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La mansión estaba situada en el extrarradio, no demasiado lejos del centro del pueblo.
En pocos años, sin embargo, quedaría engullida por la expansión descontrolada de viviendas y pasaría a formar parte del mismo núcleo urbano.
La calle donde se encontraba la finca, todavía ni siquiera estaba asfaltada.
El avi Pere abrió el gran portal de hierro viejo y oxidado que daba acceso a la propiedad, y enfiló el caminito que llevaba hasta la mansión, atravesando lo que tiempo atrás habría sido un lujoso jardín, con flores, arbustos, árboles de sombra y un estanque con una fuente poblado por peces de colores, pero que ahora tan solo era un campo de hierbas silvestres y matorrales descuidados.
El estanque contenía agua de lluvia encharcada y hojas caídas que estaban empezando a pudrirse.
Al verlo llegar, una rana saltó desde el borde hasta dentro del agua, despareciendo bajo aquel liquido marrón.
A medida que se iba acercando a la mansión, ésta iba adquiriendo un aspecto más viejo, ruinoso y abandonado.
No pudo evitar recordar las misteriosas mansiones góticas de las películas de la Hammer, inspiradas en los libros de Edgar Allan Poe.
Al llegar a la gran puerta regia de la entrada buscó el timbre, pero, en su lugar, había tan solo una campanilla de bronce oxidado colgada de un cordel.
Balanceó el badajo para hacer sonar la campanilla y esperó.
Por un momento, se imaginó a Vincent Price abriéndole la puerta con su fascinante y enigmática elegancia; o a los misteriosos Peter Lorre y Basil Rathmore invitándolo a entrar dentro de la mansión encantada; o incluso al terrorífico Boris Karloff contemplándolo con su mirada aterradora.
Al cabo de un minuto apareció la viejecita, con un vestido estampado, el pelo canoso suelto sobre los hombros y una sonrisa carmesí en los labios.
No parecía un personaje extraído de ninguna película de terror, al contrario, su aspecto era agradable y desprendía confianza.
Mi abuelo se había informado sobre la señora Teresina y sabía que tenía sesenta y un años, pero se conservaba muy bien.
A pesar de los estragos causados por la edad, se adivinaba que en sus buenos tiempos había sido una mujer muy guapa y bien plantada.
Desprendía clase y se notaba que provenía de un buen linaje.
—¡Usted dirá, joven! —lo saludó, nada más abrir la puerta.
A mi abuelo le sorprendió que lo llamara joven, porque él ya tenía cincuenta y un años. Claro que el avi Pere era un hombre con mucho empuje y vitalidad y parecía más joven de lo que realmente era.
—¡Buenos días, señora Teresina! —la saludó, con su mejor y encantadora sonrisa— ¿O tengo que llamarle señorita?
Cuando mi abuelo me contó este encuentro, me dijo que le había parecido que la señora Teresina incluso se había ruborizado un poco. Le expuso sus planes para comprarle la finca, con la mansión y la vieja fábrica.
—¡Uy, señor Pere!, no tengo ninguna intención de venderme la casa —le dijo, con una mueca de tristeza, pero en un tono decidido—. Me trae demasiados recuerdos. Llevo toda una vida viviendo en ella y no puedo marcharme ahora. Además, ¿dónde quiere que vaya a vivir, si me voy de aquí?
Teresina resultó ser una señora muy agradable y amable.
Invitó a mi abuelo a pasar dentro de la mansión.
Se quedó sorprendido de lo grande y lujosa que era.
A pesar de ser tan vieja, irradiaba una misteriosa atmósfera de rancio abolengo.
Por dentro estaba mejor conservada que por el exterior.
El recibidor era enorme, con una gran lámpara de araña en el techo y una espectacular escalinata al fondo que conducía a los pisos superiores.
Seguramente, en sus buenos tiempos se habrían celebrado suntuosas fiestas con orquesta incluida, con la asistencia de todas la personalidades y gente importante del pueblo.
Ahora, aquellas viejas paredes desprendían un aura de misterio que impregnaba todo el aire que se respiraba.
