Capítulo dieciocho
La reacción de la gente fue más allá de lo que yo esperaba.
Mis declaraciones despertaron sentimientos que los ciudadanos de Itaka habían reprimido durante los últimos treinta años.
Las críticas al Gobierno de Gloria Hera brotaron masivamente.
La gente publicaba comentarios como este que muestro de ejemplo: «Me avergüenza vivir en un país que mira hacia otro lado cuando ve injusticia y sufrimiento.
Nos permitimos el lujo de deconstruir mientras muchos petreanos tratan de llegar a nuestro país en busca de una tierra donde vivir en paz y prosperidad.
¿Por qué no los acogemos a todos? ¿Por qué no aliviamos su dolor con un abrazo afectuoso? ».
Mi madre me envió un escueto mensaje de voz para darme su opinión sobre el tema: «¡¿Es que te has vuelto loca?! ¡Eres una desagradecida!».
No contesté.
Ahora sé que fui sumamente útil para que mi abuela pudiera aprobar la obligatoriedad genética con un consenso popular casi unánime; pero, tras aquellas declaraciones, puse en jaque la política migratoria del país, probablemente la estrategia más exitosa del Gobierno Hera.
Gracias a los acogidos, se obtenía mano de obra barata para los trabajos menos codiciados, personas que se sentían afortunadas de vivir en nuestro país y que, a su vez, hacían que los itakenses nacidos aquí también nos sintiéramos afortunados.
Fue en ese contexto cuando recibí aquella comunicación.
Mis redes sociales hervían con miles de mensajes, tanto de apoyo como de rechazo.
No tenía tiempo para leerlos o escucharlos todos, pero, por alguna casualidad, sí leí el texto de ese desconocido: «Antígona, soy yo, el chico que intervino cuando ese asesino iba a hacerte daño. Necesito hablar contigo».
Había un número de contacto.
Los latidos de mi corazón se aceleraron mientras Sofía dictaba la secuencia de números al comunicador.
Había perdido ya la esperanza de llegar a conocer al chico que me había salvado la vida, y de golpe la situación acababa de dar un giro de ciento ochenta grados.
Al otro lado de la línea, una voz masculina con acento de Pétreas respondió a la llamada.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
—Soy Antígona. ¿Eres realmente tú?
Se hizo un silencio.
—Sí, soy yo —dijo finalmente la voz.
—Me gustaría conocerte.
—A mí también —dijo él—. Tengo cosas que contarte, pero quiero permanecer en el anonimato. ¿Puedo fiarme de ti, Antígona? Quiero verte, pero solo si me das tu palabra de que no se lo dirás a nadie.
—Lo prometo.
Me dio la dirección de una plaza en el extrarradio de Nueva B y me citó al cabo de dos horas.
Yo nunca había estado allí. Era un barrio de acogidos, el típico lugar en el que a los pijos de Medius no se nos ha perdido nada.
La llamada fue un pinchazo de adrenalina y ni se me pasó por la cabeza la posibilidad de no acudir a la cita.
Entonces me di cuenta de que había mantenido la conversación con Sofía activada y el Gobierno podía rastrearme fácilmente.
Me planteé la posibilidad de apagar el comunicador y desconectar Sofía para que no fuera tan fácil, pero me entró el miedo.
Pensé que, en una ocasión como es a, no podía ser tan temeraria.
Al fin y al cabo, aquel chico había sido capaz de apuñalar a un hombre, a un hombre que se lo merecía y que trataba de hacerme daño, sí, pero había ejercido la violencia.
Además, el hecho de que llevara un arma blanca encima hacía obvio que aquella agresión no era totalmente improvisada.
El chico podía ser peligroso. No sabía nada de él.
No soy racista, pero muchos petreanos han crecido rodeados de violenci a, y a menudo la violencia no te ayuda a ser mejor persona.
El repentino miedo hizo que contactara con Azul. La llamé con intención de explicarle adónde estaba a punto de ir, para que alguien de confianza estuviera informado.
—Hola, Antígona —me saludó ella—. Supongo que me llamas para preguntar cómo llevo aquel tema, ¿no?
