La mansión Riera 4
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Al avi Pere todavía le costó unas cuantas semanas y muchas dosis de café en tazas de porcelana convencer a Teresina para que le vendiera la finca Riera, pero se lo pasaba bien yendo a visitarla y compartiendo la audición de sus discos de música clásica.

A veces, él también llevaba alguno de los álbumes preferidos de su colección para escucharlos juntos, mientras tomaban el café y comían pastelitos.

—Mi gestor me ha dicho que tu oferta es bastante buena, aunque está un poco por debajo de las que me han ofrecido los promotores que quieren construir bloques de pisos.

Pero yo no quiero que construyan pisos, me gusta más tu idea de reformar la fábrica para reconvertirla en un taller de carpintería.

¡Ya hay bastantes pisos económicos y pequeños en el pueblo! Parecen gallineros.

—¡Pues muchas gracias por la confianza! —le agradeció el avi Pere— Ya verás que cuando esté acabado, quedará muy bonito.

Esta vieja fábrica se merece una segunda oportunidad.

¿Has pensado en lo que te dije, sobre aquello de comprarte un piso nuevo en el centro del pueblo?

Lo podríamos añadir al precio de compra.

—¡No! —negó Teresina con rotundidad— Todavía hay un pequeño problema, pero mi gestor cree que ha encontrado una buena solución para ambos.

—¿Cuál es este pequeño problema? —preguntó mi abuelo, un poco preocupado de que en el último momento Teresina se echase atrás— Seguro que lo podemos resolver.

—¡Seguro que sí! El problema es que yo no quiero marcharme de la mansión.

Ya te dije que llevo viviendo aquí toda la vida y tengo muchos recuerdos enterrados en ella.

El gestor cree que puedo venderte toda la finca, incluyendo la fábrica, el terreno, el jardín y también la mansión, pero yo seguiré viviendo en ella hasta que me muera, que ya no me debe quedar mucho.

Seré usufructuaria de la mansión hasta mi muerte o hasta que me marche de ella.

Mientras tanto, puedes hacer lo que quieras con la fábrica y el terreno, pero yo seguiré viviendo en la mansión Riera.

Tampoco la necesitas tan urgentemente, porque tu hijo vive en Barcelona.

Creo que podrás esperar todavía unos años más para hacerte la casa.

—¡Me parece bien el trato! —aceptó mi abuelo, un poco de mala gana— Seremos vecinos, y el taller está lo suficientemente alejado de la casa como para no molestarte con el ruido de las máquinas.

El avi Pere habría preferido poder disponer de toda la finca entera, con la mansión incluida, pero valía más aquello que nada.

Empezaba a conocer bastante bien a Teresina y sabía que no había manera de hacerla cambiar de idea.

No entendía aquella fijación que tenía por quedarse a vivir en aquella vieja y tenebrosa casa.

—¡Pues, hala! Le diré a mi gestor que prepare todo el papeleo y que se ponga de acuerdo con el notario. Y no te preocupes por el ruido de las máquinas, ya empiezo a tener el oído un poco duro. Para celebrarlo, hoy le echaremos un poco de Anís del Mono al café.

El avi Pere había observado que Teresina ya se ponía cada día un buen chorro de Anís del Mono en el café, pero no quiso decir nada.

Teresina se acercó al tocadiscos para quitar el disco de la Pequeña Serenata Nocturna de Mozart, y colocar en su lugar el disco de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, que le parecía más adecuado para celebrar el cierre de la venta de la finca.

Volvió a la mesa con el vaso de anís en la mano y bailando alegremente al ritmo de La Primavera, dando vueltas sobre sí misma y bamboleando el pelo sobre sus hombros.

Mi abuelo se la quedó mirando divertido. ¡Aquella viejecita era encantadora! Le iba a gustar tenerla de vecina.