Capítulo diecisiete
Al día siguiente Azul y yo trabajamos intensamente en el documental. Y, al cabo de dos días, regresamos a Medius.
Yo quería pensar que el diseño de Asterio Bláster había sido un error humano. Al fin y al cabo, veinticinco años atrás los diseños de ADN eran aún una técnica reproductiva muy nueva en Itaka. No obstante, tenía claro que debía ser sumamente discreta con aquel asunto.
—Lo que averiguamos en Isla Esperanza no podemos comentarlo con nadie —le dije a Azul, y entonces le pedí que intentara encontrar una respuesta al gran interrogante—. ¿Puedes averiguar quién diseñó a Asterio Bláster?
No podía evitar pensar en mi padrastro. Aquiles ya llevaba, en aquel entonces, más de treinta años ejerciendo como ministro de Natalidad y era uno de los diseñadores genéticos pioneros en nuestro país.
Yo lo admiraba y estaba (casi) convencida de que él no había tenido nada que ver con aquello.
Deseaba que todo fuera un error, un error cometido por cualquier genetista que no fuera Aquiles.
—¿Estás segura de que queremos saberlo? —me preguntó Azul.
—¡Maldita sea! —mascullé bajando la voz—. Acabamos de descubrir que alguien diseñó a un ser humano que disfruta escribiendo mensajes con la sangre de sus víctimas. Tenemos que averiguar quién es el inútil que lo hizo. ¿Lo intentarás?
Azul suspiró.
—Tengo denegado el acceso a las bases de datos que contienen esa información.
—Ya, pero seguro que hallarás la forma de conseguirlo —la presioné.
Azul era una diseñada con una capacidad intelectual fuera de lo común, capaz de manejarse con los programas informáticos más sofisticados.
Aquella era una tarea arriesgada que nunca habría emprendido si no fuera por el empujón que le di, pero ella también estaba enfadada.
Yo no dejaba de ser su amiga de la infancia, una amiga que había estado a punto de ser asesinada por un psicópata diseñado por un inútil o un cabronazo.
Y los altísimos niveles de testosterona de Asterio Bláster nos inducían a sospechar que el genetista era lo segundo.
* * *
Me pasé la semana siguiente encerrada en la Corporación de Noticias editando el documental que había grabado en Isla Esperanza, trabajando catorce horas diarias.
Por el momento no tenía intención de difundir el verdadero bombazo de mi investigación ni ningún detalle de la entrevista que había mantenido con los padres de Asterio Bláster, de modo que procuré retratar con mucha amabilidad la labor de los militares destinados a Isla Esperanza.
El documental mostraba a unos hombres y mujeres totalmente comprometidos con la labor humanitaria que ejercían día tras día en Isla Esperanza.
El coronel Oriz salía muy bien parado. No solo era retratado como un hombre obsesionado con salvar vidas humanas, sino que se presentaba como una persona sencilla que vivía sobriamente junto a su mujer y su hijo en un bonito apartamento de Isla Esperanza.
La gran protagonista del reportaje, sin embargo, era Burama Azhan, una mujer que conseguía emocionar al espectador.
El documental reflejaba su periplo tras ser rescatada por las autoridades itakenses en alta mar.
Burama explicaba algunas de las terribles experiencias que le habían tocado vivir en su país, unos sucesos impensables en Itaka y que hacían que el espectador se posicionara a su favor.
El documental funcionaba. La tensión narrativa se sentía en todo momento e introduje fragmentos musicales compuestos e interpretados por Sofía para mantener aún más en vilo al espectador.
Las incógnitas se sucedían una detrás de la otra.
¿Saldrán bien los análisis médicos? ¿Tendrá Burama alguna enfermedad que le impedirá lograr el sueño de vivir en Itaka?
¿Superará la entrevista con los psicólogos?
Por supuesto, al final, Burama obtenía la soñada ciudadanía itakense y estallaba de júbilo abrazándose a mí.
No obstante, el documental no solo contenía las amables historias del coronel Oriz y de Burama Azhan.
También puse encima de la mesa la cruda realidad de los inmigrantes que llegaban a Isla Esperanza, pero que nunca se convertirían en acogidos.
Era el caso de Yurko, a quien había entrevistado durante el rescate desoyendo las indicaciones del coronel Oriz y que había sido enviado al edificio Beta por sufrir una supuesta enfermedad contagiosa.
