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Rufino quitó la fotografía del pasaporte de Arnau con mucho cuidado, y en su lugar enganchó la suya.
Ya lo había hecho otras veces y tenía mucha práctica en ello.
Viajó a Johannesburgo haciéndose pasar por él.
Johannesburgo era una ciudad peligrosa e insegura, y más ahora que habían estallado los conflictos raciales, pero Rufino estaba acostumbrado al peligro y no se dejaba acobardar.
Si la ciudad era peligrosa, él también lo podía ser.
No se estuvo de nada y alquiló una habitación en el mejor hotel del centro.
Se registró con el pasaporte de Arnau, se encerró en su habitación y, lo primero que hizo, fue volver a cambiar la fotografía del pasaporte por la original de Arnau, utilizando para ello el material que había llevado escondido dentro de la maleta.
Se aseguró que en la recepción del hotel se enteraran de que iba a realizar un safari para cazar elefantes.
El recepcionista se lo desaconsejó, pues en aquellos momentos tan críticos era muy peligroso alejarse del centro de la ciudad, y más aún para ir a la selva.
Él se mostró decidido a hacerlo. Había hecho un largo viaje para cazar un elefante y ya lo tenía todo organizado.
No era cuestión de echarse atrás por unos cuantos alborotos raciales.
Hizo saber al recepcionista que salía del hotel para ir a entrevistarse con los guías que había contratado, para acabar de organizar la cacería.
—Si está tan empeñado en salir del hotel, es mejor que no lleve nada de valor encima —le aconsejó el recepcionista—. Lo puede dejar todo en la caja fuerte de la habitación. Si lo desea, le puedo proporcionar una persona de confianza para que lo acompañe. No es prudente ir solo por la calle.
—Gracias —le agradeció—, pero ya me puedo cuidar solo. Volveré por la noche para cenar.
Dejó el pasaporte de Arnau en la habitación del hotel, junto con otras pertenencias y documentos que lo pudieran identificar, y se escurrió disimuladamente del hotel.
En lugar de ir a reunirse con los guías, se dirigió directamente al aeropuerto.
Por el camino se deshizo de todo el material que había utilizado para falsificar la documentación.
Regresó a España con su propio pasaporte.
Días más tarde, Teresina fue a denunciar la desaparición de su marido en el cuartel de la Guardia Civil.
Cuando el teniente García Morrón la vio entrar en la oficina de denuncias tan angustiada, la quiso atender él personalmente.
Ella les explicó que Arnau había ido a Sudáfrica para realizar un safari, pues estaba encaprichado en cazar un elefante, y que había perdido el contacto con él.
Hacía días que no sabía nada y estaba angustiada por lo que le hubiera podido ocurrir.
Todo el mundo en el pueblo conocía su desmesurada afición por la caza mayor, pero ir a cazar elefantes a Sudáfrica, con los disturbios que se estaban produciendo allí en aquellos momentos, era una gran imprudencia.
Teresina tenía motivos más que suficientes para mostrarse alarmada.
—Nos pondremos en contacto con el consulado africano para que ordenen a su policía que investiguen —le aseguró el teniente—. ¿Cuándo fue la última vez que pudo hablar con él?
—Me puso una conferencia antes de ayer desde el hotel, el mismo día que llegó. Desde entonces, no he sabido nada más. He intentado llamar al hotel, pero las comunicaciones están muy mal y no consigo que me contesten.
—Déjame los datos de ese hotel e intentaremos ponernos nosotros en contacto con ellos o, si no, lo hará la policía de allí.
—Gracias por todo lo que está haciendo, teniente —le agradeció Teresina—. Ojalá que no le haya sucedido nada malo.
El teniente pensó que Teresina era una chica con muy mala suerte.
Había perdido a su primer marido en la guerra, y al segundo en un desafortunado accidente marítimo.
Sólo faltaría que ahora también perdiera a Arnau, su tercer marido, en una cacería por Africa.
Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para encontrarlo sano y salvo y poder regresarlo a su casa con su familia.
Desgraciadamente, una semana más tarde, el teniente García Morrón se presentó en la mansión, acompañado de otro agente uniformado.
—¿Qué saben de mi marido? —preguntó Teresina, fingiendo que estaba muy angustiada— ¿Han podido averiguar dónde está?
—Me temo que traigo malas noticias —le dijo el teniente—.
Nos hemos puesto en contacto con el consulado de Sudáfrica y ellos han ordenado a su policía que investigara.
Han encontrado su pasaporte y sus pertenencias en la habitación del hotel donde se alojaba.
Explicó en la recepción que salía para ir a encontrarse con los guías del safari que había contratado, pero, a partir de ese momento, nadie volvió a saber nada más de él.
—¿Y no saben quiénes son, estos guías? —preguntó ella, fingiendo que no sabía nada de su desaparición.
—Sí, han podido localizar a la agencia que le había organizado el safari, pero aseguran que él no llegó a ir nunca.
—Y entonces, ¿dónde está mi marido?
—Si no aparece él solo, no creen que lo puedan encontrar.
Johannesburgo es una ciudad muy peligrosa.
Se puede haber visto involucrado en algún alboroto, lo pueden haber secuestrado, lo pueden haber asesinado para robarle o, incluso, los propios guías pueden haberlo matado.
Me sabe mal ser tan explícito, pero es lo que nos han explicado los funcionarios del consulado.
En Sudáfrica, con el lio que tienen montado ahora mismo con todo aquello del apartheid, desaparecen centenares de personas todos los días.
A la mayoría no los vuelven a encontrar nunca más.