Capítulo veinticuatro
Durante el trayecto hacia casa en metro me di cuenta de que tal vez había sido demasiado dura con mi padre y encendí el comunicador para mandarle una nota de voz afectuosa.
No llegué a hacerlo. Tenía un montón de mensajes, de modo que empecé a leerlos y a escucharlos y, al final, no volví a pensar en ello.
Contacté con Azul para decirle que estaba bien, releí un par de mensajes de apoyo de Asman y me concentré en mi propia madre.
Ella me había estado ametrallando durante toda la noche a base de mensajes tan ansiosos como cariñosos, suplicándome que volviera a casa.
Finalmente, me decidí a contestar con un escueto y fúnebre: «Tenemos que hablar».
Mi madre respondió al momento: «Claro que sí. Te espero en casa».
Me propuse no dejarme engañar por su tono melifluo y empalagoso. Mi madre es dura. Muy dura. De no ser así, nunca habría podido ser la mano izquierda de la presidenta Hera. Eso sí, cuando entré en casa, corrió hacia mí con gestos afectados, llevándose la mano al pecho.
—¡Ni te imaginas lo preocupadísima que he estado! —exclamó con voz melodramática.
Trató de abrazarme, pero interpuse mi brazo para mantenerla alejada.
—No me toques —le dije—. Sé lo que eres: una asesina.
—Pero, preciosa, yo…
—Ni preciosa ni nada —la corté, y empecé a disparar con bala.
Jugué con las cartas boca arriba. Solté todo lo que había descubierto, recreándome en las atrocidades que se cometían en Isla Esperanza.
—Tú eres la máxima responsable de esos crímenes y debes pagar por ello —sentencié.
Mi amenaza borró cualquier rastro de dulzura en la expresión de su rostro. Se cruzó de brazos, levantó el mentón y me contempló con severidad.
—Deja de comportarte como una niña mimada y caprichosa —me reprendió con hostilidad—. Esto no es ningún juego. ¿Quieres destruir a tu abuela? ¿A tu propia madre?
—A lo mejor me viene de familia. Tú destruiste a papá, ¿no?
—Yo no destruí a tu padre. Fue él solito quien se destruyó a sí mismo.
Uno tiene que asumir las consecuencias de sus propios actos, y tu padre era un hombre adulto cuando decidió darse a la bebida y abusar de las pastillas.
Y ahora es tu turno. Te toca decidir a ti.
¿Vas a reaccionar como una niña pequeña e inmadura o vas a comportarte como una adulta responsable?
Ignoré la pregunta.
—Tú le ordenaste a Aquiles que diseñara a Asterio Bláster.
—Sí. Un Estado fuerte también necesita a hombres con ese perfil.
—Diseñasteis a un psicópata y lo introdujisteis en una familia con un padre violento, un maltratador en potencia. Sabías que Asterio Bláster se convertiría en un monstruo.
—Lo sabía.
Mi enfado era ahora casi tan intenso como la curiosidad que sentía. Por mucho que me esforzara, no era capaz de encontrar la más mínima lógica en todo aquello.
—Voy a tratarte como a una persona adulta y madura, Antígona. Vas a saber cosas que, aparte de Aquiles y tu abuela, no sabe nadie más. Eres mi hija y te quiero. Voy a confiar en ti. ¿Puedo confiar en ti?
No contesté, pero eso no la detuvo. Supongo que no le quedaba más opción que apostar por revelarme la verdad y esperar que yo me sometiera a ella.
—Nunca abandoné la política. Ejercí como ministra de Alimentación durante cuatro años y anuncié mi retirada, pero nunca llegué a irme.
Tenía ideas. Tu abuela es muy buena, no digo que no, pero tenía lagunas importantes, especialmente en lo que respecta a la epigenética.
Le conté mi proyecto y lo que necesitaba para llevarlo a cabo.
Comprendió que yo estaba en lo cierto y me nombró directora general de los Servicios Secretos de Itaka, cargo que he ejercido en la sombra.
Con plenos poderes y carta blanca para actuar.
Sabía que la humanidad estaba a punto de transformarse radicalmente.
Algunos lo han llamado «transhumanismo» o «poshumanismo», da igual.
Hace treinta años yo ya me di cuenta de que nos dirigíamos hacia una nueva sociedad formada por hombres y mujeres diseñados, pero, para conseguirlo, para hacerlo de forma ordenada, era necesario aplicar algunas medidas impopulares.
