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Yo me iba haciendo mayor, pero el avi Pere, Teresina y la mansión iban envejeciendo a marchas forzadas.
Llegó un momento en que era yo quien llevaba el peso de la carpintería y del negocio.
Mi abuelo tan solo venía de vez en cuando para darme consejos, que siempre eran bien bienvenidos.
Él tenía mucha experiencia y siempre podía enseñarme cosas nuevas, aunque yo ya me había convertido en un reputado ebanista.
Mis creaciones y muebles se vendían muy bien en la tienda que teníamos en el centro y, gracias a ello, teníamos suerte, porque acababa de estallar la burbuja inmobiliaria y el negocio de la construcción iba de baja.
Los trabajadores que se jubilaban ya no los sustituíamos y ahora tan solo quedaban cinco, suficientes para el trabajo que teníamos.
Mi abuelo todavía iba casi todos los días a la mansión para tomar el café, comer los pastelitos que preparaba la señora Teresina y escuchar algún disco de música clásica.
Yo a veces también lo acompañaba, y fui cogiendo mucha confianza con ella.
Era una viejecita muy encantadora, pero ya empezaba a sufrir los estragos de la edad.
Su movilidad había disminuido y necesitaba la presencia de una asistenta que iba un rato cada día para ayudarla con los trabajos de la casa.
Pero, quien más sufría el paso del tiempo, era la vieja mansión, que cada dia que pasaba estaba más deteriorada.
Cuando el avi Pere aceptó dejarla como usufructuaria hasta que se muriera o decidiera marcharse, no creía que Teresina durara tanto.
Ya tenía noventa años y casi no podía valerse por sí misma, pero no había manera de convencerla para que se fuera a una residencia.
La asistenta que iba a cuidarla ya se quedaba todo el día, pero, a pesar de todo, mi abuelo y yo sufríamos por ella.
Entre los dos le cambiamos y arreglamos los marcos podridos de las ventanas para que no le entrara aire frio en invierno.
La escalinata de madera que subía a las habitaciones del primer piso tenía los escalones medio rotos y la barandilla se estaba pudriendo.
Mi abuelo y yo nos ofrecimos a arreglarla, pues parecía muy peligrosa, pero ella no nos dejó que lo hiciéramos, ya que se había instalado en una habitación de la planta baja.
En las habitaciones de arriba había distribuido cubos de manera estratégica para recoger el agua de las cada vez más numerosas goteras que se formaban en el tejado cuando llovía.
—Teresina, no seas tozuda, deja que te arreglemos un poco los desperfectos, que aún tendrás un accidente —le decíamos el abuelo y yo.
—No merece la pena que os molestéis —contestaba—. Por lo que me queda de estar en este mundo, ya estoy bien.
—¿Y por qué no vas a una residencia? —insistía mi abuelo— Allí estarías bien cuidada las veinticuatro horas del día y no tendrías que sufrir por nada.
Mi abuelo ya tenía muchas ganas de que Teresina se marchara de aquella mansión en ruinas, no solo porque sufría porque cualquier día no le cayera el tejado por la cabeza, sino también porque ya quería derribarla para construir unas casas para la familia.
Yo hacía poco que estaba casado y mi esposa y yo teníamos un par de gemelos en camino.
Al avi Pere le hacía mucha ilusión poder regalarnos una casa para nosotros y otras para sus futuros nietos.
Pero la vida tenía otros planes: desgraciadamente, mi abuelo murió antes que Teresina y no pudo cumplir su deseo. Su muerte no tuvo nada de misterio: un cáncer se lo llevó en poco tiempo. Todo fue bastante rápido y no tuvo que sufrir mucho. Era el otoño del año 2010. Tenía ochenta y un años.
El día del funeral, la iglesia estaba llena a rebosar.
El avi Pere había sido una persona muy conocida y estimada en el pueblo y todo el mundo fue a presentarle sus últimos respetos.
La señora Teresina también quiso ir. Se presentó en una silla de ruedas que su asistenta empujaba con dificultad por la cuesta que conducía hasta la iglesia.
Se la veía muy afectada y no cesaba de llorar y de secarse las lágrimas con un pañuelo de punto.
Iba toda vestida de negro y llevaba una mantilla que le cubría la cabeza y la cara.
Parecía una viuda desconsolada llegada de otra época lejana en el tiempo.
A la salida del funeral, fue a encontrarme.
—No sabes lo mucho que siento la muerte de tu abuelo —me dijo, con los ojos llorosos y entre suspiros— Yo lo quería mucho. No pensaba que pudiera marcharse él antes que yo.
—Gracias, Teresina —le agradecí—, pero no hacía falta que vinieras a la iglesia. Habrá representado un esfuerzo considerable para ti. Ya sé que lo querías mucho.
—Quiero que sepas también que he tomado una decisión: esta semana me voy a vivir a la residencia.
Tu abuelo tenía razón: allí estaré mejor cuidada y no me tendré que preocupar por nada.
Estoy medio inválida y tengo noventa y dos años, y ya no me da miedo lo que me pueda pasar.
Ahora ya puedes derribar la mansión y hacer lo que quieras.
—¿A qué te refieres cuando dices que no te da miedo lo que te pueda pasar? —le pregunté, un poco intrigado— Estoy seguro de que todavía puedes dar mucha guerra.
—Ya lo sabrás cuando llegue el momento y me vendrás a ver. Entonces te lo explicaré todo.