Capítulo diecinueve
—No sé por dónde empezar —dijo Asman—. Hay tantas cosas que…
—Empieza por el principio. Yo no tengo prisa —repuse, y le cogí la mano un instante.
No sé por qué, pero hay personas con las que tienes una conexión inmediata. Asman me parecía cualquier cosa menos peligroso, y lo sentí muy cercano desde el primer momento.
Él asintió con la cabeza, pensativo. Se había quitado la capucha y pude comprobar que su pelo era tan negro como sus ojos.
—En Pétreas somos muchos los que queremos abandonar nuestra patria.
El país no funciona bien. Las autoridades son muy incompetentes.
Ni siquiera digo que sean malas personas.
Tal vez lo sean, no lo sé, pero de lo que no hay duda es de que son incompetentes.
Aquí en Itaka no tengo claro que las autoridades sean buenas personas, pero sí son competentes.
Me crucé de brazos y fruncí el ceño. Pensé en mi abuela, por supuesto. Ni se me pasaba por la cabeza considerar a mi abuela una mala persona.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté picada.
—Solo escúchame —me pidió—. Enseguida entenderás por qué digo eso.
En Pétreas uno nace sin futuro y con un presente muy negro.
Por eso muchos de nosotros tratamos de emigrar a vuestro país.
Sabemos que aquí se vive bien. No hay libertad, pero se vive bien.
También sabemos que es difícil convertirse en uno de los pocos elegidos que obtienen la ciudadanía.
Hay mucha competencia. Eso es algo que trataste de explicar en tu documental y que te censuraron, ¿verdad?
—Verdad.
—Pues no contaste ni una pequeña parte de lo que ocurre allí —continuó Asman—.
Poca gente conoce esta historia que voy a relatarte.
Si la conocieran, serían muchos menos los petreanos que se aventurarían a venir a Itaka.
Yo la escuché de viva voz a un hombre que me narró su testimonio.
Se llamaba Taink Mull y trató de llegar a Itaka hace unos tres años.
Era un hombre feo y desgarbado, con una joroba muy pronunciada.
Y en Itaka no dejan pasar a muchos hombres feos, desgarbados y con joroba.
Lo sé ahora que vivo aquí y que veo a la gente que ha conseguido la ciudadanía.
Escogéis a los más valiosos y competentes, jóvenes sanos y fuertes en edad de trabajar, e incluso os podéis permitir el lujo de elegirlos guapos; los que no pasan el proceso de selección son devueltos a Pétreas, y los débiles, inútiles o tarados son ejecutados sin contemplaciones.
La afirmación fue tan contundente que di un respingo.
—¡¿De dónde has sacado eso?!
—De Taink Mull, ese petreano feo, desgarbado y jorobado al que todos conocían como «el hombre de los tres milagros» —contestó—.
Fui a verlo a una taberna de Puerto Promesa.
Yo estaba allí con la intención de comprar un pasaje en un barco que me llevara hasta Itaka, y me hablaron de Taink Mull, el hombre de los tres milagros, porque conocía mejor que nadie cómo funcionaban las cosas en Isla Esperanza.
Se decía que, a cambio de vino, ron o cerveza, ofrecía consejos sinceros a los atrevidos que queríamos emigrar a Itaka.
Me recomendaron que llegara a primera hora de la noche, porque Taink Mull solía acabar durmiendo la mona encima de la mesa y era mejor pillarlo en sus horas de lucidez, antes de que empezara a bizquear, a arrastrar palabras sin sentido y a perder la consciencia.
Llegué temprano, compré una botella de vino y le pregunté si podía sentarme a beber con él.
Me dijo que sí, adivinando lo que yo quería de él.
Me hizo unas cuantas preguntas y las respondí.
Se acarició el mentón pensativo y me miró a los ojos.
«No le recomiendo a nadie emigrar a Itaka.
Las probabilidades de morir son demasiado altas, pero reconozco que tú tienes posibilidades: eres joven, responsable, listo y atractivo.
Todo dependerá de los cupos, pero, si necesitan gente, tal vez te acepten».
Entonces Taink Mull me contó su propia experiencia.
En ese momento me pareció que aquella historia tan rocambolesca era una invención en su mayor parte. Ahora le doy plena credibilidad.
Asman inspiró profundamente y continuó su relato.
—Taink Mull compró su pasaje en un barco que lo trasladó hasta aguas itakenses, donde fue rescatado por los militares.
Su experiencia, al igual que más tarde lo fue la mía, no se parece mucho a lo que mostraste en el documental, Antígona.
A nosotros nos golpearon, nos insultaron y nos trataron como a delincuentes.
Pero eso es lo de menos. No tiene ninguna importancia.
Se frotó las manos y entrecerró los ojos, concentrado.
—Cuando Taink Mull llegó a Isla Esperanza, lo enviaron directamente al edificio Beta.
«Al ver mi joroba y lo feo que era, a mí no me hicieron ni una sola prueba», me explicó.
Según Taink, más de la mitad de sus compañeros de travesía fueron relegados al edifi- cio Beta por distintos motivos: unos por ser reincidentes que ya habían intentado conseguir la ciudadanía itakense con anterioridad; otros por ser demasiado viejos o demasiado jóvenes; también los feos, los discapacitados, los que supuestamente tenían anomalías en su cadena de ADN...
Y así un montón de personas. Taink Mull estuvo dos días y dos noches en el edificio Beta, por lo que fue testigo de las orgías nocturnas que perpetraban los militares.
Eran ocho o diez militares jóvenes, se presentaban en las habitaciones cargados de alcohol y con ganas de pasarlo bien.
