Capítulo quince
El reportaje aspiraba a narrar la historia de los petreanos que llegaban a Itaka.
Nos concedieron permiso para acceder a las instalaciones del edificio Alpha, el lugar al cual trasladaban a los inmigrantes, acomodados en camarotes individuales donde podían asearse y ponerse ropa limpia.
Allí los recién llegados era identificados y sometidos a una exhaustiva revisión médica.
Un doctor, militar de profesión, nos atendió para contar ante la cámara el procedimiento habitual.
—Lo primero que hacemos es identificar a los recién llegados y asegurarnos de que no padezcan ninguna enfermedad contagiosa.
A los positivos los aislamos en el edificio Beta, donde tratamos de sanarlos.
De hecho, nos consta que muchos de los que llegan no aspiran a quedarse en Itaka, solo a que los atendamos como es debido gracias al gran prestigio que tiene nuestra sanidad.
—Entonces los enfermos nunca se convierten en acogidos.
El médico militar dudó un segundo, incapaz de ave - ri guar si detrás de mi sonrisa se escondía alguna trampa.
—Los enfermos no entran en Itaka —confirmó fi- nalmente.
—¿Y qué pasa con los que están sanos?
—Los que están sanos se quedan en este edificio, el edificio Alpha, donde se les brindará la atención debida.
—¿Les hacéis análisis de ADN?
—Por supuesto. Nuestros sistemas son muy eficaces y nuestras IA sanitarias realizan análisis detallados que proporcionan resultados concluyentes en dos horas.
—¿Qué buscáis?
—Propensión a desarrollar enfermedades físicas o mentales, capacidad intelectual, rasgos de carácter… Lo normal.
—Los sometéis a una especie de casting .
Reconozco que fue un comentario un poco provocador.
—Yo no lo veo así —dijo visiblemente incómodo.
—Claro que no, solo era una broma. —Sonreí para intentar que no se pusiera más a la defensiva—. ¿Y cuál es el siguiente paso?
—Hacemos test de inteligencia y de personalidad, analizamos las trayectorias curriculares y vitales de los sujetos, y nuestros psicólogos expertos realizan entrevistas personales a cada uno de ellos.
No pude evitarlo:
—¿Está seguro de que no les hacen un casting ?
—¡Ya le he dicho que no lo veo así! —protestó el hombre, claramente irritado—. En Isla Esperanza damos un trato humanitario a todos los hombres y mujeres que llegan a nuestro país.
—No lo dudo en absoluto: lo he visto con mis propios ojos —contesté, pero no me dejé intimidar y seguí apretando—. ¿Se produce alguna intervención médica antes de conceder la ciudadanía a los acogidos que finalmente son aceptados en Itaka?
—Así es. Proporcionamos vacunas, revisiones de nanorrobots y las intervenciones quirúrgicas más necesarias.
—¿Eso incluye la esterilidad química?
Otro silencio del doctor. Era obvio que no se había preparado para enfrentarse a una periodista insolente como yo, pero logró recomponerse.
—Es una operación rápida e indolora. Tras ella, los ciudadanos acogidos ya no podrán tener descendencia. Eso les aporta tranquilidad y bienestar.
—¿Cree que los inmigrantes que llegan a nuestro país desean renunciar a tener hijos?
—No..., no sé —admitió el doctor—. Pero esas son las reglas. Y todo el que quiera entrar en Itaka, debe cumplirlas.
Estaba enfadado y se le notaba. Cuando Azul dejó de grabar, me dedicó una mirada hostil.
—Has sido un poco traicionera con lo del casting de inmigración, ¿no crees? —me reprochó él—. ¿Qué pasa? ¿Es que ya tenías preparado el titular antes de empezar la entrevista?
Me mostré extrañada y le pedí disculpas si se había sentido incómodo. Entonces el hombre aprovechó para desahogarse y soltó sin tapujos todo lo que opinaba del tema.
—A ver, jovencita, ¿qué se supone que tenemos que hacer, según tú?
¿Abrir las puertas de Itaka de par en par para que todos estos inmigrantes entren en tropel y echen por la borda el esfuerzo de tantos años?
¡Por supuesto que hacemos un « casting de inmigración»!
Hacemos lo más lógico: asegurarnos de que los acogidos que obtendrán la ciudadanía se conviertan en ciudadanos aptos, competentes y rentables para el Estado.
En Itaka llevamos décadas permitiendo tener un solo hijo por pareja a nuestros ciudadanos y hemos conseguido reducir la población tras un gran esfuerzo.
