La mansión Riera 5
12%

5

Como todos los domingos por la mañana, mi abuelo había ido al casino para participar en el campeonato de butifarra con sus amigos.

Él siempre hacía equipo con Carles, el director del banco.

El equipo rival estaba formado por el teniente Romerales de la Guardia Civil, del cuartel de Palafrugell, y por el médico de cabecera, con quien medio pueblo estaba abonado.

—He oído decir que finalmente has podido comprar la finca Riera —comentó el médico, mientras repartía las cartas—. ¡No sé cómo lo has conseguido, chico!

—¡Ya le ha costado la vida! —bromeó Carles.

—¡Ten mucho cuidado con la señora Teresina! —lo advirtió el teniente, y parecía que lo decía muy en serio.

—¡Sí, es cierto! —confirmó el médico— Trae muy mala suerte. Más te vale que no te hagas mucho con ella.

—¿Por qué decís eso? —preguntó el avi Pere, intrigado— ¿Hay algo que todavía no me habéis explicado, algún misterio intrigante y desgarrador? A mí me ha parecido una viejecita encantadora.

—¡No es cosa de broma! —explicó el teniente— ¿Aún no sabes por qué la llaman la viuda negra?

—¡Contro! 1 —exclamó el avi Pere— Pues no lo había escuchado nunca eso de que la llamaran la viuda negra. Contadme de qué va todo esto.

—Es porque se ha casado un montón de veces con buenos partidos, y todos desaparecieron misteriosamente antes de hora —seguía explicando el teniente—. Yo tan solo llegué a conocer a su último marido, porque hacía poco que me habían destinado a este pueblo, pero he escuchado su historia.

—Yo llegué a conocer a los dos últimos —dijo el médico—. Arnau, que murió el cincuenta y nueve, y Ramón, que murió el sesenta y nueve. O, mejor dicho, desaparecieron misteriosamente. Nunca se encontraron sus cuerpos.

—Pero, ¿cuántos maridos hubo? — preguntó el avi Pere. Ya no estaba concentrado en la partida. El banquero le pegó una patada por debajo de la mesa para que espabilara.

—El primero fue Antoni Riera, el antiguo propietario de la fábrica y la mansión que has comprado —explicó Carles—. Murió en la Guerra Civil, dos años después de haberse casado con ella, que lo heredó todo.

—¿Qué tiene de misterioso haber muerto en la Guerra Civil? En ella murieron más de medio millón de personas. Yo conocía a más gente que fue y no volvió.

—¡Recontro! —gritó el teniente, antes de seguir con la historia— Él no tenía por qué haber ido a la guerra.

Muchas fábricas de corcho del pueblo se transformaron en talleres de fabricación de armamento.

La mayoría fabricaban espoletas para obuses.

De esta manera, se ahorraban de ir al frente a luchar.

—Sí, pero se ve que a Antoni un día le dio un ramalazo y se marchó al frente —confirmó el médico—. Ya no regresó ni se supo nunca más de él. Se cree que debe estar enterrado en alguna de las muchas fosas comunes que no se han encontrado.

—¿Cómo se llamaba, el segundo marido? —preguntó Carles— Era Prudenci, ¿no? También había sido banquero, como yo. Cuentan que desapareció en el mar durante una tormenta y no lo encontraron nunca.

—Sí, le gustaba navegar a vela y salía a hacerlo en solitario. Tenía mucha experiencia y había recorrido todo el Mediterráneo varias veces, pero antes no existían los instrumentos de navegación que hay ahora y lo pilló por sorpresa una tormenta.

—Creo que no ocurrió exactamente esta manera —dijo el teniente—.

Según he oído decir, aquella semana no hubo ninguna tormenta.

Encontraron su barco a la deriva sin él dentro.

Se especuló que quizás cayó al agua y se ahogó, aunque es muy extraño, porque era muy buen navegante.

Tal vez se sintió mal o le dio un mareo.

Incluso lo podían haber abordado unos piratas.

—¿Piratas? —preguntó el avi Pere, incrédulo.

