La mansión Riera 2
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Llevé todos los muebles antiguos que había en la mansión hasta el almacén del taller para restaurarlos y poder venderlos en la tienda que tenía en el centro del pueblo.

Hice fotografías de los valiosos objetos antiguos y también de las cristalerías de Murano y las cuberterías de plata, cogí algunas muestras, y me recorrí todos los anticuarios de la zona buscando las mejores ofertas.

En la mansión había muchos más objetos de valor de los que nunca me habría imaginado.

Casi me saldría gratis la factura del derribo.

Una semana más tarde, se presentaron en la finca dos excavadoras y unos cuantos camiones y comenzaron a derribar la mansión.

Estaba tan deteriorada que, tan solo con tocarlas un poco con la pala de las excavadoras, las paredes ya se caían a pedazos.

Los camiones se llevaban los escombros a gran velocidad.

En tan solo tres semanas, el terreno quedó completamente limpio y llano.

No apareció nada misterioso dentro de la mansión.

Todavía no sabía a qué se refería Teresina cuando me dirigió aquellas enigmáticas palabras.

Estaba convencido de que me estaba tomando el pelo.

En medio del solar solamente quedaba el gran agujero del sótano, como una enorme piscina olímpica abandonada.

El suelo del antiguo sótano tan solo estaba cubierto por unas tarimas de madera que se estaban pudriendo, de manera que sería fácil profundizarlo más para construir los cuatro garajes.

Los obreros retiraron las tarimas de madera y la excavadora improvisó una rampa de tierra para bajar hasta dentro de agujero y, de esta forma, poder trabajar más cómodamente desde abajo mismo.

A la primera paletada de tierra que extrajo la excavadora, ¡ya apareció el macabro hallazgo!

—¡Para! ¡Para! —gritó uno de los trabajadores, intrigado por el contenido de la pala— ¿Qué es eso que sobresale?

El maquinista bajó la pala hasta a ras de suelo, para comprobar qué era aquel extraño objeto largo y delgado que sobresalía de los escombros. Todos los obreros se acercaron intrigados.

—Parece un hueso —dijo uno.

—Seguramente habían enterrado un perro en el sótano —dijo otro—. ¡Qué animales!

—Es muy largo para ser de un perro. Debe ser de un caballo.

—¿Quién quieres que entierre un caballo en un sótano?

—¡Calla, tú! Que esto parece un fémur humano.

—¡Eh, chicos! ¡Mirad aquí! —exclamó otro obrero, señalando horrorizado el agujero que había excavado la máquina— ¡Es una calavera!

El encargado de la obra, que acababa de llegar, se acercó al agujero para comprobar a qué venía todo aquel alboroto.

—¿Qué estáis haciendo todos aquí? —preguntó, un poco preocupado por si había surgido algún imprevisto. Si aparecían muchos contratiempos, no le saldrían las cuentas, porque iba a destajo.

—¡Hay un cadáver enterrado aquí dentro! —le anunció el maquinista.

El encargado se asomó al agujero, para comprobar incrédulo que, efectivamente, había un montón de huesos que parecían humanos en el suelo del antiguo sótano.

—¡No toquéis nada más! —ordenó—. Dejadlo todo como está. Voy a alertar a la policía.

Se fue corriendo al cuartel de la Guardia Civil, que estaba situado tan solo a unos doscientos metros, para el avisar al teniente. Cuando el agente que estaba de guardia en el portal del cuartel lo vio llegar tan exaltado, avisó en seguida al teniente Romerales.

—Soy el encargado de la obra de Can Riera —empezó a explicar, muy nervioso. El teniente apenas lo podía entender—. Cuando hemos empezado a excavar, nos ha aparecido un muerto.

—¡Cálmese, señor! —le dijo el teniente Romerales— ¿Qué significa eso de que ha aparecido un muerto?