Primero los de casa, jovencita. ¿Tenemos que permitir que sigan criando como conejos como hacen en su país de origen?
Pues no. Cortamos de raíz la situación. Si quieren entrar en Itaka, antes tienen que ser esterilizados.
* * *
Seguí indagando. Sentía que ese documental podía resultar muy positivo para Itaka.
Abriría debates y todos nos plantearíamos si nuestra política de inmigración —indudablemente, eficaz y eficiente— también era ética y nos hacía sentir orgullosos de nosotros mismos.
Mi plan era contar todo aquello a través de las experiencias de Burama Azhan y del joven Yurko.
Con Burama, no hubo problema. Sin embargo, denegaron mi petición de hablar con Yurko.
Nos trasladamos al edificio Alpha, donde pudimos hablar con Burama Azhan en una confortable sala de reuniones.
Allí realicé una entrevista insípida a propósito.
La mujer petreana se limitó a explicar ante la cámara que se había sometido a pruebas médicas y a análisis de ADN y que todo había salido muy bien.
Solo le faltaban las entrevistas personales con los psicólogos.
Reconoció estar nerviosa: el sueño de conseguir la ciudadanía en Itaka estaba más cerca que nunca, pero aún faltaba el último paso.
—Estamos contigo, querida Burama —le dije, y solté el anzuelo narrativo del documental mirando a cámara—. En este momento todos nos preguntamos lo mismo: ¿conseguirá la ciudadanía itakense nuestra amiga Burama Azhan?
Azul bajó la cámara y, en ese momento, empecé la entrevista de verdad.
Reconozco que lo había planeado de antemano.
Era un viejo truco que me había enseñado mi padre.
La gente, delante de una cámara, se muestra cohibida.
Por el contrario, sin la presión de verse grabadas, las personas tendemos a mostrarnos más abiertas y confiadas.
—Me caes muy bien, Burama —le susurré—. Y haré todo lo que pueda para ayudarte. ¿Alguien te ha contado quién soy?
La mujer negó con la cabeza con aire tímido.
—Soy Antígona Hera, la nieta de la presidenta de Itaka.
Le concedí unos instantes para que pudiera digerir aquella revelación.
—¿Puedo confiar en ti? Si te cuento algo como amiga, ¿me guardarás el secreto?
La mujer asintió con aire temeroso.
—En realidad, no soy periodista —le dije—.
Estoy aquí porque me lo ha pedido mi abuela, la presidenta.
Cuando estás muy arriba, es difícil saber lo que ocurre abajo, ¿sabes?
Y mi abuela me ha pedido precisamente que averigüe eso, lo que ocurre abajo.
—Me giré hacia Azul—. Ella tampoco es periodista.
Es policía. La mejor de toda Itaka. Ella sí parece policía, ¿verdad?
Burama asintió con una sonrisa nerviosa.
—Todo lo que has dicho sirve para quedar bien en una entrevista, pero no es la verdad, Burama. O por lo menos no es toda la verdad. Y yo quiero me cuentes toda la verdad. Recuerda que soy tu amiga. Confía en mí. Nadie sabrá lo que me has explicado.
La mujer volvió a dudar, inquieta. Era evidente que no había contado toda la verdad.
En realidad, nunca contamos toda la verdad.
Siempre ocultamos algo. Yo iba de farol, pero era un farol ganador.
Me quedé callada, esperando. El silencio se alargó durante casi un minuto y, entonces, Burama no aguantó más.
—Yo… —La mujer bajó la cabeza—. Yo ya pasé hace dos semanas todas las pruebas y los test. Me dijeron que la ciudadanía ya era mía, pero que antes tenía que participar en un documental, tu documental.
Todo ha sido teatro. Me metieron en ese barco de inmigrantes y nos rescataron para que lo filmaras.
Querían que yo fuera la protagonista de la historia y que todo acabara con un final feliz.
—Burama bajó aún más la cabeza y su voz se convirtió en un murmullo casi inaudible—.
Me han dicho que, si contaba lo que te estoy contando, me enviarían de vuelta a Pétreas.
Traté de disimular mi enfado. Sabía que todos aquellos militares intentaban manipularme, pero montar aquel circo me pareció una humillación insultante.
Estaba picada, pero me concentré en seguir el plan.
Tenía que conseguir que aquella chica se abriera ante mí.
Le levanté la barbilla para mirarla a los ojos.
