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Al avi Pere aquella noche le había costado conciliar el sueño.
Se pasó la noche pensando en la finca de la mansión Riera.
Necesitaba comprarla como fuera y sabía que le había hecho una buena oferta económica a Teresina.
Por la mañana, lo primero que haría, sería ir al banco para hablar con Carles, el director de la Caixa, para que le confirmara si finalmente le concedía la hipoteca para poder comprarla.
Ya había planeado cómo haría la reforma de la antigua fábrica para transformarla en un taller bien equipado y moderno.
Necesitaría comprar maquinaria nueva y ya tenía pensado en cómo distribuirla dentro de la nave.
El trabajo en la carpintería se le estaba disparando y posiblemente tendría que contratar más personal.
—Así, ¿estás seguro de querer comprar la finca de la mansión Riera? —le preguntó Carles, un poco escéptico.
—Tengo que conseguir que esa señora Teresina me la venda, pero es más terca que una mula.
La vieja fábrica es exactamente lo que necesito para instalar mi nuevo taller.
Tiene las dimensiones y la situación perfectas.
Incluso ya he pensado cómo distribuir en ella la nueva maquinaria que compraré, y tiene mucho terreno fuera para almacenar material y aparcar las furgonetas.
—Ya te conté que le han hecho muchas ofertas y no ha querido vender nunca. Parece que le tiene mucho apego a aquella vieja mansión y a todo lo que le rodea. Si lo consigues, será un milagro.
—Creo que la tengo bastante en el bote. Esta tarde puede quedar zanjado. He quedado con ella para cerrar el trato —aseguró mi abuelo, quizás un poco demasiado optimista—. ¿Vas a concederme la hipoteca para comprarla?
—¡Sí, por supuesto! —afirmó el director— No creo que haya ningún problema. Si consiguieras comprarla harías una buena inversión, porque esa zona la están recalificando como urbana y, en poco tiempo, los terrenos subirán mucho de precio.
Por la tarde, puntual como un reloj, a la hora del café, el avi Pere se presentó en casa de Teresina para intentar zanjar la compra de la finca Riera.
Comprobó que había un jardinero que estaba arreglando el jardín, sacando las malas hierbas, podando los arbustos y plantando flores nuevas.
Aquel jardín abandonado estaba empezando a recuperar su esplendor perdido.
El jardinero había vaciado y limpiado el estanque, y de la fuente volvía a brotar agua limpia.
Sin duda, era una buena señal de que Teresina tenía intención de dejarlo todo pulido porque quería causar buena impresión de cara a vender.
—¡Buenos días! —saludó al jardinero, que estaba sudando como un condenado de tanto trabajar a pleno sol— Parece que tenéis un buen trabajo para dejarlo todo bien arreglado!
—¡Ya lo podéis bien decir! —se quejó, frotándose el sudor de la cara con la gorra— Hacía unos cuantos años que este jardín no se arreglaba. ¡Parece la selva del Amazonas! ¿Sois vos, quién quiere comprarle la finca a la señora Teresina?
—Tengo que intentar convencerla, sí. Estoy dispuesto a comprarla.
—Lo tendréis difícil. Mucha gente lo ha intentado, pero ella no ha querido vender nunca. Y eso que le han hecho muy buenas ofertas.
—Pues, ¡deseadme suerte!
El avi Pere tocó la campanilla de la entrada y no se tuvo que esperar mucho hasta que Teresina le abrió la puerta. Seguramente ya lo estaba esperando impaciente.
—¡Adelante, Pere! Acabo de preparar café y he hecho unos pastelitos de coco, de fresa y de chocolate.
—¡Tú me quieres engordar! —bromeó mi abuelo.
Se sentaron en el salón, en unas butacas Chester originales.
Teresina sirvió el café en las tazas de porcelana y colocó una bandeja de plata con los pastelitos que había preparado.
Puso en el tocadiscos la sonata para piano número 21 de Schubert en Si bemol mayor.
El avi Pere tuvo la sensación de que lo quería impresionar.
