Capítulo veintitrés
Pasé la noche en casa de Asman. No fue una velada romántica.
Yo necesitaba hablar. Y hablé durante muchas horas.
Él me escuchaba. De vez en cuando me hacía alguna pregunta.
Poco a poco la sospecha empezó a tomar forma.
Tal vez tú también tengas la misma sospecha que yo tuve en ese momento.
O tal vez no. Da igual. Si no la tienes, no pasa nada.
Yo disponía de elementos que tú no tienes, vivencias e impresiones imposibles de plasmar en un libro tan corto.
Creo que no dormí ni un minuto aquella noche, pero al menos pude descansar.
Asman y yo nos tumbamos en su estrecha cama, abrazados, con las manos entrelazadas y mi rostro apoyado sobre su hombro.
Él sí se durmió finalmente. Su respiración regular y su olor corporal consiguieron relajarme.
Me sentí dichosa a su lado. Mi vida había dado un giro radical.
Me sentía cómoda al lado de un extraño al que acababa de conocer.
Por el contrario, mi familia, las personas con las que me había criado, de repente, me parecían desconocidas.
Antes del amanecer me levanté de la cama. Asman dormía. Reprimí las ganas de besarlo para que no se despertara y salí de su piso silenciosa como un ratón.
Una hora más tarde, ya estaba en la clínica donde vivía mi padre.
Los vigilantes me conocían desde hacía muchísimos años y me dejaron pasar sin problemas.
Golpeé la puerta de su apartamento con los nudillos mientras contemplaba mi imagen en un espejo del pasillo.
No lucía mi mejor aspecto: ojeras profundas y un brillo febril en la mirada. Estaba muy alterada.
Mi padre abrió aún adormilado, con la marca de la sábana grabada en la frente.
—Antígona, ¿te encuentras bien?
—Más o menos —contesté—. ¿Me invitas a un café?
Él intuyó al instante que alguna cosa iba mal.
Y eso lo asustó. Mi padre era un hombre enfermo, acostumbrado a seguir rutinas muy estrictas que lo mantenían equilibrado, y yo me había presentado en su apartamento tutelado sin avisar, sin mi sonrisa habitual y a primerísima hora de la mañana.
Imagino que vivía asustado desde que me convertí oficialmente en periodista, y el miedo se había transformado en terror cuando supo que yo viajaría a Isla Esperanza para grabar un documental sobre los acogidos.
—¿Qué ha pasado, cariño? —me preguntó, aunque probablemente no quería oír la respuesta.
Tomé la taza de humeante café y sorbí. Estaba bueno.
—Nadie quiere contarme la verdad —dije—. Mamá, Aquiles, la abuela…, todos me ocultan cosas.
—A veces es mejor no saber la verdad… —susurró.
Empezó a respirar más pesadamente, angustiado. No me conmoví. Yo había ido hasta allí con un claro propósito y no iba a echarme atrás.
—Acabo de descubrir que diseñaron a Asterio Bláster —lancé—. ¿Por qué el Gobierno querría diseñar a un psicópata, papá? ¿De qué podría servirles?
—Lo único que se me ocurre es que…, es que… tal vez necesitaban a alguien sin sentimientos. A veces los militares tienen que hacer cosas que no son fáciles, cosas que la mayoría de la gente no tenemos estómago para hacer…
—¿Te refieres a asesinar a personas inocentes tirándolas de un avión en marcha? Eso ocurre cada día en Isla Esperanza. ¿Lo sabías?
Él no dijo nada.
A veces los silencios expresan más que las palabras. Lo que yo sospechaba: mi padre sabía algo.
—Papá, ¿por qué dejaste el periodismo? ¿Por qué empezaste a beber tanto y a tomar antidepresivos? ¿Cómo puede ser que alguien tan brillante como tú haya acabado aquí?
A continuación miré a mi alrededor para ilustrar mis palabras. Aquella cocina no tenía nada de malo, pero siempre consideré a mi padre un hombre muy creativo, un hombre que debería haber tenido una carrera más brillante.
—Ojalá yo no…
—¿Ojalá tú no... qué? —volví a presionarlo, agarrándole las manos—. ¿Ojalá no supieras la verdad? ¿Qué verdad, papá?
Él puso ojos de cordero degollado y apartó la mirada, como un niño pequeño al que acaban de atrapar haciendo una travesura.
Entonces cedió.
—Te lo contaré si prometes guardar el secreto, por tu seguridad. Si prometes no hacer nada al respecto…
—Lo prometo.
Mentí. En ese preciso momento yo ya sabía que estaba mintiendo. Lo único que quería era conocer la verdad. Mi corazón latía desbocado.
—Lo descubrí cuando mamá estaba embarazada de ti —confesó—.
Descubrí que el Gobierno tenía un plan epigenético para mejorar a la población.
Uno de los objetivos era que todos los recién nacidos fueran diseñados de forma obligatoria.
No tengo muy claro que fuera una mala idea: ojalá a mí me hubieran diseñado.
Lo que sí me pareció inaceptable era la estrategia epigenética focalizada en Isla Esperanza.
Lo que has descubierto, supongo. Seleccionarían a los más útiles y los esterilizarían para convertirlos en acogidos, devolverían a los descartados más sanos a Pétreas y eliminarían a los que se considerasen deficientes, nocivos o inadecuados.
Puede que hubiera dormido demasiado poco, no lo sé, pero siempre me arrepentiré de la reacción que tuve. No fui comprensiva. Hurgué en la herida, lo hundí. Ese hombre se había intentado suicidar un par de veces y estaba roto precisamente por lo que había descubierto.
—¡Eras un periodista! Pero ¿por qué no lo denunciaste? —le recriminé.
—No podía.
—¡Claro que podías! Un periodista debe revelar la verdad y denunciar las injusticias. Tú mismo me lo has enseñado. ¿Qué te impidió hablar? ¿Era para no perjudicar a la abuela?
Otra vez se quedó callado.
La sospecha tomó una forma aún más sólida.
—Papá, por favor, no me mientas. No me mientas tú también…
Mi padre había mantenido en secreto aquella información durante veinte años. Supongo que era un peso que lo carcomía por dentro.
—¿Quién lo hizo, papá? Ya te he prometido que no haré nada al respecto, pero dímelo —volví a mentir.
—Tu madre —contestó.
Lo expresó con un gran alivio, como si llevase un peso encima durante toda su vida y por fin se hubiera deshecho de él.
—Tu madre fue quien diseñó el proyecto. Pero no quiero que la juzgues.
Yo soy demasiado emocional y no pude soportar aquello…
, pero eso no significa que no fueran decisiones acertadas.
No lo sé… Tanto tu abuela como tu madre son estadistas.
Apartan los sentimientos y toman decisiones a partir del cálculo frío, y supongo que eso es lo que necesita un país.
Me pareció patético. La abuela tenía razón al afirmar que Floyd, mi padre, era un hombre débil. ¿Cómo podía creerse sus propias palabras? La política de inmigración en Itaka era repugnante.
Supongo que mi mirada se hizo dura y hostil.
—Papá, ¿cómo puedes dormir por las noches? —le escupí.
—Yo…, yo…
—Me avergüenzo de ti, papá —le dije señalándolo con el dedo índice—. Estoy muy decepcionada contigo. Hay gente que muere cada día y tú no has hecho nada para evitarlo. Eres cómplice de todos esos asesinatos.
Y me fui del apartamento. Así, sin más.
Hay reacciones que nos perseguirán hasta el fin de nuestros días. Esta fue una de ellas.