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Mi abuelo paterno, el avi Pere, llegó a Palafrugell en los años sesenta, proveniente de un pueblecito perdido en el Pirineo Gerundense.
Era carpintero de oficio. Tenía unos cuantos ahorros y buena vista empresarial.
En seguida advirtió las posibilidades de negocio que ofrecía la Costa Brava y decidió establecerse aquí.
Alquiló un pequeño taller en el centro del pueblo, donde montó su taller de carpintería.
En poco tiempo, se convirtió en un pequeño empresario con media docena de trabajadores.
El trabajo prosperaba y se benefició del auge inmobiliario de la época.
Muy pronto, el taller se le quedó pequeño y decidió que tenía que trasladarse a otro más grande para seguir medrando.
Hacía tiempo que había puesto los ojos en un local abandonado que, muchos años atrás, había sido una fábrica de tapones de corcho.
Estaba situado a las afueras del pueblo, con bastante terreno y una mansión al lado aparentemente en ruinas, conocida como la mansión Riera.
La antigua fábrica necesitaría unas cuantas reformas para transformarla en su taller de carpintería, pero la mansión se veía muy deteriorada y seguramente debería derribarla.
En su lugar tenía previsto construir unos cuantos pisos para su familia, si conseguía un buen acuerdo para comprarla.
Fue a informarse sobre la propiedad con su amigo Carles, el director de la Caixa, quien le dijo que tenía que hablar con la dueña de la mansión, la señora Teresina, quien también era la propietaria de la fábrica abandonada.
El avi Pere decidió ir al viejo caserón para entrevistarse con ella personalmente.
Estaba interesado en comprarle el edificio de la fábrica, aunque ya se veía de lejos que necesitaba una buena reforma, pero tenía la situación y las dimensiones que requería para su nuevo taller, y también disponía de bastante terreno para almacenar material y aparcar las camionetas de la empresa.
El director del banco ya le había advertido que la señora Teresina era una anciana muy tozuda y que era muy reticente a vender su propiedad.
Muchos empresarios y constructores le habían ofrecido grandes sumas de dinero para comprarle la mansión con los terrenos y el taller.
Tenían la pretensión de derribarlo todo para construir bloques de pisos, pero ella siempre les daba negativas: no quería vender a ningún precio.
El avi Pere, sin embargo, no se dejó intimidar y se dirigió muy decidido a casa de la señora Teresina. Era un hombre galante y encantador que sabía camelar a las ancianas, y estaba seguro de que la podría convencer para que le vendiera la propiedad. No lo tuvo tan fácil.