—No te preocupes, no voy a decir nada. Has hecho bien en confiar en mí. Y lo que me cuentas es una excelente noticia: ¡tienes la ciudadanía! Eso significa que, cuando entres en Itaka, podré ayudarte. ¿Me dejarás que lo haga?
Ella asintió.
Comprendí que me la había ganado. No podría publicar todo lo que ella me contara, pero estaría más cerca de la verdad.
—¿Entonces lo de Yurko también es ficción? —pregunté.
—No, lo suyo es de verdad. Aunque, en realidad, lo que me ocurrió a mí se parece bastante a lo que habéis visto. Solo que…
Levanté una ceja a modo de interrogación.
—Solo que los militares son un poco más bruscos cuando no hay cámaras delante. Ya sabes: cacheos, gritos, insultos, algún golpe…
—Me lo creo. —Suspiré—. ¿Dónde está Yurko? ¿Lo has visto?
—No. Lo mandaron al edificio Beta.
—¿Tiene una enfermedad infecciosa?
—Eso dicen…
—¿No es verdad?
Burama se encogió de hombros y volvió a bajar el tono de voz.
—Cuando rescataron mi barco, más de la mitad de los que iban en él acabaron en el edificio Beta. La mayoría era gente joven. Y creo que también sana. Me cuesta creer que hubiera tantos enfermos…
Me acaricié el puente de la nariz. La cosa estaba empeorando por momentos. Apenas había olisqueado un poco el ambiente de Isla Esperanza, y el lugar ya empezaba a apestar a putrefacción.
—¿Sabes qué hacen con ellos?
—Dicen que los curan y los devuelven a Pétreas.
—¿Es eso verdad? —pregunté—. Seguro que has conocido a muchos petreanos que no consiguieron la ciudadanía itakense y fueron devueltos a tu patria.
—A algunos.
—¿Y qué contaban?
—No mucho. Parecían asustados. Comentaban que la experiencia había sido desagradable. Y cuando les preguntaba si intentarían volver a entrar en Itaka, casi todos respondían que no. Los militares de aquí los habían amenazado. No debían volver a intentar acceder a Itaka o lo lamentarían.
—¿Qué pasaría si volvían a intentarlo?
—No lo sé —reconoció Burama—, pero nunca he conocido a nadie que haya sido devuelto dos veces.
Se hizo un silencio sepulcral.
La insinuación me dejó mal cuerpo. Mi abuela siempre ha sido una persona expeditiva y de palabra. Cumple lo que dice y nunca dice nada que no esté dispuesta a cumplir. Sin embargo, me negaba a creer que ella fuera la artífice de las drásticas medidas que Burama insinuaba.
Puse fin a la entrevista y me despedí de la mujer intentando disimular el impacto que me había causado aquella revelación.
—Seguro que no es verdad —señaló Azul mientras caminábamos por los largos pasillos de habitaciones del edificio Alpha—.
Los asustan con un cuento de terror para que no se pasen la vida intentando entrar en Itaka.
Todo esto es excesivo. Llegan barcos con inmigrantes cada día, y todos ellos tienen que ser rescatados y luego sanados.
¿Cuántos recursos debe de necesitar nuestro Estado para hacer frente a esta crisis perma - nente?
No contesté. De repente, aquel documental había dejado de ser una aventura divertida y ahora solo sentía el peso de la responsabilidad. Si aquello era cierto, no podía mirar hacia otro lado. Mi deber como periodista sería denunciarlo.
Un coche eléctrico nos esperaba fuera del edificio Alpha para trasladarnos a la casa de huéspedes.
El vehículo era totalmente innecesario porque todas las distancias en Isla Esperanza eran tan pequeñas que se podían recorrer a pie o patinando, pero los militares nunca se despegaban de nosotras.
Se suponía que querían protegernos, aunque era evidente que solo querían tenernos controladas.
El conductor del vehículo se cuadró para recibirnos y abrió la puerta invitándonos a subir al coche descapotable.
El militar puso en marcha el motor y rodeó el pequeño puerto donde se reunía la flamante flota de barcos del Ejército junto a algunas naves viejas y desvencijadas que servían a las mafias petreanas para llevar a los inmigrantes hacia aguas itakenses.
Fruncí el ceño mientras contemplaba el paisaje, pensativa.
—¿Cómo devolvemos a los inmigrantes que no podemos acoger?
—En barco —contestó el militar.
Nunca olvidaré ese momento.
Mis ojos se fijaron en la avioneta que estaba despegando.
—¿Y para qué sirven los aviones?
—Para lo mismo —repuso el militar.