Al final, a modo de conclusión, quise darle un toque poético, despidiendo el documental con una reflexión moral que pretendía dejar un sabor agridulce en los espectadores.
—Por desgracia, Itaka no puede acoger a todos los hombres y mujeres desesperados que tratan de llegar a nuestra tierra, y muchos tienen que volver a su país de origen —expliqué mirando a cámara.
Detrás de mí, a lo lejos, la avioneta despegaba del pequeño aeropuerto y se adentraba en un cielo de un azul resplandeciente—.
Probablemente el joven Yurko, junto a otros paisanos, viaja en ese avión rumbo a Pétreas, el país del que ha intentado huir sin éxito.
Es la cruz de la moneda, el sabor amargo que me deja la apasionante experiencia de presenciar cómo nuestras fuerzas armadas salvan vidas y cumplen sueños a diario.
Me sentía muy satisfecha. Había dado el máximo de mí misma.
Además, me había tragado el orgullo y había montado un documental sumamente amable con la labor de los militares en Isla Esperanza.
Tal y como había pactado con la presidenta, lo entregué al Gobierno para que los servicios secretos lo visionaran antes de permitir que se emitiera.
Una vez revisado, el documental se difundió a través de la Corporación de Noticias.
Ya he comentado que consideraba que había sido muy benevolente con mi Gobierno, evitando toda referencia a los claroscuros que había detectado en Isla Esperanza.
Me había sentido insultada con la obligatoria inclusión de Burama Azhan como protagonista del documental, lo que conllevaba un final feliz preconcebido; pero decidí pasarlo por alto.
Había tragado tanto que no esperaba ningún tipo de censura.
Por ese motivo, me enfurecí cuando vi el documental que se había emitido finalmente.
El metraje se había recortado. Los servicios secretos eliminaron a Yurko, así como las alusiones al edificio Beta y las escenas en que se hacía referencia al hecho de que muchos petreanos se veían obligados a volver a su país, entre ellas, la escena final con el avión surcando el cielo.
Pese a que le quitaron todo el jugo y la reflexión, el documental tuvo un éxito arrollador. El público estaba feliz y entusiasmado. Por primera vez, tenía acceso a imágenes donde se presenciaba la labor de las fuerzas armadas en Isla Esperanza.
Los elogios generalizados no consiguieron calmarme. Llamé a mi abuela hecha un basilisco.
—¡¿Has visto el reportaje?! —le recriminé.
—Sí, una maravilla —contestó tan tranquila—. Me ha encantado.
—Pues a mí no —repliqué, y empecé a reprocharle que hubiesen quitado esto o aquello hasta llegar a una conclusión—: Quiero volver a publicarlo y esta vez sin censura…
—Aceptaste que mis asesores lo revisaran, Antígona —me recordó, y trató de convencerme, sin éxito, de que el documental era excelente y de que estaba fascinando a todo el mundo.
—Por favor, abuela, todo se ha quedado en una simple anécdota. Tienes que dejar que lo publique tal y como lo edité.
—Lo siento, Antígona. No voy a desautorizar a mis asesores. Hicimos un trato y tú lo aceptaste.
Se cuadró. Esta vez no logré salirme con la mía.
Y yo estaba enfadada. Muy enfadada. Tan enfadada que le colgué.
Entonces actué de forma impulsiva y temeraria. En caliente, sin consultarlo con la almohada, publiqué un vídeo en directo que circularía por toda Itaka y que volvería a batir récords de visualizaciones.
—Ciudadanos de Itaka —dije mirando a cámara con rencor en los ojos—, publico esta cápsula para denunciar la censura que ha sufrido mi documental tras ser revisado por las autoridades pertinentes.
La realidad que se describe en él solo es parcial.
Es cierto que cada día nuestras fuerzas armadas rescatan vidas en alta mar.
Es cierto que nuestras fuerzas armadas cumplen los sueños de muchos inmigrantes que se convierten en acogidos en nuestro hogar.
Pero también es cierto que la mayoría de ellos son devueltos a diario a su país de origen.
Esa realidad incómoda tendría que invitarnos a reflexionar.
¿Es eso lo que queremos ser? ¿Un país que abandona a su suerte a miles de personas desesperadas que sueñan con un futuro mejor?
Me consta que, cuando lo vio mi abuela, se enfadó. Se enfadó mucho. Tanto que estrelló contra la pared un jarrón lleno de rosas blancas.