La mansión Riera 6
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Pasado el verano de aquel mismo año, mi abuelo pudo comenzar las obras para transformar la antigua fábrica en su nuevo taller de carpintería.

Teresina ya se había vendido hacía unas cuantas décadas toda la maquinaria para la fabricación de tapones de corcho que había dentro.

Cuando murió su primer marido, Antoni Riera, que era el propietario original de la fábrica, ella intentó seguir con el negocio con la ayuda de su hermano Miquel, pero éste resultó ser más un estorbo que una ayuda.

Así pues, aceptó una oferta de la competencia para venderles toda la maquinaria, aunque quiso conservar el edificio de la fábrica.

Como suele pasar en estas ocasiones, las obras de reforma se retrasaron más de lo previsto, porque siempre surgen imprevistos.

A comienzos del año siguiente, el avi Pere pudo inaugurar finalmente su nuevo taller de carpintería.

Invitó a sus clientes y amigos más importantes a la ceremonia de inauguración, que se realizó en el mismo taller.

Entre otros, estaban Carles, el director de la Caixa que le había concedido la hipoteca para comprar la finca y reformarla, el médico, y también el teniente Romerales, quienes no se dejaban perder ningún festejo.

Teresina se ofreció a preparar unas cuantas bandejas de sus famosos pastelitos.

Todo el mundo la felicitó por lo buenos que le quedaban aquellos pastelitos de coco, de chocolate y de fresa.

El avi Pere estaba orgulloso mostrándoles todas las reformas que había hecho en la nave, que había quedado impecable, y se deshacía en explicaciones de cómo funcionaban todas aquellas máquinas modernas que había instalado.

Sus amigos también lo felicitaron a él. El teniente Romerales le quiso regalar una caja de puros habanos auténticos, de los que le traían sus compañeros de Aduanas después de haberlos confiscado.

—Todavía no entiendo cómo has conseguido que la señora Teresina te haya vendido su finca —le decían—, pero ten cuidado con ella. No te dejes engatusar para casarte, ¡o estarás perdido!

Mi abuelo conservó también su antiguo taller en el centro del pueblo y lo reconvirtió en una elegante tienda, donde vendía los muebles y objetos de ebanistería que fabricaba él mismo cuando tenía tiempo.

La ebanistería era uno de sus pasatiempos preferidos, y sus creaciones tenían mucho éxito entre la población local y los turistas.

Su nuevo taller le permitía aceptar trabajos más importantes y no daba abasto.

En seguida tuvo que contratar más personal.

Fueron pasando los años y, mientras tanto, su hijo, que acabaría siendo mi padre, terminó la carrera de medicina, se casó con una compañera de estudios, mi madre, y encontraron trabajo en una clínica importante de Barcelona.

En aquellos tiempos, a la facultad de medicina iban a estudiar casi tantas chicas como chicos, pero, curiosamente, había pocas mujeres ejerciendo la medicina.

La mayoría de las chicas que iban no pretendían acabar la carrera, tan solo asistían a la universidad para intentar enganchar un buen partido, pues tan solo los jóvenes de casa bien podían estudiar la carrera de medicina.

Ahora la cosa ha cambiado y la mitad de facultativos que salen de la universidad son mujeres.

Mi madre es de esas que terminó la carrera, y se especializó en pediatría. Mi padre lo hizo en dermatología.

Con el tiempo, decidieron montar una consulta privada, al margen de su trabajo en la clínica.

Compraron un piso en el Eixample, de esos tan antiguos y espaciosos, con muchas habitaciones y techos altos, y allí establecieron su consulta y su vivienda.

Mientras iba pasando todo esto, nací yo y, con el tiempo y una caña, también fui creciendo y haciéndome mayor.

Iba a la escuela cerca de casa y todas las tardes, saliendo de clase, iba a jugar a casa con mis amigos.

A ellos les gustaba venir a jugar nuestra casa, porque se perdían entre aquellas numerosas salas y habitaciones antiguas y grandes.

Para ellos, era como una casa encantada llena de misterios y, quién sabe, si también de fantasmas.

