La mansión Riera 1
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Tan solo seis meses después de la muerte del avi Pere, comenzaron las obras para derribar la mansión Riera, pero la mejor noticia era que mi esposa y yo acabamos de ser los afortunados padres de dos hermosos gemelos.

Si uno lleva trabajo, dos no llevan el doble: llevan mucho más, pero éramos felices disfrutando de nuestra nueva familia.

El trabajo familiar no conseguía distraerme del trabajo en el taller, aunque, en aquel momento, lo que me traía más de cabeza era el derribo de la vieja mansión y la construcción de las nuevas casas familiares.

Contraté los servicios de un arquitecto del pueblo amigo de la familia, Joel.

Se conocían desde hacía tiempo con el avi Pere y se proporcionaban nuevos clientes el uno al otro.

Él ya conocía un poco la mansión Riera , pero hacía bastante tiempo que no había estado en ella.

Yo tampoco había entrado en los últimos seis meses, desde que Teresina ingresó en la residencia.

Al abrir la puerta, nos asaltó un efluvio a rancio, una sensación de misterio, la percepción de una presencia invisible.

Instintivamente, dimos un paso atrás antes de entrar.

Cuando Joel vio el deplorable estado en que se encontraba la mansión, se llevó las manos a la cabeza.

Tan solo la cocina, la sala de estar y su habitación se mantenían en buenas condiciones. El resto de la casa se caía a trozos.

—¿Cómo podía vivir aquella anciana en estas condiciones? —se preguntó, asombrado— ¡Y eso que está forrada de dinero!

Joel se encargó de contratar los servicios de una empresa para demoler la mansión y comenzó a diseñar los planos para construir las nuevas viviendas.

—Según el plan de urbanismo municipal, puedes construir hasta tres plantas de altura —me recomendó—, de manera que, si caben cuatro edificios, saldrían doce pisos. Podrías venderlos o alquilarlos y hacer un buen negocio.

—¡De ninguna manera! —le negué rotundamente— Mi abuelo le prometió a la señora Teresina que no construiría bloques de pisos en la finca y yo mantendré su promesa.

—Y pues, ¿qué tienes pensado hacer?

—Lo que quería el avi Pere: cuatro casas adosadas unifamiliares, con dos plantas y un ático cada una —le confirmé, señalando la mansión con la mano abierta.

Ya me estaba imaginando cómo quedarían una vez estuvieran construidas—.

Una será para mis padres cuando vengan los fines de semana, otra para mí y mi esposa, y las otras dos las reservaré para mis hijos, para cuando sean mayores.

Mientras tanto, las podré alquilar y, de esta forma, pagarme los gastos.

Una vez a la semana, Joel venía y me mostraba sobre los planos cómo iba quedando el proyecto de las casas.

—He visto que la mansión tiene un sótano muy grande —me comentó—. ¿Querrás que las casas tengan un garaje soterrado para cada una? Podríamos aprovechar parte del sótano.

—¡Sí, mejor! —le dije— Aunque junto al taller tengo mucho terreno libre para construir los garajes, prefiero separar la parte del negocio de la de las casas, por si algún día decido venderlo o traspasarlo.

—Es una buena pensada —confirmó—. Cuando hayamos derribado la mansión y lo tengamos todo limpio, haré venir una excavadora para hacer los garajes y los cimientos. Como no hay piedra, iremos rápido.

Al cabo de unos meses, Joel tuvo los planos terminados y aceptados por el Colegio de Arquitectos.

El Ayuntamiento tampoco puso demasiadas trabas, porque Joel ya sabía cómo untarlos para conseguir el permiso rápidamente: tan solo hacían falta unos cuantos regalos y sobornos para los técnicos municipales.

En aquellos tiempos, y probablemente todavía ahora, ésta era la única forma de conseguir los permisos de obras de forma rápida y sin demasiados problemas técnicos ni burocráticos.

Fui a la residencia de Teresina para mostrarle los planos y que pudiera comprobar que había respetado la promesa del avi Pere de no construir bloques de pisos.

Teresina todavía tenía la cabeza muy clara, aunque su estado físico se estaba deteriorando rápidamente.

Ya no se levantaba de la silla de ruedas y necesitaba una enfermera que estuviera continuamente por ella.

—¿Ya has empezado a derribar la mansión? —fue lo primero que me preguntó, con un poco de pena.

—La semana que viene empezaremos las obras —le hice saber—. ¿Qué quieres que hagamos con todos los objetos de valor que hay dentro? Dijiste que tenías muchos recuerdos guardados en la casa.

—Los recuerdos que tengo no son los objetos. Son la misma mansión: las paredes, las habitaciones, el sótano, incluso el aire que se respira. Te lo puedes quedar todo y hacer con ello lo que quieras.

—¡Muchas gracias! —le agradecí—, pero todavía recuerdo aquellas enigmáticas palabras que me dijiste en el funeral del avi Pere: que ya no te daba miedo lo que te pudiera pasar y que cuando llegara el momento vendría a verte.

¿Qué misterios encontraremos en la mansión Riera?

¿Qué extraños secretos esconden aquellas paredes?

—Ya lo sabrás cuando lo encuentres —me dijo, enigmáticamente—, y entonces vendrás a verme.