La mano izquierda Capítulo trece
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Capítulo trece

Me utilizaron. Sé que a más de uno le hubiera gustado que, a partir de ahí, me hubiese dedicado a leer y a escuchar música con mi padre, o a tener citas con chicos guapos, pero continué ejerciendo de periodista. Seguí investigando y hurgué entre la porquería.

Para hacerlo, contaba con la inestimable ayuda de mi amiga Azul. Ella tenía una capacidad intelectual muy superior a la mía, pero curiosamente se prestaba de forma natural a cumplir mis indicaciones, como si se sintiera más cómoda desempeñando un papel secundario.

Mi primer movimiento fue hablar con Servus. Lo tenía todo a mi favor para lograr lo que me proponía. Ahora yo ya no solo era la nieta de la presidenta Hera, sino la periodista de moda. Todas mis cápsulas se hacían virales y los itakenses me querían.

—Me gustaría hacer un documental en Isla Esperanza —le pedí.

Sin duda, Isla Esperanza tenía un interés periodístico excepcional. No obstante, la razón por la que yo quería desplazarme hasta el lugar se debía a un hecho muy concreto: allí residían los padres de Asterio Bláster.

—Los periodistas no entramos en Isla Esperanza, ya lo sabes —objetó Servus.

—Yo no soy una periodista como las demás —le dije, y esbocé una sonrisa traviesa—. Con un permiso de dos semanas me bastaría…

No era una petición sencilla. En Itaka no había libertad de circulación e Isla Esperanza era el lugar más restringido del Estado.

Mi abuela no permitía que los periodistas husmearan en ese lugar tan estratégico para su gobierno e intentó quitarme la idea de la cabeza.

Insistí e insistí hasta que al final acabó por concederme el capricho, probablemente pensando que, al igual que con el tema del referéndum, mi trabajo periodístico la ayudaría a lograr sus objetivos políticos.

Eso sí, me impuso algunas condiciones que tuve que aceptar a regañadientes y que me propuse regatear desde el principio.

Mi estancia en la isla estaría en todo momento bajo tutela militar, y el documental sería revisado y sujeto a posibles cambios o recortes por los asesores del Gobierno antes de ser difundido.

Solicité ser acompañada por la agente Azul por dos motivos.

En primer lugar, porque era una de las personas más competentes que he conocido en la vida; en segundo lugar, porque era una policía, una de ellos, y aquello los relajaría un poco.

No me equivoqué. El Gobierno me aprobó viajar con la agente Azul a Isla Esperanza.

Mi madre se mostró encantada delante de mí.

Me elogió por haber tenido una idea tan brillante, me deseó suerte y me felicitó con los ojos húmedos de emoción.

Por eso me extrañó encontrármela discutiendo con la abuela en el jardín.

Las vi de lejos, pero el lenguaje no verbal no engañaba: brazos cruzados o en jarras, ceño fruncido, espalda erguida y aire desafiante.

Estaba furiosa. Cuando más tarde le pregunté si ocurría algo, recuperó su sonrisa más zalamera y me habló con un tono melifluo.

Pese a no tener ninguna certeza de ello, intuí que mi viaje a Isla Esperanza no le gustaba lo más mínimo y que se lo estaba reprochando a la abuela.

En el fondo, a la presidenta Hera tampoco le hacía ninguna ilusión mi viaje a Isla Esperanza.

No era ninguna casualidad que los periodistas tuvieran prohibido su acceso a la isla.

Yo tampoco era tan ingenua como para no darme cuenta de que el Gobierno escondía algo allí.

Todos tenemos algún cadáver en el armario e imaginé que simplemente intentarían evitar que yo abriese el armario donde lo escondían.

* * *

No había habido cambios significativos en las fronteras de Itaka durante los últimos cincuenta años.

Los muros que delimitaban el país al norte y al oeste ya eran infranqueables por aquel entonces, y ni nosotros ni los habitantes de nuestros países vecinos deseábamos cruzarlos porque los tres Estados proporcionaban una calidad de vida excelente a sus conciudadanos.

Toda la inmigración llegaba por mar. Por eso la presidenta Hera mandó construir la isla artificial que se bautizó con el nombre de Isla Esperanza durante su segundo mandato, cuando Itaka aún era, en palabras suyas, «una tosca y torpe democracia esclavizada por los sinsentidos de una población egoísta y caprichosa».