Pero, lo que más les fascinaba, era el maniquí en forma de esqueleto a tamaño natural que mi padre tenía expuesto en su consulta.

No lo necesitaba para nada para su trabajo, porque él era dermatólogo, no traumatólogo, pero decía que quedaba interesante en la consulta y siempre era lo primero que llamaba la atención de sus pacientes, que se quedaban absortos contemplando aquella andrómina, quien, a su vez, los observaba a ellos con las cuencas de los ojos vacías.

Mi padre nos había hecho creer a mí y a mis amigos que era un esqueleto de verdad, pero más adelante descubrí que era de plástico o de resina.

La vida en la ciudad a mí me resultaba bastante agradable, el problema que tenía era que mis padres se pasaban todo el día trabajando, entre la clínica y la consulta privada de casa, y me vi obligado a tener que crecer entre niñeras, guarderías y amigos.

Cuando disfrutaba de verdad, era los fines de semana que íbamos a Palafrugell, a visitar al avi Pere.

Nos quedábamos a dormir en su casa y, después de comer, mientras mis padres hacían la siesta o salían a pasear por Llafranc y por Calella, el avi Pere me llevaba a su taller para jugar.

Me gustaba mucho el olor a madera que desprendía todo el local y, cuando volvíamos a casa, toda la ropa había quedado impregnada de aquel maravilloso aroma.

Yo me enfadaba con mi madre, porque a ella no le gustaba nada ese olor a madera e insistía en lavarme la ropa.

—¿Es que te has vuelto a revolcar por el serrín? —me preguntaba.

Yo sonreía maliciosamente y no contestaba.

El avi Pere me enseñaba a manejar las máquinas y fabricábamos pequeños objetos de madera con sus tornos mecánicos.

Al principio, me los llevaba a casa, hasta que ya no cabían en mi habitación.

Con el tiempo, cuando ya me empezaban a quedar mejor, mi abuelo los llevaba a su tienda para venderlos y me daba el dinero.

Acababa de encontrar mi verdadera vocación: ¡quería ser ebanista, como el abuelo!

Cuando la señora Teresina nos veía a mi abuelo y a mí llegar al taller, nos llamaba para que fuéramos a su casa a tomar el café y comer pastelitos.

Siempre nos ponía uno de sus discos de música clásica y ella y mi abuelo se quedaban extasiados escuchándolos, mientras yo leía viejos tebeos y me hartaba de pastelitos.

A mí, aquella vieja mansión, enorme y medio en ruinas, me daba un poco de miedo.

Estaba seguro de que estaba llena de fantasmas y de espíritus y, quizás, incluso podría tener algún esqueleto encerrado dentro de una de aquellas numerosas habitaciones donde ya no entraba nunca nadie, como el que tenía mi padre en la consulta.

Estaba convencido también de que la señora Teresina era una bruja, pero era una bruja buena, encantadora y amable, que sabía hacer unos pastelitos buenísimos.

Aunque me imponía mucho respeto su presencia, ella no me daba nada de miedo: parecía que tenía a los fantasmas y al esqueleto bien controlados.

De esta manera, fue como descubrí mi verdadera vocación. Estudié carpintería en la escuela profesional, y me fui al pueblo a trabajar con mi abuelo en su taller, por disgusto de mis padres, a quienes les habría gustado que yo también hubiera estudiado medicina como ellos.

A mí no me gustaba la medicina, porque tenía terror a los esqueletos, quizá porque de pequeño quedé un poco traumatizado por aquel horrible maniquí que tenía mi padre en la consulta.

A veces, por la noche, soñaba que cobraba vida y se presentaba en mi habitación mientras dormía y se ponía a bailar, despertándome con el tintineo que hacían sus huesos repicando entre ellos con el movimiento de la danza.

Otras veces me despertaba llorando, convencido de que el esqueleto se había metido dentro de mi cama porque tenía frío.

Cuando mi madre me oía llorar, venía corriendo a la habitación para comprobar por qué lloraba tan asustado y, cuando le explicaba que me había ido a visitar el esqueleto a mi habitación y se había metido dentro de mi cama, me decía que era un bobo y me soltaba una colleja cariñosa.