La mano izquierda Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

Mi abuela siempre tuvo teorías algo disparatadas sobre el amor.

Sus parejas solían durarle entre siete y nueve años, momento en que ella ponía fin a la relación debido al hastío.

Entonces se pasaba un par de años sin comprometerse a nada serio y volvía a comenzar una nueva historia que empezaba con destellos ilusionantes, le daba estabilidad durante una temporada y de nuevo se tornaba aburrida.

Según ella, la ruptura no le afectaba lo más mínimo porque ya sabía de antemano cómo acabaría todo.

Yo nunca he pensado como ella.

Sin embargo, mi abuela solía decirme que nos parecíamos mucho: «No somos mujeres bellas, pero sí muy atractivas.

Nuestro atractivo se basa en tres factores fundamentales: seguridad, erótica del poder y nariz aguileña».

Solía explicarlo con aire divertido, pero estoy convencida de que se creía su propia teoría.

Aunque mi generación estaba formada por diseñados guapísimos, según ella, yo resultaba más atractiva porque sabía mostrarme segura de mí misma, mi porte transmitía poder y mi nariz era tan carismática que rompía corazones.

A la vista está que mi nariz ganchuda es cualquier cosa menos estética, pero, a pesar de ella, siempre he tenido algún que otro admirador.

No lo he mencionado porque no quería parecer arrogante, pero Azul era una de esas personas que sentían fascinación por mí.

Desde pequeñas. Nunca me lo confesó, pero solo ese sentimiento explicaba que una diseñada sensata como ella se dejara arrastrar por mí hacia un peligro evidente.

¿Recordáis la reacción de Samuel el día en que mataron a Ayhir?

Huir fue lo más sensato, una decisión propia de un diseñado; entrar en la cocina armada con una escultura metálica fue un acto estúpido y temerario.

Y mi tendencia natural hacia el peligro volvía a empujarme hacia otra cocina en la que podía resultar peligroso entrar.

—Vamos a intentarlo hoy —le dije a Azul—. Nuestra única opción pasa por salir de casa por nuestro propio pie, sin escolta militar. Iremos directamente al apartamento de los padres de Asterio Bláster y nos entrevistaremos con ellos antes de la cena con el coronel Oriz y su esposa.

Azul me miró, confusa y angustiada.

—Nos han prohibido salir del edificio. Lo que propones es imposible…

—No hay nada imposible —bromeé—. Diremos que tenemos que salir del edificio para ir a la cena con el coronel, ¿de acuerdo?

—No funcionará, nos obligarán a desplazarnos con escolta…

—Sí que funcionará —aseguré. Me acerqué a ella y la tomé de las manos, consciente de estar manipulándola—.

Funcionará porque es importante y porque nosotras dos juntas, en equipo, estamos destinadas a conseguir cosas grandes.

Itaka nos necesita. Somos el futuro de esta nación.

Tenemos profesiones distintas, pero las dos buscamos lo mismo: mejorar la vida de las personas de nuestro país.

Y no podremos hacerlo si nos impiden saber la verdad y difundirla.

La necesitaba. Sabía que, sin Azul, no lograría lo que me proponía.

—Todo esto me da un poco de miedo… —confesó.

—Lo sé, pero el miedo no hará que renunciemos a nuestros ideales.

Me mostré segura de mí misma, tal y como me había enseñado la abuela. Y traté de transmitirle todo mi entusiasmo.

Lo conseguí.

Unos minutos después, nos plantamos frente a la verja de entrada de la casa de huéspedes, custodiada por dos militares armados.

Esperé a unos dos metros de distancia, con aire arrogante, dejando que fuera Azul quien se ocupara de dialogar con ellos.

Mi amiga se identificó como agente de policía y les mostró con el comunicador la cita oficial que habíamos concertado con el coronel para ir a cenar a su casa.

Los militares no estaban informados de la salida y empezaron a discutir con Azul.

Dejé pasar un par de minutos y entonces actué como lo habría hecho mi madre, de manera tan hostil como expeditiva.

—¿Se puede saber qué problema hay? —Atravesé con la mirada a los dos militares que custodiaban la puerta y avancé hacia ellos con aire irritado e impaciente.

—No se nos permite dejarlas salir al exte…

—¿Acaso es peligroso caminar por las calles de Isla Esperanza?

—No, señora, pero…

—No entiendo cómo el lugar con más militares del país podría suponer un peligro para mi integridad —continué—.

La agente Azul y yo tenemos una cita con su superior y les garantizamos que vamos a salir por esta puerta por nuestro propio pie.

No me apetece nada tener que molestar a mi abuela con este asunto tan trivial. ¿De veras tengo que hacerlo?

Los dos militares dudaron. Intercambiaron una mirada indecisa, que interpreté como una victoria inminente.

Volví a recordar unas palabras de la abuela: «La seguridad abre más puertas que cualquier llave maestra».

Era verdad. Aquellos dos militares solo necesitaban un pequeño empujón y nos abrirían la puerta.

—Bueno..., denme sus números de identificación, por favor —solicité.

Empecé a manipular mi comunicador y…

—Lo siento, señorita, debe de haber habido algún tipo de malentendido.

Se apresuraron a abrirnos la puerta para dejarnos pasar, y Azul y yo salimos al exterior. Debía de ser la primera vez en veinte o treinta años que unas civiles como nosotras se desplazaban por Isla Esperanza sin custodia militar.

* * *

Isla Esperanza era un lugar pequeño y sobreconstruido, una infraestructura que, aun así, debería haber sido más grande para garantizar un confort mayor a los miles de militares que habitaban en ella.

Los padres de Asterio Bláster residían en uno de los muchos apartamentos que el Estado proporcionaba a los funcionarios del Ejército.