—Sí, en aquellos años todavía había. No llevaban pata de palo, ni parche en un ojo, ni bandera negra con una calavera, pero sí que aún quedaban algunos.

—Después ya vinieron Arnau y Ramón —explicó el médico—. A estos dos sí que los conocí. Uno era constructor y el otro agente inmobiliario. Eran buenos amigos y estaban forrados. Primero se casó con ella Arnau y, pocos años después de su muerte, se casó Ramón.

—¡Sant Vicenç! —gritó el médico. Carles le lanzó una mirada asesina al avi Pere. No se estaba concentrando en la partida, de tan enfrascado como estaba en la historia que le estaban contando.

—¡Ahora entiendo porque Teresina tiene tanto dinero! —exclamó el avi Pere— Y estos dos, ¿también murieron de forma misteriosa?

—¡Y tanto! —dijo el doctor— Yo ya era el médico del pueblo y lo recuerdo perfectamente.

Arnau era aficionado a la caza mayor. Se fue a Sudáfrica a cazar elefantes.

Fue precisamente cuando empezó todo aquello del apartheid y lo enganchó de lleno.

Era el año 1959. Algunos dicen que lo devoró un león, otros que se lo comieron los caníbales, pero lo más probable es que lo mataran los mismos bantúes, porque de caníbales creo que ya no quedaban por allí.

En todo caso, nunca apareció su cuerpo para poder repatriarlo.

—¿Y al otro?, Ramón. ¿Qué le pasó? —preguntó el avi Pere, que ya no estaba nada por la partida.

—Ocurrió de forma bastante similar. Era muy aficionado a la exploración y a la arqueología. Era miembro de una sociedad arqueológica y de un club excursionista muy elitista. En 1969 se fue a la India para explorar unas ruinas que acababan de descubrir, y lo devoró un tigre.

—¡No jodas! ¿Dices que se lo comió un tigre? —preguntó el avi Pere, estupefacto— Y también me dirás que tampoco encontraron su cuerpo.

—¡Claro que no! ¿No te dije que se lo comió?

—¿No dejó ni los huesos? ¿Lo vio alguien?

—Sí, unos aldeanos que le hacían de guía explicaron que vieron como el tigre lo arrastraba selva adentro. Lo estuvieron persiguiendo, pero no lograron encontrarlo.

—De este sí que me acuerdo, porque yo ya estaba en el pueblo y lo investigué un poco —dijo el teniente, dándole una buena calada al puro habano que se estaba fumando—.

Pensamos que los aldeanos se lo habían inventado todo y que habían sido ellos mismos quienes lo habían matado para robarle, pero, como la investigación se realizó en la India por la policía de allí y nosotros no pudimos intervenir, no se terminó de aclarar nunca lo que le pasó realmente. ¡Otro misterio!

—¡Vaya tela! —exclamó el avi Pere— ¡Sí que es extraño, todo esto!

—Pues espera, que todavía no está todo —dijo el médico—. ¿Os acordáis de Miquel, su hermano, que también desapareció?

—¡Y tanto! —dijo el teniente— Este también lo investigué yo.

Era un bohemio y un mujeriego. No había hecho nunca nada bueno en su vida.

Había vivido siempre del dinero de Teresina.

Incluso vivía con ella en la mansión. Un buen día, se cansó de ella y se marcha al extranjero, dicen que acompañado de una brasileña.

Nunca se ha sabido nada más de él. Seguramente ya estará bien muerto.

Bebía mucho y no me extrañaría nada que también tomase drogas.

No quisimos investigar mucho y Teresina tampoco insistió.

Creo que incluso se alegró de sacárselo de encima.

—Ya ves que no sabes dónde te has metido —le advirtió el médico—. Mantente alejado de ella y, sobre todo, ¡no te cases nunca!

Mi abuelo no sabía si acabar de creerse todo aquello que le contaban. Seguramente intentaban tomarle el pelo. ¡Teresina era una viejecita tan encantadora! La única cosa misteriosa que había en la finca, era aquella vieja mansión sacada de un cuento de Poe.

1

N. de A.: Contro, Recontro y Sant Vicenç son expresiones relativas al juego de la botifarra.