—¿Qué quieres decir? —pregunté sin dar crédito.
—Pues que torturaban y abusaban sexualmente de hombres y mujeres —aclaró Asman—.
Les decían que, a cambio de su docilidad, les concederían la ciudadanía itakense.
Entre los militares sobresalía un depredador insaciable, un auténtico animal que se excitaba con el terror de sus víctimas.
Tú sabes quién es, Antígona. Allí se le conocía como el Monstruo, pero tiene nombre: Asterio Bláster.
Sentí un nudo en el estómago mientras recordaba cómo aquel hombre jadeante, el Monstruo, me había inmovilizado contra el suelo y amenazado con matarme. Era cierto. Mi terror lo excitaba. Lo noté. Y comprendí que lo que estaba escuchando podía ser verdad.
—Lamentablemente, esto tampoco es lo peor de todo —continuó—. Te preguntarás por qué aquellos militares se arriesgaban de ese modo. Lo que hacían era muy grave y se exponían a que sus fechorías infames se difundiesen, a que alguna de sus víctimas hablase. Por desgracia, sabían que eso no ocurriría.
Tragué saliva. Temía qué era lo siguiente que iba a escuchar, y a la vez no podía dejar de atender el relato.
—Al tercer día de su estancia en el edificio Beta, Asterio Bláster, el Monstruo, se dirigió exclusivamente a Taink Mull y a sus compañeros; formaban un grupo de veintidós personas.
Les dijo que, como habían sido muy obedientes, serían trasladados en avión a Itaka, donde se les concedería la ciudadanía.
Les dieron un té y un refrigerio antes del viaje.
Pero Taink no se fiaba. No probó ni lo uno ni lo otro, e hizo bien, porque, una vez dentro del avión, comprobó que los habían drogado.
Sus compañeros parecían adormilados. El avión despegó y se alejó unos kilómetros de Isla Esperanza volando a poca altura.
Entonces los militares empezaron a ejecutarlos a todos lanzándolos al vacío.
Los pasajeros, drogados, no ofrecían resistencia.
El mar, tras una caída tan brutal, recibía los cuerpos como si estuviera hecho de hormigón.
Todos morían en el acto. Todos menos Taink Mull.
Ese fue el primero de sus tres milagros.
El hombre cayó de pie y se hundió muchos metros hasta el fondo del mar, pero volvió a salir a la superficie.
El segundo milagro fue no morir ahogado.
Por suerte, el agua no estaba fría y pudo agarrarse a un tablón de madera y flotar, como en las películas antiguas.
Lo lógico hubiera sido morir de inanición, pero se produjo un tercer milagro y un barco de pesca petreano lo rescató y lo llevó a tierra firme, donde aún hoy, si su hígado resiste, debe de seguir emborrachándose a diario en la misma taberna donde lo conocí.
Resoplé y me cubrí la cara con las manos.
Asman Düf hablaba de un exterminio sistemático y organizado en Isla Esperanza, un genocidio cruel y premeditado.
Negué con la cabeza. Necesitaba pensar que mi abuela, la presidenta, aquella mujer a la que admiraba, no estaba al corriente de aquella atrocidad. Traté de razonar en voz alta.
—Supongo que las autoridades decidieron apartar a Asterio Bláster de Isla Esperanza cuando descubrieron lo que hacía —reflexioné—. Lo que no entiendo es cómo pusieron a ese monstruo a vigilar la casa de mi abuela, a la presidenta del país. Es inaudito.
—Yo tampoco lo entiendo —reconoció Asman—. La única explicación lógica es que tu abuela no supiera nada. Nadie en su sano juicio querría tener a ese hombre cerca.
—¿Cómo lo supiste?
—Lo reconocí viendo una cápsula de la Corporación de Noticias. Vigilaba la casa de la presidenta. Entonces decidí que lo mataría.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Te hizo algo a ti en Isla Esperanza?
Asman negó con la cabeza sombríamente.
—A mí no me hizo nada. Yo no llegué a moverme del edificio Alpha.
Pasé satisfactoriamente las pruebas médicas, los análisis de ADN y las entrevistas personales.
Me concedieron la ciudadanía, pero, en cuanto lo vi, Antígona, lo reconocí.
Por un lado, la descripción de Taink Mull era inconfundible: «El Monstruo es extremadamente fuerte, demasiado joven para ser calvo, con ojos gélidos de color azul y sonrisa cruel».
De hecho, solo lo vi de pasada cuando se llevó a un grupo de petreanos que habían viajado conmigo en el barco.
Vi su mirada de depredador. No te puedes imaginar el mal cuerpo que me dejó aquello, ni lo culpable que me sentí.
Asman levantó la mirada y se encontró con mis ojos.
—Yo tuve suerte. Me dije a mí mismo que debía olvidar el pasado y mirar hacia delante.
Pero no lo conseguí. La calidad de vida de este país no podía acallar mis remordimientos.
Cerraba los ojos e imaginaba lo que les habría hecho a aquellos compañeros que solo buscaban un lugar donde vivir en paz.
Hasta que un día lo vi en una cápsula de la Corporación de Noticias, vigilando la casa de la presidenta.
Sentí que tenía que hacer algo, sentí que tenía que arriesgarme.
Tal vez solo deseaba sentirme bien conmigo mismo, desahogarme.
No lo sé. Sea como sea, decidí que volvería a Pétreas, pero que antes lo mataría.
—Me salvaste la vida —afirmé—. Y también me ayudarás a que el mundo sea un lugar un poco más justo. Llegaré hasta el final, Asman, te lo prometo.