La mansión Riera
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PRÓLOGO
He comprado unos crisantemos para plantar en el jardín.
A mi esposa no le gustan los crisantemos.
Dice que son flores de cementerio y que traen mala suerte.
Son de color rosa claro, como la seda del interior de los ataúdes.
He elegido un lugar soleado donde plantarlos y que pueda contemplarlos desde la ventana de mi habitación.
Con una azada me dispongo a cavar un hoyo.
La tierra esta húmeda y blanda y no me cuesta ahondar un poco.
De repente, la azada golpea un objeto duro.
Debe ser una piedra. Lo desempolvo y se me queda mirando con expresión estúpida, con las cuencas de los ojos vacías.
Las mandíbulas desdentadas me dirigen una mueca burlona.
¡Es una calavera! Parece que se ríe de mí.
Sigo cavando y van apareciendo más restos óseos: tibias, peronés, fémures, clavículas, radios, falanges, costillas...
Ya he excavado un agujero bien grande y han ido apareciendo más cadáveres. Por las calaveras que he encontrado, puedo contar hasta cinco. Todas ellas me contemplan y se ríen de mí, sin ojos, sin nariz y sin boca.
Me despierto completamente impregnado de sudor.
¡He tenido una pesadilla! Palpo un objeto duro dentro de la cama que me está acariciando la cadera.
Levanto la sábana de golpe y la veo allí, junto a mi lado, descansando tranquilamente dentro de la cama.
Es la calavera, que me mira con actitud desafiante y burlona.
Me incorporo de la cama con un brinco y me dirijo al cuarto de baño.
Levanto la tapa del inodoro para vaciar la vejiga y la encuentro allí dentro, nadando en el agua.
Orino dentro de una de sus cuencas vacías y me da la sensación de que me guiña un ojo.
Sé que todavía estoy soñando. Voy al fregadero y me lavo la cara con agua fría para despertar de esta pesadilla.
¡Parece que finalmente lo he conseguido!
Levanto la cabeza y me miro reflejado en el espejo.
El corazón me da un vuelco cuando lo veo de pie, detrás de mí.
¡Es el esqueleto, que está bailando una danza macabra!
Cuando se da cuenta de que lo he descubierto, me hace un palmo de nariz. Suelto un grito de terror.
—¡Despiértate! ¡Estás teniendo una pesadilla otra vez! —oigo que dice mi esposa, mientras me da unos golpecitos en el hombro.
¡No me quiero despertar! ¡No quiero abrir los ojos!
Sé que cuando la mire, será un esqueleto que me estará contemplando con expresión burlona.
Ella enciende la luz y me arriesgo a abrir los ojos.
No es un esqueleto, es mi esposa. ¡Finalmente he podido despertar de esta horrible pesadilla!
Es una pesadilla recurrente que me atormenta desde que hicimos aquel macabro hallazgo en el sótano de la antigua mansión Riera.