Sí, todo aquello era una buena señal de que Teresina estaba dispuesta a vender.
—Háblame un poco de ti —le pidió—. Si finalmente me decido a vender la finca, quiero saber a quién se la vendo. ¿Estás casado? ¿Tienes hijos?
—Como ya sabes, soy carpintero. Llegué al pueblo hace unos veinte años y alquilé un pequeño taller en el pueblo, pero se me ha quedado pequeño. Por eso necesito un local más grande y tu fábrica abandonada sería perfecta para mí.
—Háblame de tu familia. Porque tienes familia, ¿no? —insistió, mientras removía el azúcar dentro del café— ¿Tú no le pones azúcar, al café?
—No, me gusta tomarlo solo, gracias. Pues sí, resulta que tengo un hijo de veinticinco años que está estudiando para médico en Barcelona. No ha querido seguir con el negocio de la carpintería.
—A la juventud de hoy en día no le gusta los trabajos duros. Ahora todos quieren estudiar y al final no quedará nadie que quiera realizar los trabajos manuales. ¿Y tu mujer?
—Me quedé viudo unos años antes de venir a Palafrugell. Ésta fue la cuestión que terminó de hacerme decidir para marcharme de mi antiguo pueblo y trasladarme aquí.
—¡Pues sí que lo siento! —dijo Teresina—. Yo también me quedé viuda hace bastantes años. ¿No has pensado en volverte a casar?
En aquel momento, mi abuelo llegó a creer que Teresina le estaba tirando los tejos.
—No me lo he planteado, de volver a casarme. Estoy bien así —dijo, intentando zanjar el tema.
Estuvo a punto de preguntarle si ella tampoco se había planteado volver a casarse después de haber enviudado, pero pensó que aún enredaría más el asunto y supo callar a tiempo. Él, de lo que tenía ganas, era de hablar de la compra de la finca.
—¿Y cómo es que te decidiste a trabajar de carpintero? —insistía ella, que se resistía a hablar de negocios— ¿Ya te gustaba de pequeño, o seguiste el oficio de tus padres?
—Mis padres murieron cuando yo todavía era muy joven, de manera que me tuve que espabilar para buscarme la vida.
En el pueblo había un carpintero que necesitaba un aprendiz y me presenté.
En seguida descubrí que aquello era mi destino.
Me encantaba trabajar con la madera y me quedé enganchado.
Aquel hombre ya era muy viejo y, cuando murió, me dejó la carpintería, pero yo vi que el negocio estaba en la Costa Brava.
En aquel pequeño pueblo de montaña no tenía futuro.
Me traspasé la carpintería y, con lo que saqué por ella, me vine a vivir y a trabajar a Palafrugell.
El resto ya lo conoces. Por cierto, yo también soy un gran aficionado a la música clásica y la sonata 21 de Schubert es una de mis preferidas.
Teresina quedó impresionada al saber que el avi Pere era tan aficionado a la música clásica, como también lo era ella. Sabía que no mentía al hacer aquella afirmación. La sonata 21 de Schubert es una de las preferidas de todos los aficionados a la buena música.
—Debía ser duro empezar en un lugar nuevo, tú solo y con un hijo pequeño. Pero veo que te has salido muy bien. ¡Te felicito!
—¡Gracias! ¿Has pensado en la oferta que te hice para comprarte la fábrica y la casa? —le preguntó finalmente el avi Pere, cansado de esperar a que ella sacase el tema.
—No del todo. Esta mañana ha venido mi gestor para hablar de ello. Mañana volverá a venir con papeles y números y lo acabaremos de discutir. ¿Por qué no vuelves mañana a tomar el café y lo acabamos de hablar?
El avi Pere se marchó un poco decepcionado, pues tenía la esperanza de dejarlo prácticamente zanjado aquel mismo día, pero también sabía que este tipo de negociaciones pueden ir para largo, sobre todo si se tiene que tratar con gente mayor, que suelen ser muy tozudas y difíciles de convencer. ¡Y Teresina lo era!