El lugar causaba una sensación opresiva, con aquellos edificios demasiado altos donde apenas había espacio para zonas verdes y ajardinadas.

Pulsé el timbre del apartamento de los padres de Asterio Bláster y miré fijamente a la cámara que me enfocaba. Una voz de mujer me preguntó quién era a través del interfono.

—Me llamo Antígona y me envía mi abuela, la muy honorable presidenta Gloria Hera. ¿Pueden abrirme, por favor?

Se produjo un espeso silencio durante unos instantes que me parecieron eternos.

—Claro, por supuesto —dijo finalmente la voz femenina, algo temblorosa—. Pase, por favor.

Para aquella entrevista yo había dispuesto dos cámaras ocultas.

Una de ellas la llevaba yo misma; la otra la tenía Azul.

La agente, rápida de mente, encontró el ascensor adecuado en aquel laberinto de entradas y escaleras.

Subimos hasta el noveno piso, donde un matrimonio que debía de superar los sesenta años aguardaba en la puerta.

Al llegar frente a ellos, un efluvio a licor y sudor rancio me golpeó el rostro.

Los dos tenían sobrepeso y presentaban un aspecto muy descuidado, especialmente el hombre, sin duda, el origen de aquel hedor tan pestilente.

Vestía con pantalón corto y una gastada camiseta de tirantes de un blanco amarillento.

Quizás la desagradable experiencia que le había tocado vivir como padre de Asterio Bláster justificaba la ausencia de higiene y los evidentes hábitos etílicos, pero su nariz hinchada y porosa sugería un alcoholismo crónico.

—¿Son ustedes los padres de Asterio Bláster?

—Sí, señorita —contestó el hombre, muy pálido, como si estuviera condenado a muerte y el verdugo acabara de presentarse por sorpresa en su casa.

Era obvio que sabía muy bien quién era yo y lo que su hijo había estado a punto de hacerme—.

Sentimos mucho lo ocurrido. No tenemos palabras para describir nuestro pesar…

—No tienen que disculparse —dije—. Ustedes no han hecho nada malo y solo son víctimas de una situación que nadie deseaba. ¿Me invitan a pasar?

El hombre se apresuró a abrirme paso para que pudiéramos entrar.

La primera impresión coincidía con la información que figuraba en el expediente militar: un hombre con problemas con el alcohol (y probablemente un maltratador) y una mujer de aspecto sumiso (probablemente, una maltratada).

Lo más sorprendente era que aquellos padres no se parecían en nada al hijo.

Asterio Bláster era un hombre muy alto, corpulento y atlético, mientras que los dos progenitores, pese a su aspecto regio, eran más bien bajitos y orondos.

Asterio Bláster se había quedado calvo a los veinticinco años; el padre aún conservaba una espesa mata de pelo blanquecino que llevaba muy corto.

Asterio Bláster tenía los ojos de un azul vidrioso que causaba escalofríos; los de los padres eran de un castaño ordinario, de lo más habitual entre los itakenses no diseñados.

Nos hicieron pasar al comedor y nos invitaron a sentarnos. Azul declinó la invitación y se quedó de pie, colocándose en un rincón donde podía darle una buena perspectiva a la cámara oculta que llevaba. Yo me senté en una silla.

—¿Quieren tomar algo? —preguntó la mujer con aire diligente.

—Agua, por favor —contesté.

Azul negó ligeramente con la cabeza.

El hombre se sentó frente a mí, incómodo ante la presencia imponente de Azul, bastante más alta que ellos dos. La madre volvió al cabo de unos instantes con un vaso de agua que nunca llegué a tocar y se quedó de pie en un rincón, como si fuera una sirvienta.

—Mi presencia en esta casa se debe a un único objetivo: tranquilizar a unos padres que han servido fielmente a su patria y que deben de estar pasando por un mal momento.

—Ni se lo imagina —admitió el hombre—. La verdad es que no entendemos nada.

Me interesé por ellos y traté de iniciar una conversación amable.

Solo habló el padre, pese a que yo también desviaba la mirada hacia la mujer para invitarla a hablar.

El hombre explicó su trayectoria militar en Isla Esperanza, donde se había ocupado básicamente de rescatar a inmigrantes petreanos en alta mar.

Yo quería saber más sobre la familia en la que se había criado Asterio Bláster, pero, sobre todo, quería que se relajaran un poco.

Cuando consideré que ya lo había conseguido, empecé el verdadero interrogatorio.

—¿Habían detectado alguna anomalía en su hijo?

La madre bajó la mirada; el padre parpadeó repetidamente, nervioso, pero respondió a la pregunta.

—Asterio siempre fue un chico muy activo, muy fuerte, muy deportista. Le gustaba ser militar y se tomaba muy en serio su profesión.

—¿Y por qué lo destinaron a Medius para ejercer de policía? ¿Era un premio o un castigo?

Los padres intercambiaron una mirada sombría.

—No lo sabemos —confesó el padre, frotándose la barba de dos días—. Él nos comentó que no le permitían hablar de ello, así que no hicimos preguntas.

—¿Por qué creen que un hombre como Asterio, con dos padres ejemplares como ustedes, se convirtió en un asesino?

Los dos volvieron a mirarse, pero no dijeron nada.

—Ábranme su corazón, por favor —los presioné, y lancé un dardo para forzarlos a hablar—. Creo que, con todo lo que he pasado, merezco que compartan sus sentimientos e inquietudes conmigo.

Entonces él pronunció algo totalmente inesperado.

—Nos aseguraron que nuestro hijo sería un militar excelente y que estábamos en buenas manos —explicó—. Se supone que una cosa así no debería haber pasado nunca con un hijo diseñado.