Capítulo veintiuno
«Si hubiésemos diseñado a Asterio Bláster, nunca se habría convertido en una bomba. Si queremos una sociedad más próspera y feliz, no tenemos otra alternativa que instaurar una ley de obligatoriedad genética. Todos nuestros hijos deben ser diseñados».
El hombre que había pronunciado estas palabras era Aquiles.
La chica que las rememoraba ahora era yo. Frente a mí, se encontraban tanto Aquiles como mi madre.
—¿A qué viene esa cara tan larga, hija? —preguntó ella con voz dulce.
Dirigí una mirada hostil hacia Aquiles.
—Acabo de descubrir que el asesino Asterio Bláster fue diseñado genéticamente, mamá —expliqué—. ¿A que no sabes quién hizo el diseño?
Mis ojos no se apartaban de Aquiles.
—Lo tienes delante. Es el cínico de tu marido. Duermes con él todas las noches.
—¿Quién te ha contado eso?
—Una fuente muy fiable.
Aquiles suspiró con agotamiento, como si le diera pereza abordar un tema cansino, y me habló en un tono paternal y didáctico, lentamente, como si tuviera delante a una niña pequeña.
—Antígona, la política a veces es compleja. ¿Quieres que te dé un buen consejo? No te metas en este asunto.
—Soy periodista —lo corté—. Mi trabajo es meterme en estos asuntos.
—No sabes nada —continuó él—. Eres muy joven, Antígona, aún te falta mucho por aprender…
—¡¿Mamá, no dices nada?! —me escandalicé.
—Precisamente dejé la política por esto, para no tener que meterme en estos asuntos —repuso ella—.
No quiero saber nada. ¿Y quieres que te sea sincera?
Confío plenamente tanto en Aquiles como en tu abuela.
Ellos tienen que tomar decisiones difíciles, decisiones que siempre serán susceptibles de recibir críticas, pero son mi familia, tu familia, y tengo fe en ellos.
—¿¡Fe!? ¿¡Es que no me has escuchado!? ¡Tu marido diseñó a Asterio Bláster! ¡Diseñó a propósito a un psicópata! ¡A un asesino que cortó en trocitos a Ayhir Manzs y que hubiera hecho lo mismo conmigo si un chico que pasaba por allí no le hubiera parado los pies!
—Óyeme bien, nadie quería que pasaras por eso, Antígona —aseguró Aquiles—. Fue un accidente.
—¿Un accidente? Cada día, nuestros militares ejecutan a decenas de inmigrantes en Isla Esperanza. Asterio Bláster abusaba de ellos antes de arrojarlos al mar desde una avioneta en marcha. Eso no era ningún accidente. Lo hacía porque alguien lo había diseñado para que fuera un monstruo.
—Antígona, ya sé que no lo entenderás, pero hay profesiones en las que es necesario no dejarse llevar por los sentimientos y la piedad —alegó él—. Está claro que Asterio Bláster fue un error, pero había buenas intenciones. Y, por lo que a mí respecta, me limité a cumplir órdenes.
—¿Quién te dio las órdenes? ¿La abuela?
—No te metas en esto, por favor —repitió Aquiles.
Era demasiado para mí. Aquiles era responsable de muchas muertes, pero aseguraba que se había limitado a cumplir órdenes. Lo único que tenía sentido era que la responsable fuera la abuela, aunque me negaba a creerlo.
Miré a mi madre, esperando una reacción.
Sus comentarios sobre la fe y la fidelidad a la familia me habían parecido sumamente superficiales, y nunca la había tenido por una mujer superficial.
Imaginé que estaba aturdida, incapaz de procesar aquella revelación escalofriante, y que, cuando yo no estuviera delante, ajustaría cuentas con Aquiles.
Su voz volvió a sonar tranquila y dulce.
—Aquiles tiene razón, preciosa. Te está dando un buen consejo.
Esbocé una sonrisa llena de incredulidad y negué con la cabeza.
—Buenas noches —dije, y fui hacia la puerta de salida.
—¿Adónde vas?
—A informar a la presidenta. ¿Vais a detenerme?
Me giré un instante hacia ellos, desafiante, pero ninguno de los dos hizo el menor movimiento. Entonces les di la espalda y salí de casa tras pegar un portazo.