Puigvert y viuda Parera, empezó a contarme su historia...