—Como arrojar al mar a personas inocentes.
Ya lo entiendo. Necesitabas a psicópatas como Asterio Bláster para que te hicieran el trabajo sucio.
Lo que no consigo entender es cómo ese tipo acabó vigilando la casa de la abuela.
¿Es que no lo tenías controlado? ¿Es que no sabías que teníamos tan cerca de casa a un hombre tan peligroso?
—Lo tenía controlado y lo sabía —respondió—.
Enseguida lo entenderás. Hace unos treinta años ya tenía claro que, en Itaka, teníamos que instaurar la obligatoriedad genética, la ley que acabamos de aprobar.
Se lo dije a tu abuela y ella estuvo de acuerdo conmigo.
Los ciudadanos diseñados son competentes y no generan conflictos.
Son eficaces en sus trabajos y no cuestionan a los gobernantes.
Nunca harían lo que tú estás haciendo ahora, por ejemplo.
Ignoré el reproche y pensé en Azul. Me di cuenta de que tenía parte de razón.
—¿Todo esto solo para aprobar la obligatoriedad genética?
—Sí. Tu abuela comprendió que la ley era imprescindible para poder controlar a la población, pero me dijo que algo así tenía que decidirlo la gente por propia voluntad y que, en ningún caso, los ciudadanos podían sospechar que la idea partía de ella, así que me puse manos a la obra.
—Mi madre se colocó los brazos detrás de la espalda y empezó a pasear mientras seguía detallando todos sus movimientos—.
Calculé que tardaríamos entre veinticinco y treinta años en establecer la obligatoriedad genética.
La primera parte de la estrategia consistía en que la población viera que el diseño de ADN funcionaba correctamente; los nuevos niños diseñados eran personas competentes y felices, hecho que minó progresivamente el resquemor de mucha gente hacia esa nueva tecnología.
La segunda parte de la estrategia se basaba en Asterio Bláster o en cualquier otro de los diez psicópatas que Aquiles diseñó para que se criaran entre los militares de Isla Esperanza. Necesitábamos un golpe de efecto.
Entrecerré los ojos, atenta a sus palabras.
—Era cuestión de tiempo que alguna de las diez bombas que habíamos puesto en Isla Esperanza estallara.
Asterio Bláster enseguida destacó por su crueldad.
Digamos que cometió actos moralmente cuestionables en el Ejército y se le apartó, acusado de crímenes contra el Estado.
Lo arrestaron. Ya sabes que en el estamento militar existe la pena de muerte.
Fue entonces cuando intervine. Me entrevisté con él personalmente y le dije que, si obedecía mis órdenes al pie de la letra, se le perdonaría la condena.
—Podría haberme matado —repuse, negando con la cabeza—. Ese monstruo podría haberme matado…
—No, de ningún modo —contestó ella—. Le di instrucciones muy precisas.
Tenía que asesinar a Ayhir Manzs y declarar que quería matar a tu abuela.
Elegí el día a sabiendas de que tu abuela no estaría en casa, aunque no esperaba que tú aparecieras por allí por sorpresa con ese novio cobarde.
Fue mala suerte y siento mucho que tuvieras que pasar por una experiencia tan desagradable, pero tu vida nunca peligró.
Él sabía muy bien que, si le hacía daño a mi hija, lo hundiría en la miseria.
Interpretó su papel y te asustó, dejando claro que iba a por tu abuela, pero en ningún momento tuvo la más mínima intención de hacerte daño…
—Eso no lo sabes —la interrumpí—. Noté que estaba excitado y que deseaba hacerme daño. No era capaz de controlarse. Además, Ayhir Manzs era una buena mujer. Nos quería. ¿Cómo pudiste ordenar que la asesinaran?
—Porque soy una matemática. Ayhir Manzs era un sacrificio doloroso, pero nos aportaba un beneficio muy grande. A veces hay que hacer sacrificios por el bien común, y Ayhir Manzs fue un sacrificio por el bien común del que no me arrepiento. No fue agradable, pero sí acertado.
—Es inaceptable.
—Te estoy hablando como a una persona adulta.
El mundo es un lugar donde ocurren cosas malas, Antígona.
Hacerte adulta significa entender cosas tan sencillas como esta.
Ayhir Manzs tuvo una vida mejor de lo que podía esperar.
