La mano izquierda Epílogo
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Epílogo

Han pasado treinta años desde que mi madre intentó matarme.

No voy a explicar cómo logramos marcharnos de Itaka y llegar sanos y salvos a Pétreas, porque los amigos que nos auxiliaron aún están vivos y siguen utilizando los mismos métodos para ayudar a otros perseguidos políticos a fugarse del país.

Sea como sea, Asman y yo nos establecimos en Pétreas y empezamos una vida juntos.

Tampoco quiero engañaros. No todo ha sido idílico.

Los dos procedemos de realidades muy distintas y, a menudo, conciliar nuestra manera de entender el mundo no ha sido fácil.

Sin embargo, siempre hemos estado muy unidos.

Las circunstancias nos unieron de una forma tan compacta que difícilmente nada podrá separarnos.

Nuestro amor es sólido y profundo, y se ha visto fortalecido con el nacimiento de tres hijos maravillosos, dos chicos y una chica.

A Asman lo esterilizaron antes de obtener la ciudadanía itakense y no pudimos concebirlos de forma natural; pero él es el padre a todos los efectos.

Insisto en que no quiero engañaros. La vida en Pétreas no es fácil.

Sigue habiendo inseguridad, la sanidad deja mucho que desear y el nivel de vida es bastante bajo.

Por suerte, gracias a mi formación, nos hemos convertido en una familia de privilegiados aquí: tengo un buen sueldo y vivimos en una de las mejores zonas del país.

Además, hay libertad. A veces resulta extraño para mí, pero aquí no necesitamos permisos ni hacer papeleo para conseguir cualquier cosa.

Vamos a donde nos da la gana y cuando nos da la gana.

La vida me ha ido bien. Me va bien.

Sin embargo, nunca he olvidado lo que hace mi país en Isla Esperanza y nunca he dejado de seguir la actualidad itakense desde el anonimato y la distancia.

Asman sabe que aún sufro por ello. Debe de haberme repetido mil veces que me olvide de Itaka y que me centre en nuestra maravillosa vida, en nuestros hijos.

Sé que tiene razón, pero nunca le he hecho caso.

No puedo. No hay un solo día en que no piense en ello, en reparar el mal que ha hecho y sigue haciendo mi madre allí.

¿Y a quién quiero engañar? También me he dejado influir por las ganas de vengarme.

Me quedó un poso de rencor que no he sido capaz de eliminar.

Algunos entenderéis mis sentimientos si habéis seguido mínimamente la actualidad itakense durante los últimos treinta años.

Yo lo he hecho a través de la Corporación de Noticias, a la que accedí gracias a un programa pirata.

Como ya sabéis, fui declarada desaparecida y muy pronto se difundió una teoría que me consideraba difunta, pese a que, obviamente, nunca se halló mi cuerpo.

El Gobierno sacó partido de mi desaparición.

La gente se identifica inevitablemente con los que sufren, y los itakenses, que me tenían cariño, se solidarizaron rápidamente con mis familiares, tanto con mi abuela como con mi madre.

Probablemente, algunos lectores recordaréis ahora las apariciones de mi madre en la Corporación de Noticias.

Encontraréis pocas imágenes que ilustren mejor el significado de la palabra «cinismo».

«Lo peor de todo es no tener la certeza de saber si Antígona está viva o muerta», declaró mi madre con lágrimas en los ojos.

«Vivir con esta incertidumbre es cruel, no puedo ni guardar luto».

Para mí, es obvio que formaba parte de una estrategia para convertirse en la única persona que ha tenido dos hijos en Itaka en los últimos cincuenta años.

¿Cómo lo logró? Lo desconozco, pero imagino que con argucias, presiones y chantajes.

En ese aspecto, la ley itakense es muy clara: dos padres y un solo hijo.

Ella ya me había tenido a mí, de modo que no tenía derecho a tener ningún otro hijo.

Desde Pétreas la vi aparecer en cápsulas de la Corporación llorando por mi supuesta muerte hasta que consiguió que los ciudadanos se manifestaran para pedir al Gobierno que hiciera una excepción con ella.

La presidenta cedió y Aquiles diseñó a Marlon, mi hermano, que pronto cumplirá los veinticinco años.

Mi hermano es guapo, inteligente y ejerce de genetista, como su padre.

Debe de ser muy obediente y tiene una nariz chata muy mona.

Me sabe mal por él. Nació para convertirse en un perrito faldero, y supongo que tendrá un buen disgusto cuando lea este libro de su hermana y sepa quién es, en realidad, Séyer Hera.

El último mazazo que me sacudió para dar este paso fue la muerte de mi padre. Mis últimas palabras para él fueron: «Me avergüenzo de ti, papá. Estoy muy decepcionada contigo. Hay gente que muere cada día y tú no has hecho nada para evitarlo. Eres cómplice de todos esos asesinatos».

