La mano izquierda Capítulo veinticinco
96%

Capítulo veinticinco

Yo estaba destrozada. Había tenido que elegir entre mi familia y mis ideales, y al final había optado por lo segundo. Una decisión sumamente dolorosa.

¿Adónde podía ir?

Solo existía un lugar.

La decisión que había tomado me arrojaba irremediablemente a los brazos de Asman.

Lloré sin consuelo durante el viaje en metro y, cuando llegué a su apartamento y me quité las gafas de sol, tenía los ojos enrojecidos.

No podía quitarme de la cabeza la imagen desesperada de mi madre, arrodillada en el suelo y suplicando piedad con voz angustiada.

La decisión no solo pondría patas arriba mi propia vida, sino al país entero.

Probablemente la ley de obligatoriedad genética se revocaría; mi madre, Aquiles y la abuela serían juzgados por crímenes contra el Estado y acabarían en la cárcel.

Pero era lo correcto. Mi obligación era denunciar todas aquellas atrocidades.

¿O no?

Lo cierto era que dudaba. Imposible no dudar.

Asman me abrazó y sus ojos negros me contemplaron con preocupación.

—¿Qué ha pasado?

Se lo expliqué todo. Necesitaba expresar lo que sentía.

A continuación, nos encerramos en el dormitorio y nos tumbamos en la cama.

No hicimos el amor. Yo lloré sobre su hombro y él me acarició el pelo.

Asman no dijo casi nada. ¿Qué podía decir ante una situación como aquella?

Poca cosa, solo apoyarme. Me acariciaba el pelo y me daba besos en la frente.

Me regaló palabras bonitas. «Eres muy valiente», susurró con su acento petreano.

Y yo inspiraba profundamente y me llenaba de su olor, un olor que me hacía sentir protegida, un olor que deseé tener cerca hasta el fin de mis días…

De golpe tuve un momento de lucidez. Me puse dentro de la piel de mi madre y traté de pensar como ella. Entonces tomé la decisión que nos salvó la vida.

Ocurrió al cabo de treinta minutos. Un hombre fornido forzó la puerta del piso de Asman y avanzó por el pasillo con una pistola con silenciador en la mano.

Muy lentamente, empujó la puerta del dormitorio y apuntó al interior con el arma, listo para disparar.

Pero no lo hizo. No había nadie a quien disparar.

Asman y yo podíamos ver todos sus movimientos a través de una pantalla, no muy lejos del lugar, en el piso de un amigo suyo.

Perdimos de vista al hombre durante un minuto, el tiempo que tardó en entrar en el dormitorio, que debió de registrar de arriba abajo, y en volver a salir al pasillo con mi comunicador y la memoria de Sofía.

Aquellos eran los objetos que le habían permitido localizar el lugar, mi supuesta ubicación.

Parecía confuso. Vimos como hablaba con el comunicador, moviendo los labios, probablemente para informar de la situación y pedir nuevas órdenes a su superiora.

Fue una gran suerte que Asman llevara varias semanas preparándose para una situación similar.

Él se había desvinculado de Sofía con la intención de marcharse del país.

Tenía mucho miedo de que las autoridades fueran a por él y por eso se hizo instalar una cámara en casa, para que hubiera una prueba si alguien irrumpía en su piso y lo asesinaba.

Para mí, fue muy importante presenciar esa escena.

Había ocurrido justo lo que me temía. Mi madre, Séyer Hera, se había visto acorralada, entre la espada y la pared, y había tenido que elegir entre ella misma y su propia hija.

Se dice que las madres son capaces de cualquier cosa para proteger a sus hijos.

La mía no. La mía no tuvo ningún reparo en enviar a un agente de los servicios secretos para pegarme un tiro.