La mano izquierda Capítulo veinte
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Capítulo veinte

Seguramente no entenderéis lo que hice a continuación. Da igual. Lo hice porque lo sentía. No fue un acto racional. Soy una no diseñada, y los no diseñados a veces actuamos de forma irracional.

Es un hecho.

Tal vez lo entenderíais si pudierais ver a Asman con mis ojos. Vi en él a un ser humano bueno y noble, un ser humano que había sufrido mucho. Había venido a mi país y solo había encontrado más sufrimiento. Y deseé con todas mis fuerzas poder compensarlo con algo bueno.

Lo besé. Fue un beso suave y rápido. En los labios.

Él me miró asombrado. No esperaba algo así.

Tampoco quiero engañarme a mí misma. Asman me había salvado la vida y era una persona valiente y buena, pero también era muy atractivo. Una podría fundirse en aquellos ojos tan negros y perder la noción del tiempo y del espacio.

Volví a besarlo.

Volvimos a besarnos.

Noté electricidad recorriéndome todo el cuerpo, un calor que me recorría de la cabeza a los pies. El sentimiento era mutuo. Estas cosas se notan, son recíprocas y se retroalimentan.

—¿Estás segura? —me preguntó, haciendo un visible esfuerzo por separarse de mí.

—Estoy segura.

Y volví a besarlo. Volvimos a besarnos.

Nuestros cuerpos se pegaron el uno al otro, como si estuvieran atraídos por un imán.

Nos acariciamos y nos besamos mientras una ansiedad creciente se apoderaba de nosotros.

Sin despegarnos el uno del otro abandonamos el comedor entre más besos y más caricias, dejando caer por el camino algunas prendas de ropa.

Asman me sujetó las manos para evitar que siguiera desvistiéndome allí.

—Espera, entremos dentro primero —me pidió.

Ahora sé que había una cámara grabando en el pasillo y que él no quería que apareciésemos desnudos en las imágenes.

Asman abrió la puerta de una pequeña habitación y, allí sí, nos desnudamos. Había una cama individual muy estrecha. Nos dio igual. Solo queríamos estar muy juntos.

Fue maravilloso.

De repente, todas las tensiones habían desaparecido, los miedos se habían evaporado como un charquito al sol, y el odio se había disipado para dar paso a un sentimiento opuesto. Solo éramos él y yo.

Entre nosotros hubo química, una química que no aspiro a encontrar nunca más en la vida.

Mi abuela diría que aquella atracción sexual se debía a motivos meramente biológicos, relacionados con la perpetuación de la especie.

Ignoro si la teoría es cierta. Sea como sea, prefiero pensar que Asman y yo habíamos nacido para estar juntos y que el cosmos se había confabulado de la forma más enrevesada para unirnos.

Lo único cierto era que nunca antes había tenido una experiencia tan plena en toda mi vida. Ni el diseñado más guapo y docto en las artes amorosas había conseguido una conexión conmigo tan fuerte como la que tuvimos Asman y yo.

Cuando nos vimos obligados a separarnos, nos besamos una última vez delante de la puerta del apartamento. Ya estaba anocheciendo en la ciudad y yo le había prometido a mi madre que cenaríamos en familia.

Me salió una pregunta un poco boba:

—¿Querrás volver a verme?

—Puedes apostar a que sí —contestó él.

Sentí como si flotara, una sensación que solo se experimenta cuando el placer y los sentimientos han ido juntos de la mano. Era obvio que las sensaciones eran compartidas. El dolor había desaparecido de los ojos negros de Asman y había sido sustituido por un brillo de felicidad.

Intercambiamos una sonrisa y nuestras manos se separaron a regañadientes, después de que los dedos se rozaran durante un instante muy largo.

Me apresuré a volver a casa. Mi cerebro funcionaba a toda velocidad, con mil emociones martilleando al mismo tiempo.

Las imágenes de un avión itakense arrojando a seres humanos se combinaban con el recuerdo de los ardientes besos de Asman.

Mi cabeza era un caos. No podía evitar fantasear con dar el siguiente paso con él.

Me regañé a mí misma: «Solo hace unas pocas horas que conoces a ese chico, no te hagas tantas ilusiones».

Sin embargo, era obvio que había ocurrido algo especial.

Mientras volvía en metro y andaba por la calle noté que la gente me miraba más de lo habitual.

Y no porque fuera famosa. El pañuelo y las gafas de sol garantizaban mi anonimato, de modo que aquellas miradas, a menudo más sostenidas de lo normal, debían de responder a otro motivo.

«Me siento guapa, feliz, y la gente lo nota», pensé.

La idea pareció confirmarse cuando por fin llegué a casa. Tras entrar por la puerta, me encontré a mi madre poniendo la mesa en el comedor.

—Hola, ¿qué tal? —me preguntó.

—Muy bien.

Mi madre me miró de arriba abajo. He de reconocer que tiene un ojo clínico para estas cosas.

—¿Vienes de una cita, Antígona?

—¡No he tenido ninguna cita, mamá! —mentí haciéndome la indignada, y hui hacia mi habitación para darme una ducha rápida y cambiarme de ropa.

Un rato después, tal y como intentábamos casi todas las noches, cenamos los tres juntos: Aquiles, mi madre y yo.

Yo estaba tan hambrienta que incluso me podría haber atrevido a darle una segunda oportunidad a la carne de Kobe, pero la sopa de fideos y el lenguado que había para cenar también me apetecían.

—Pues esta tarde Antígona NO ha tenido ninguna cita —comentó mi madre con una sonrisa socarrona en los labios—. Pero, si la hubiera tenido, creo que le habría ido muy bien.

Aquiles no entendió de qué iba la película y levantó la mirada del plato, confuso.

—¡Mamá, por favor!

—¡Vaaale! Ya sé que esta tarde NO has tenido ninguna cita —repitió ella—. Pero, si la hubieras tenido, me alegraría mucho por ti. Además, pienso que trabajas demasiado últimamente. ¿No has oído hablar de la jornada laboral de treinta horas?

Negué con la cabeza. En el fondo, no estaba enfadada y me entraron ganas de reírme. «¿Tanto se me nota?», me pregunté.

—No entiendo nada —reconoció Aquiles.

—Antígona ha tenido una cita, pero no quiere contarnos nada.

—Pues si no quiere contarnos nada, que no lo haga, ¿no crees?

—Solo espero que no haya sido con ese tal Samuel, el imbécil que te dejó tirada…

—¡No ha sido con Samuel! —exclamé.

—Entonces ha habido una cita —concluyó ella, triunfal, y me guiñó el ojo.

Después de cenar me retiré a mi habitación, más divertida que contrariada.

La tarde había sido tan intensa que no me había dado cuenta de que había limitado el acceso de mis contactos al comunicador.

Cuando lo estabilicé, vi que tenía un montón de llamadas de Azul.

Tanta insistencia me pareció preocupante y me apresuré a contactar con ella.

—¿Todo bien?

—Lo siento, Antígona.

—¿Qué ha pasado?

—Sé quién es… Ya sabes, el diseñador de Asterio Bláster.

Me quedé callada. El tono de voz de Azul no habría sido muy diferente para darme el pésame en un entierro.

—Lo siento: es él.

No era prudente decir su nombre a través del comunicador. Tampoco hacía falta porque era evidente. Se refería a Aquiles.