Nació en Pétreas, donde la contaminación, el crimen organizado, la corrupción y la miseria están a la orden del día.
Fue una afortunada. Pasó muchos años en Itaka, donde vivió cómodamente y en paz sirviendo a tu abuela.
Es mucho más de lo que la mayoría de los petreanos pueden soñar. ¿Qué más se puede pedir?
—Que no te asesinen y te corten en pedacitos, supongo —repliqué.
—Te he contado la verdad. Es una verdad que no quería que supieras porque, probablemente, aún no estás preparada para aceptar.
Pero es la verdad. Y ahora tienes que tragártela.
Nunca quise que te vieras involucrada en el asesinato de Ayhir Manzs.
Nunca quise que viajaras a Isla Esperanza para grabar un documental.
Nunca quise que supieras por qué diseñamos a Asterio Bláster.
Pero ahora lo sabes y te toca tomar las riendas de la situación con mano firme.
Vas a formar parte del Gobierno. Unirás esfuerzos conmigo, con la abuela y con Aquiles para mejorar la vida de los ciudadanos de Itaka.
El periodismo es muy importante. El periodismo es fundamental para poder controlar la opinión pública.
Dirigirás la Corporación de Noticias y, si quieres, también supervisarás la configuración de Sofía.
Es un poder enorme, y no es más que el principio.
Tienes mucho talento y tu abuela no estará en el cargo para siempre.
Tarde o temprano necesitará un relevo, y tú tienes el carisma necesario para reemplazarla.
Algún día serás la presidenta de Itaka, ya lo verás, pero debes reprimir tus impulsos y actuar de forma cerebral.
Suspiré.
—El periodismo no sirve para poder controlar la opinión pública —dije con voz cansada—. El periodismo sirve para revelar la verdad y, solo revelando la verdad, podremos tener una sociedad más justa.
—¿No te das cuenta de que eso solo es una frase bonita? ¿Vas a destruirme? ¿A mí, a Aquiles y a tu abuela? ¿Esa es la verdad que vas a ofrecer: la destrucción de las personas que más te aman en el mundo?
—Antes me has dicho que hay que asumir las consecuencias de nuestros actos —le recordé—. Es lo que te tocará hacer, mamá. Sabías que ese momento podía llegar cuando ordenaste la eliminación sistemática de miles de vidas en Isla Esperanza y orquestaste el asesinato de Ayhir Manzs.
Mi madre comprendió que yo hablaba en serio y no tuvo otra opción que buscar una estrategia alternativa: se arrodilló en el suelo. Lo que escucháis. Juntó las manos en expresión de súplica mientras su cara se deformaba con una mueca llorosa.
—No lo hagas, por favor.
Nunca había visto a mi madre tan desesperada.
Dudé. Era muy consciente de que, si sacaba a la luz aquella trama ignominiosa, mi madre sufriría.
La sociedad itakense la odiaría y la vilipendiaría para siempre.
También a la abuela, por supuesto. Y a Aquiles.
Era una decisión que me exigiría una fortaleza casi sobrehumana.
Sin embargo, una parte de mí sabía que sería incapaz de mirar hacia otro lado y unirme a aquel Gobierno perverso y corrupto.
Tampoco contemplaba la opción de mezclar alcohol y antidepresivos para tratar de olvidar aquello, como había hecho mi padre.
Tenía que convertirme en una mujer fuerte, y solo unas convicciones firmes me permitirían serlo.
Había visto en primera persona el dolor causado por mi propia madre.
Ella se llenaba la boca hablando del bien común, pero yo intuía una motivación supremacista en la eliminación sistemática de petreanos en Isla Esperanza.
También me daba cuenta de que la ley de obligatoriedad genética no tenía nada que ver con el «bien común», sino con permitir que la abuela y, por consiguiente, también ella pudieran perpetuarse en el poder.
Me mantuve firme.
—Lo siento mucho —le dije.
Fui hacia la puerta y la abrí.
—Espera.
Me giré para contemplarla. La angustia se dibujaba en sus facciones mientras se secaba los ojos, como si estuviera a punto de llorar.
—Por lo menos deja que lo explique yo —suplicó—. Dame unas horas. Esta tarde haré pública una confesión y contaré todo lo que he hecho.
Era una petición razonable.
—De acuerdo —le dije, y me fui de casa.