Capítulo veintidós
Ya os podéis imaginar que me limité a cruzar la calle a paso rápido y a irrumpir en casa de la abuela sin ni siquiera llamar a la puerta. Estaba muy furiosa.
—¡¿Tú le ordenaste a Aquiles que diseñara a Asterio Bláster para que fuera un psicópata?!
Ella estaba sentada en el sofá, con Rasputín en el regazo. El gato levantó bruscamente la cabeza, con las orejas tiesas, y saltó del sofá.
—¡¿Que yo qué?! —preguntó confusa—. No puedes entrar así en mi casa, Antígona. Tienes que llamar antes. Podrías haberme sorprendido con alguna compañía íntima.
El comentario me desconcertó un poco. No tenía el más mínimo interés en presenciar una escena de esa índole.
Rasputín se tumbó a los pies del sofá y empezó a asearse a lametazos.
Al instante, rebajé la intensidad de mi tono.
—Perdona, es que he descubierto algo muy inquietante —dije—. Aquiles diseñó a Asterio Bláster. ¿Lo sabías?
—No.
Imposible saber si mentía. Todos los políticos saben mentir. Y mi abuela llevaba un montón de años en lo más alto de la política.
Se quedó callada, sin inmutarse.
—¿Y ya está todo? ¿No te enfadas? ¿No te indignas? —le reproché.
—Pues ni me enfado ni me indigno —contestó, y golpeó el sofá con la palma de la mano para pedirme que me sentara a su lado.
Obedecí a regañadientes, pero obedecí. Ignoro si era su carisma, su magnetismo natural o la admiración que yo sentía por ella, pero consiguió sosegarme un poco.
—El mundo no es de color rosa —me dijo—. Mi trabajo es pintarlo de rosa para que lo parezca, pero no lo es. Y yo me debo a mis ciudadanos. Sirvo a sus intereses.
Arrugué las cejas, concentrada, tratando de evitar que me confundiera con sus habilidades retóricas.
—¿Qué interés pueden tener los ciudadanos en que existan psicópatas asesinos como Asterio Bláster?
—Ni idea —respondió—. Probablemente Asterio Bláster fue una equivocación, pero solo los que asumen responsabilidades se equivocan.
—Eres la presidenta. ¿No vas a preguntar? ¿A indagar? ¿A exigir responsabilidades por un fiasco tan flagrante?
—No.
Abrí los brazos, incrédula.
—Verás, a veces es mejor no preguntar nada, Antígona —me explicó—.
Es como cuando tienes apendicitis. Acudes a un cirujano para que se ocupe de todo.
Te pones en sus manos. Él te duerme y te cura.
No necesitas conocer los detalles desagradables del asunto, es decir, que va a abrirte el abdomen con un bisturí y esas cosas.
Me basta con saber que va a curarme. Y no pregunto.
Lo mismo ocurre con lo que pasa en Isla Esperanza.
Hay una situación desagradable que conlleva actuaciones desagradables.
Y hay un cirujano que se ocupa de ello. No quiero conocer los detalles.
No hago preguntas. No quiero saber lo que hace mi mano izquierda.
—Aquiles ha dicho que obedeció una orden. ¿Se la dio tu mano izquierda? ¿Quién es tu mano izquierda?
—No es asunto tuyo —replicó, y me miró con firmeza—. Te voy a dar un consejo muy bueno: mira hacia otro lado.
No contesté. Sabía que no podría sacarle nada más. Me levanté del sofá y fui hacia la puerta de salida.
—¿Adónde vas?
—No es asunto tuyo —contesté.
Ni me giré. Me limité a abrir la puerta de casa y a largarme por donde había venido.