Mi abuelo no creía en fantasmas ni en espíritus errantes, pero me juró que, en todo momento, le pareció percibir una presencia invisible e inquietante.
Teresina invitó a mi abuelo a sentarse en el salón para tomar un café y le sacó unos pastelitos que ella misma acababa de preparar. El avi Pere también era todo un señor, agradable y educado, y no le costó mucho metérsela en el bolsillo. En seguida comenzaron a tutearse.
—Esta vieja mansión, que sin duda en sus tiempos debió haber sido magnífica, ahora está casi en ruinas —intentaba convencerla mi abuelo—.
Debe salirte muy cara de mantener. Si quieres venderme la finca, te puedo comprar un piso muy nuevo y moderno en el centro del pueblo.
Allí estarías la mar de bien y te sería más fácil ir a comprar al mercado.
—¿Pretendes comprarme un piso? —se enojó un poco Teresina— ¡No la necesito para nada, tu caridad!
El avi Pere se dio cuenta que, efectivamente, Teresina se notaba que venía de una familia de antigua cepa y destilaba clase.
A pesar de la sencilla discreción de las joyas que lucía con elegancia, no le costó advertir que el collar de perlas que llevaba en el cuello estaba confeccionado con perlas naturales, así mismo como los pendientes a juego con el collar que pendían de los lóbulos de sus orejas.
Las finas joyas que lucía en los dedos y en las muñecas eran de oro y piedras preciosas auténticas.
Igualmente, como buen carpintero que era, supo apreciar la calidad de todos los muebles de pura ebanistería, y el trabajo de la barandilla de madera de la espectacular escalinata que conducía a los pisos superiores, construida en madera maciza y finamente trabajada a mano.
Todas las lámparas que colgaban de los techos eran de cristal, seguramente de Murano, así mismo como la cristalería que lucía dentro de la vitrina.
Los cubiertos con que le había ofrecido el café y los pastelitos, eran de plata.
Todos aquellos detalles le habían pasado desapercibidos en un primer momento e, incluso, había llegado a pensar que Teresina vivía sola en la indigencia.
Probablemente sí que no lo necesitaba para nada el dinero que le ofrecía por la finca.
A pesar de todo, no entendía cómo aquella anciana podía vivir sola dentro de aquella mansión enorme que ya comenzaba a ser un poco ruinosa.
—Estoy dispuesta a estudiar tu oferta —le dijo finalmente Teresina—. Me caes bien y me gusta el hecho de que no quieras construir bloques de pisos. Lo hablaré con mi gestor y te diré algo. Ven mañana por la tarde a tomar el café y lo acabaremos de hablar.
—Así pues, ¿dices que estarías dispuesta a venderme la finca? —se ilusionó mi abuelo.
—Todavía no quiero asegurarte nada. Necesito pensarlo muy bien. No es una decisión nada fácil de tomar para mí. Llevo casi toda la vida viviendo en esta casa y me trae muchos recuerdos. Ya te lo he dicho.
Mi abuelo se hacía cruces de la tozudez de aquella anciana.
¿Por qué ese interés en seguir viviendo dentro de aquella enorme mansión ruinosa?
Se notaba a la legua que necesitaba una buena reforma y que no salía a cuenta ponerse con ello.
Las tuberías hacían ruido y pronto se tendrían que cambiar todas, antes de que empezaran a reventar por la corrosión y la cal acumulada en su interior.
Todo el sistema eléctrico estaba desfasado y resultaba peligroso.
Seguro que más de una vez había sufrido una avería y se había quedado sin corriente.
Incluso podría llegar a provocar un incendio.
Probablemente las ventanas no cerraban bien y los marcos estarían podridos.
Pondría la mano en el fuego que el techo estaba lleno de goteras y dudaba de que el sistema de calefacción fuera efectivo.
Lo más sensato que podría hacer Teresina, sería aceptar su oferta de comprarle un piso bonito y moderno en el centro del pueblo y marcharse de aquella vieja mansión.