—Debe querer decir que se les ha aparecido un fantasma —interrumpió el agente que estaba de guardia—. ¡No me extraña nada! Siempre he pensado que aquella vieja mansión estaba embrujada.

—¡No diga tonterías, agente Peláez! —lo riñó el teniente— ¿O es que quizás quiere hacer guardias extras esta semana?

—¡Quieren parar de decir tonterías! —se enfadó el encargado— Lo que quiero decir es que había un cadáver enterrado en el sótano de la mansión.

El teniente se dirigió a toda velocidad hacia la obra, acompañado de dos agentes uniformados.

Yo estaba en la tienda del centro del pueblo, ajeno a todo lo que estaba sucediendo en la finca, cuando me llamó Joel para que fuera corriendo a la obra.

Parecía muy exaltado. Me dijo que había surgido un problema muy grande, pero no me quiso explicar en qué consistía aquel problema que lo tenía tan alterado.

Acudí a la finca tan rápido como pude, muy preocupado por lo que hubiera podido surgir y que parecía que era tan grave.

Cuando llegué a la obra, ya estaban el teniente de la Guardia Civil y unos cuantos guardias observando a los obreros como iban desenterrando los huesos.

Cuanto más cavaban, ¡más restos humanos aparecían!

—¡Esperad! —gritó al teniente Romerales— ¡Deteneos! Eso es mucho peor de lo que parecía en un primer momento. No toquemos nada más hasta que vengan los forenses. ¡Todo el mundo fuera del agujero!

—Pero, ¿qué es lo que está pasando? —les pregunté. Yo todavía ignoraba el macabro hallazgo que se había producido dentro de mi finca.

—Hay un montón de cadáveres enterrados en el antiguo sótano —me respondió Joel, que estaba al lado del teniente, contemplando estupefactos todos aquellos restos humanos— ¡Míralo tú mismo!

Eché un vistazo dentro del agujero y se me heló la sangre al ver una pila de huesos humanos, algunos desenterrados y amontonados junto al hoyo, y otros todavía medio enterrados que sobresalían grotescamente del suelo, como si pidieran ayuda para ser rescatados.

Se intuía que todavía debían quedar unos cuantos más bajo tierra.

Regresaron a mi mente los recuerdos de la infancia, cuando tenía auténtico pánico a los esqueletos, aquel maldito esqueleto que tenía mi padre en la consulta y que, por las noches, se metía dentro de mi cama para hacerse pasar el frío.

Cerré los ojos y me dio la sensación de que todos aquellos huesos dispersos se incorporaban del suelo para recuperar su forma esquelética, y empezaban a bailar su danza macabra .

Luego salían trepando torpemente por la rampa de tierra y se dirigían hacia mí, con una sonrisa sarcástica en su boca descarnada. Me mareé y caí de culo al suelo.

—¿Estás bien? —me preguntaron Joel y el teniente a la vez— ¿Es que te ha dado un soponcio?

—Sí, ya estoy mejor —dije, un poco recuperado—. ¿De dónde ha salido todo esto?

—¡No lo sé! —dijo el teniente— Si no lo sabes tú, que eres el propietario... ¿No lo sabía tu abuelo, lo que había aquí debajo?

—¿Cómo quiere que lo supiera? Nosotros no habíamos bajado nunca al sótano.

—Pues tendré que detener la obra hasta que no hayan venido y terminado su trabajo los forenses y los de la división científica, pero ya veo que irá para largo. Aquí hay mucho trabajo. ¡Creo que ya hemos encontrado a los maridos desaparecidos!

El teniente mandó precintar el agujero de lo que había sido el sótano de la mansión, y regresó al cuartel para avisar al departamento forense para que vinieran a hacerse cargo de la investigación científica.

Tendría que redactar un montón de informes y realizar unas cuantas formalidades, lo que me daría tiempo de ir a entrevistarme con Teresina antes de que lo hiciera él.

Ahora ya sabía a qué se refería cuando dijo aquello de que cuando lo encontrara iría a verla.