Se refería a la investigación que le había encargado: descubrir al genetista que había diseñado a Asterio Bláster.
Azul llevaba una semana tratando de dar con aquel nombre, una tarea que, según me iba contando, estaba resultando más difícil de lo que esperaba.
Alguien se había encargado de enterrar muy hondo aquella información tan delicada, pero Azul tenía buenas noticias.
—Estoy muy cerca de conseguirlo. En cuanto lo tenga, te llamaré inmediatamente, ¿de acuerdo?
Era mi turno. Iba a explicarle con quién acababa de citarme, pero me di cuenta de que Azul no me lo permitiría.
Haría lo correcto, como todos los diseñados.
Y lo correcto era mandar a un policía de incógnito a la ubicación y detener al chico.
Y yo le había dado mi palabra de que no se lo contaría a nadie.
—Eres maravillosa, Azul —le dije—. Llámame en cuanto lo sepas, por favor.
* * *
El barrio donde me encontré con el chico no era muy diferente de cualquier otro de la ciudad: limpio, con bloques de pisos confortables, zonas verdes y equipamientos de todo tipo, salvo escuelas, por la sencilla razón de que los acogidos no tienen hijos y, por lo tanto, no necesitan escuelas.
Eso sí. Sus habitantes tenían los rasgos faciales propios de Pétreas: piel de color bronce y ojos muy oscuros.
Yo llamaba la atención, pese a que me había puesto un pañuelo en la cabeza y llevaba gafas de sol para que nadie me reconociera.
No era un lugar peligroso. De hecho, la tasa de criminalidad, bajísima en toda Itaka, era aún más baja en los barrios de acogidos.
El dato corroboraba la eficacia del casting de inmigrantes que se efectuaba en Isla Esperanza.
Pero había un segundo motivo. Los acogidos sabían que, si cometían algún delito, serían deportados inmediatamente a su país de origen.
No hay que engañarse. Mi abuela trataba de basar su liderazgo en el amor, pero a menudo recurría también al miedo.
Llegué a la plaza donde me había citado y la barrí con la mirada.
Lo reconocí al instante, más fácilmente de lo que había imaginado.
Llevaba capucha al igual que la última vez, pero me di cuenta de que lo recordaba perfectamente.
Era un chico de veintipocos años. Delgado.
No muy alto. Guapo. Era muy guapo de cara, con los ojos más negros que yo había visto en toda mi vida.
—¿Has venido sola?
—Sí.
—Me llamo Asman Düf. Encantado de conocerte. —Nos estrechamos la mano—. Vivo cerca. En mi apartamento podremos hablar tranquilamente. ¿Te parece bien?
Me pareció bien. Sé que, objetivamente, no era nada prudente meterse dentro del apartamento de un desconocido que había apuñalado a un hombre, pero me dejé guiar por el instinto.
Y mi instinto me decía que aquellos ojos negros no eran los de un asesino, sino más bien lo contrario.
Sentí que expresaban vulnerabilidad, como si estuvieran pidiendo a gritos un abrazo.
—No tenía previsto darme a conocer —admitió él—. He decidido arriesgarme tras ver tu última publicación en redes sociales.
—¿Arriesgarte a qué?
Asman no contestó. Yo llamaba la atención. Mi piel era demasiado pálida para residir en aquel barrio y la gente nos miraba de reojo, tratando de disimular su curiosidad mientras paseaban.
—Los itakenses no sabéis lo que ocurre. Si lo supierais, no lo permitiríais…
—¿A qué te refieres?
Asman volvió a callar. Se detuvo frente a un portal y abrió la puerta.
Una anciana nos deseó buenas tardes y me repasó de arriba abajo.
No usamos el ascensor. Subimos las escaleras hasta la primera planta y Asman me hizo pasar a un piso luminoso y confortable, pero sobrio.
No había ningún elemento decorativo: paredes desnudas y muebles funcionales.
Entramos en el comedor y Asman me invitó a tomar asiento en una silla frente a una pequeña mesa de madera.
—Supongo que te preguntas qué hacía yo enfrente de la casa de tu abuela armado con un cuchillo, ¿verdad? —dijo él—. Te seré sincero: quería matar a Asterio Bláster.