La mano izquierda Capítulo catorce
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Capítulo catorce

A la mañana siguiente, después de desayunar, a Azul y a mí nos embarcaron en una operación rutinaria de rescate.

El barco militar zarpó para hacer la ronda por los alrededores con todo dispuesto para que pudiéramos rodar.

Desde el primer momento tuve la sensación de que todos aquellos militares habían recibido órdenes de mostrar ante las cámaras su mejor cara.

No me cabe duda de que el objetivo era que el documental consiguiera que los itakenses estuvieran orgullosos de sus Fuerzas Armadas y de la política migratoria del país.

Azul y yo, ambas con una cámara, seguimos los pasos del coronel Oriz, que explicó didácticamente cómo actuaba el ejército.

—Los petreanos saben que siempre los rescatamos, de modo que a menudo viajan con barcos que se quedan sin combustible o que van demasiado llenos.

Su aspiración es llegar cerca de nuestras fronteras para que los encontremos y nos ocupemos de ellos.

Hay mafias organizadas que se aprovechan de la situación, pero nosotros poco podemos hacer para poner remedio a este problema.

Nos limitamos a salvar las vidas de esos seres humanos que sueñan con vivir y prosperar en nuestro país.

El coronel Oriz, tras reunir a su tripulación, le lanzó un emotivo discurso. Era evidente que se lo había aprendido de memoria y que probablemente alguien se lo había escrito.

—Hoy es un día como cualquier otro en nuestras vidas.

Los militares destinados a Isla Esperanza nos enfrentamos a la misma situación jornada tras jornada.

Nuestra rutina diaria es salvar vidas humanas, evitar que el mar que baña las costas de nuestra amada Itaka se cobre la vida de los hombres y mujeres que luchan por llegar a nuestro país en busca de paz, libertad y prosperidad.

No podemos dejar que la monotonía mengüe nuestra profesionalidad.

Os pido máxima atención, diligencia y concentración.

La presidenta Hera nos ordena que salvemos a todos los seres humanos que llegan ante nuestras costas sin excepción.

Y nosotros vamos a cumplir sus órdenes con el orgullo y la eficiencia que merece nuestra amada presidenta. ¡Por Itaka!

—¡Por Itaka! —respondieron todos.

Luego, Azul y yo acompañamos al coronel Oriz hasta el puente de mando, donde los ordenadores de a bordo captaron la señal de una nave que se encontraba a pocos nudos de distancia.

Los drones volaron hacia el lugar y enviaron imágenes.

Se trataba de un barco viejo, procedente casi con toda seguridad de Pétreas.

El ejército se puso manos a la obra y se dirigió hacia el lugar a toda velocidad.

Emocionada, insistí en permanecer en cubierta para registrar el momento en que se salvaba a los inmigrantes que iban a la deriva.

Conseguimos imágenes muy potentes, imágenes que los ciudadanos de Itaka no habían visto en su vida y que vaticinaban un gran éxito para el documental.

En el barco había hombres y mujeres agotados, rostros cansados y ojerosos que reflejaban el miedo y que ofrecían una impresión general de fealdad y miseria.

Los militares iban armados, pese a que no parecía que la situación entrañase ningún peligro.

Tenían ese aire amenazador que comparten los de su estamento, pero se comportaban con humanidad, conduciendo hacia el barco itakense a aquellos seres humanos dóciles como corderos, que avanzaban pesadamente con la espalda encorvada, una vieja manta sobre los hombros y bebiendo pequeños tragos de los batidos vitamínicos que les acababan de dar.

Las imágenes invitaban a sentirse afortunado por haber nacido en Itaka y a sentirse orgulloso de nuestras Fuerzas Armadas.

Esto era lo que mi abuela esperaba que suscitara el documental entre los ciudadanos de Itaka.

Sin embargo, la visión de aquellos seres humanos desvalidos también despertaba un sentimiento que el Gobierno había intentado evitar a toda costa: la empatía.

No era ninguna casualidad que los periodistas nunca hubiéramos entrado en Isla Esperanza.

El sufrimiento genera empatía, y en ese momento mis ojos contemplaban el sufrimiento de aquellos inmigrantes.