Fui injusta, excesiva, y nunca tuve la ocasión de explicarle que, en verdad, no pensaba todo aquello, que solo lo había dicho por el fuerte impacto que me había causado aquella noticia.

Deseo pensar que él sabía esto, que lo comprendía; pero era un hombre muy sensible, cuya única ilusión en la vida era ver que las cosas me iban bien.

Y eso nunca pudo saberlo. Nunca supo que tenía tres magníficos nietos y un yerno estupendo, con el que se hubiera llevado la mar de bien.

Sé que soy hija de mi padre. Pero también soy hija de mi madre.

Séyer Hera es una mujer fría y despiadada.

Es una mujer que ordenó el diseño de Asterio Bláster para que asesinara, al cabo de veinticinco años, a Ayhir Manzs y así aprobar la ley de obligatoriedad genética.

Alguien con semejante capacidad de cálculo solo puede ser una sociópata sin escrúpulos.

Yo no soy ninguna sociópata, pero también puedo ser calculadora y analizar los hechos fríamente.

Cuando se sintió acorralada, mi madre trató de comprar mi silencio ofreciéndome la presidencia de Itaka. Creo que era mentira y que siempre quiso el cargo para ella. Ya en ese momento estaba preparando el terreno para arrebatarle el puesto a mi abuela y tomar el poder de Itaka.

Es lo que está a punto de suceder ahora.

Mi abuela, la presidenta Hera, se halla en la cuerda floja.

El escándalo que acaba de destaparse ha sido mayúsculo y la ha condenado políticamente.

Se ha demostrado que ha utilizado su posición de privilegio durante los últimos años para rejuvenecer sus células y así mantenerse joven y sana, mientras el resto de la población itakense ha tenido que resignarse a envejecer y morir, sin acceso a una tecnología que podría haber estado disponible para toda la población.

También se ha destapado que consiguió esta tecnología gracias a los diseños que la empresa de mi madre había desarrollado para producir carne, pescado y marisco mediante la clonación de células.

¿A qué no sabéis cuál es el nombre que más suena para convertirse en la nueva presidenta de Itaka? El de mi madre, por supuesto: Séyer Hera.

¿Casualidad?

Ha llegado el momento que he estado esperando durante tanto tiempo.

Por fin. He contactado con mi abuela tras treinta años.

Escuchar de nuevo mi voz le ha hecho mucha ilusión.

Quería saber qué me había ocurrido durante todo este tiempo, y le he hecho un resumen.

No creo que le haya sorprendido que le explicara que mamá había ordenado mi ejecución.

Ella tenía curiosidad por saber más, pero yo no quería extenderme y he ido al grano.

—Abuela, ¿es el final de tu presidencia?

—Sí, imposible salir de esta, Antígona. Hay mucha gente que ha muerto durante los últimos treinta años. Y, ahora, sus amigos y familiares me culpan por ello.

—¿Por qué no aplicaste esa tecnología?

—Porque quería reducir aún más la población. No esperaba que todo esto saliera a la luz.

Nos hemos quedado en silencio durante unos instantes.

—Ha sido mamá, ¿verdad? Ha sido ella quien ha filtrado la información.

—Sí, ha sido ella —me ha confirmado.

Otro silencio.

—¿Vas a dejar que se salga con la suya? —le he preguntado—. ¿Vas a dejar que mamá te destruya y se convierta en la nueva presidenta de Itaka?

—No tengo escapatoria.

—He estado escribiendo un libro durante estos años. En él hablo del asesinato de Ayhir Manzs y de lo que hizo mamá. El libro no va a permitirte seguir en el Gobierno, pero va a impedir que ella sea la nueva presidenta, te lo garantizo.

Otro silencio.

—Mándamelo, por favor.

Hace escasos minutos he recibido su respuesta.

Mi abuela ya lo ha leído y hemos hablado largo y tendido sobre el tema.

Incluso me ha revelado algunos detalles que me han permitido ajustar un poco mejor el contenido del libro.

Me asegura que se ocupará de que hasta el último ciudadano de Itaka sepa lo que ocurrió.

Es exactamente lo que yo necesito. Sin ella, sin alguien tan poderoso como mi abuela, mi libro no se podría difundir porque los servicios secretos lo impedirían.

Pero mi abuela es aún la presidenta. Luchará hasta el final, tal y como he hecho yo durante toda mi vida.

Todo lo demás es una incógnita.

En realidad, no descarto nada. No descarto volver a Itaka. No descarto meterme en política. No descarto dedicar mi vida a restaurar la libertad del país que llevo en mi corazón y convertirlo en una Itaka de verdad.