Probablemente mi abuela me habría acusado de heredar la sensibilidad (o la debilidad) de mi padre, pero mi reacción era simplemente humana, quería ayudar a toda esa gente.

Una estadista como la presidenta Gloria Hera apelaría al sentido común: era imposible ayudar a todos y había que actuar en consecuencia, con la cabeza fría y sin dejarse someter por los sentimientos.

Para mí no era tan fácil.

Yo estaba emocionada, luchando por reprimir las lágrimas. Me habían contado cosas bastante duras, pero ahora las escenas dramáticas se producían delante de mí. Quise empezar cuanto antes con las entrevistas, pero el coronel Oriz me paró los pies: cuatro militares nos cortaron el paso.

—Dentro de cincuenta minutos, cuando los reunamos en el comedor, la autorizaremos a seguir con el documental.

El coronel volvía a adoptar ese tono militar que no admitía réplica y no protesté hasta que el hombre me dio la espalda.

—Reglas, normas… ¡Malditos militares! —murmuré entre dientes—. No dejan espacio a la improvisación. No se puede trabajar con esta gente tan tozuda…

—Cállate, por favor —me suplicó Azul, a quien le habían inculcado un mayor respeto hacia los altos mandos.

Me callé, pero estaba muy descontenta con aquella prohibición.

Yo no les decía a los militares cómo tenían que hacer su trabajo.

La situación me irritó. De hecho, seguía de mal humor cuando el coronel Oriz me autorizó a entrar en el comedor del barco militar y entrevistar a una de las mujeres inmigrantes.

—Podéis entrevistar a esa mujer. Se llama Burama Azhan.

—¿Tiene que ser ella?

—Sí, señorita. Tiene que ser ella.

Aluciné. Otra imposición absurda. La verdad es que yo ya me había fijado en esa mujer y pensaba que nos daría bien en cámara, pero no me gustaba que me dijeran a quién tenía que entrevistar.

Traté de calmarme. Recordé que el mero hecho de estar allí ya era un privilegio excepcional.

Me tragué el orgullo y, en lugar de quejarme, desplegué todo mi encanto personal.

—Tiene buen ojo, coronel. Podría haber sido periodista: esa mujer es perfecta —le dije con una sonrisa—. También aprovecho para felicitarlo por su trabajo. Creo que los itakenses se emocionarán cuando conozcan la labor altruista que usted ejerce en nombre de su país.

—No busco ningún honor público. Me basta con cumplir la voluntad de la presidenta Hera.

Di en el clavo. El militar pareció hincharse por momentos y se apartó para que Azul y yo pudiéramos seguir tomando imágenes.

Le pedí a Azul que grabara a la chica desde lejos mientras comía. Estaba hambrienta. Y el hambre era una sensación que la mayoría de itakenses no experimentará a lo largo de toda su vida.

Cuando la chica casi hubo terminado, nos acercamos a ella para entrevistarla.

—¿Está buena la comida?

—Es la mejor que he probado en la vida —contestó Burama Azhan con una sonrisa.

Era realmente hermosa. Por lo menos, para ser una no diseñada.

Todos los ciudadanos nacidos en Pétreas son hijos naturales, un país subdesarrollado que aún hoy en día no dispone de la tecnología genética necesaria para diseñar a sus hijos e hijas.

Pero la genética siempre ha hecho excepciones.

Burama Azhan era hermosa, e incluso su acento, a pesar de tener aquel inconfundible deje tan característico de los petreanos, era bastante bueno.

—¿Por qué has decidido venir a Itaka?

—¡¿Por qué?! —contestó Burama sorprendida—. Porque quiero tener un buen futuro.

—¿Has viajado sola? ¿Tienes hijos?

—No tengo hijos.

—¿Sabes que no podrás tener hijos si eres aceptada en Itaka, verdad?

—Lo sé y no me importa —respondió ella con determinación—. En Pétreas hay demasiada gente. Vivimos apretujados, hay poco trabajo y mucha inseguridad. La vida no es fácil allí. A todos los petreanos les gustaría vivir en Itaka.

—¿Y cómo sabes que te gustará Itaka?

—Dicen que en Itaka todo el mundo tiene un buen trabajo, la comida es deliciosa, la sanidad funciona muy bien y apenas hay delincuencia. ¿Es eso cierto?

—Lo es. —Sonreí—. Sin embargo…, ¿sabes que en Itaka no podemos acoger a todos los inmigrantes que llegan hasta nuestras costas, no?

Por supuesto, como periodista, traté de dar profundidad a mis preguntas.

Comprendo bien que algunos temas podían incomodar a las autoridades, pero eran los temas que convenía debatir.

Simplemente intenté meterme en la piel de aquella chica.

Por eso le recordé que en Itaka no podría tener hijos y, a continuación, toqué otro elemento conflictivo: nuestro país había establecido un cupo del 30 % para la inmigración y no lo sobrepasaba bajo ninguna circunstancia.

La triste realidad era que la mayoría de los inmigrantes que intentaban establecerse en Itaka no podrían quedarse, una triste realidad que sentí la responsabilidad de abordar y que probablemente mi abuela había intentado alejar de los focos mediáticos durante toda su vida.

—Entiendo que en Itaka no hay espacio para todos los petreanos que queremos vivir en ella —afirmó—. La presidenta Hera hace lo correcto, hace lo mejor para sus ciudadanos. Lo entiendo muy bien. Ojalá en Pétreas tuviéramos una presidenta así.

Adulaba a mi abuela, claro. Yo también haría lo mismo que ella. Si quisiera entrar en otro país, no se me ocurriría criticar a su presidenta delante las cámaras de televisión.

—¿Qué te hace pensar que Itaka va a aceptarte, Burama? —pregunté.

—Soy optimista. Tengo que serlo. Soy una mujer muy trabajadora y me siento capaz de aportar muchas cosas buenas a este país tan maravilloso.

—Gracias, te deseamos mucha suerte —me despedí.

Se suponía que solo tenía permiso para entrevistar a esa mujer, pero nunca se me ha dado bien seguir las normas.

—Vamos a buscar a algún otro protagonista —dije.

Me levanté de la silla y fui inmediatamente hacia otra mesa.

El coronel me hizo señas para que dejara de grabar, pero fingí que no lo veía y abordé a un chico bastante menos agraciado que Burama Azhan.

No era nada guapo. Más bien enclenque, tenía la cara asimétrica, con el ojo derecho más arriba que el izquierdo.

Era barbilampiño, salvo por una pelusa fina y negra en el bigote que no lo favorecía. No debía de tener más de quince años.

—Hola, ¿cómo te llamas?

El chico puso cara de susto, pero pareció entender la pregunta.

—Yurko.

—¿Cómo estás, Yurko? ¿Crees que vas a ser aceptado en Itaka?

—No… Yo no entiendo…

A diferencia de Burama Azhan, Yurko apenas dominaba la lengua, y las pocas palabras que pronunció sonaron a trompicones.

—¿No hablas nuestra lengua, Yurko?

—Un poquecito . Pero yo aprendo mucho. Mucho rápido.

Detrás de la cámara, el coronel me hacía gestos apremiantes para que cortara la entrevista. Finalmente, sin abandonar mi sonrisa, acepté hacerle caso.

—Que tengas buena suerte, Yurko. Estaremos pendientes de ti.

Cuando nos retiramos del comedor, el coronel me reprochó que hubiera entrevistado a Yurko sin autorización y yo me mostré de lo más sorprendida, como si no me hubiera dado cuenta de nada. Pedí perdón por el supuesto desliz y traté de regatear la situación.

—Quería pedirle un favor, coronel. Estoy segura de que a nuestra audiencia le encantaría ver cómo vive un militar de su rango en Isla Esperanza. ¿Podríamos hacer un reportaje en su casa y conocer a su familia?

Tal y como yo había previsto, el hombre no pudo negarse a la petición.

A mí me interesaba más bien poco lo que podía dar de sí una entrevista en la casa de un hombre que se limitaría a ser políticamente correcto, pero yo ya había elaborado un plan sobre el plan con un doble objetivo.

¿Qué le vamos a hacer? Al fin y al cabo, soy la nieta de la presidenta Hera y me han enseñado a jugar mis cartas con astucia.