Mi viaje a Isla Esperanza empezó en un metro de Medius, que nos permitió enlazar con el tren que salió de la capital en dirección al puerto.

El trayecto apenas duró unos cuarenta minutos, pero Azul y yo no apartábamos la vista de un paisaje que solo habíamos visto en contadas ocasiones.

En ese momento se estaba produciendo la deconstrucción de varias ciudades, y las obras restaban belleza a un paisaje que tendría que ganar más y más hermosura a lo largo de las décadas posteriores, a medida que los árboles y la vegetación ocuparan el lugar de carreteras, bloques de pisos de hormigón y otras infraestructuras mastodónticas.

Itaka se estaba convirtiendo en un referente mundial de la sostenibilidad, en contraste con otros Estados que insistían en usar combustibles fósiles y en aumentar su población.

Tras el viaje en tren, Azul y yo tomamos un barco que nos condujo a Isla Esperanza.

Se trata de la única infraestructura de dimensiones significativas que ha construido mi abuela durante su gobierno.

Isla Esperanza se levantaba en medio del mar, a cuarenta kilómetros de la costa, y albergaba a una población formada básicamente por funcionarios, la mayor parte de ellos militares que vivían en la isla con sus respectivas familias.

Su principal labor consistía en controlar la inmigración que nos llegaba a través del mar, los miles de petreanos que trataban de alcanzar nuestras costas en navíos precarios y en condiciones pésimas.

Si bien la población residente en Isla Esperanza era entonces de unos dos mil ciudadanos, a efectos prácticos el lugar estaba ocupado por más de cinco mil personas debido al incesante flujo de inmigrantes.

El barco en el que nosotras viajábamos tardó una hora en recorrer los cuarenta kilómetros que nos separaban de la costa, y el espectáculo volvió a ser digno de admiración.

Desde la cubierta de la nave, pudimos avistar otros barcos e incluso varios aviones.

Ya por aquellos años estos vehículos eran muy raros.

La política de seguridad nacional había prohibido que las otras naciones invadiesen nuestro espacio aéreo, y la presidenta Hera daba una respuesta militar implacable cuando un avión no autorizado entraba en Itaka.

Por eso, a una ciudadana como yo le llamaba poderosamente la atención la presencia de media docena de aviones que despegaban y aterrizaban regularmente en Isla Esperanza.

Maravillada, grabé la primera escena del documental desde la misma cubierta del barco.

Una vez en tierra firme, un escuadrón de militares nos recibió con todos los honores.

Media docena de hombres vestidos de uniforme se cuadraron ante nosotras solemnemente.

Todos, salvo uno con galones en el uniforme, llevaban armas de fuego.

El único que no iba armado, ancho de espaldas y muy erguido, avanzó hacia nosotras.

—Señorita Hera, es un honor recibirla en Isla Esperanza —me dijo—. Soy el coronel Oriz y me encargaré de velar para que su estancia aquí sea placentera y productiva a la par.

Me debatí entre dos impulsos contrarios: risa y miedo.

Toda aquella parafernalia militar era completamente inexistente en el resto de Itaka y me causó una impresión casi caricaturesca.

Sin embargo, nunca había visto a ningún militar sujetando aquellas armas de fuego a dos manos, preparadas para segar una vida humana con tan solo pulsar el gatillo, y la imagen no invitaba a bromear.

—El honor es nuestro, coronel —contesté—. Mi colega y yo estamos ansiosas por presenciar cómo realizan su inestimable labor para nuestro país.

—Mañana a primera hora saldremos para rescatar los barcos de inmigrantes que necesiten nuestra ayuda —dijo él—. Mientras tanto, podrán alojarse en nuestra casa de huéspedes, donde esperamos que se sientan como en casa.

Azul conocía mi verdadero propósito: entrevistarme con los padres de Asterio Bláster. Sin embargo, también sabía que aquello representaba para mí la valiosa oportunidad de hacer un documental único en la historia de Itaka y que estaba dispuesta a aprovecharla.

Los militares nos trasladaron en un vehículo hacia la llamada «casa de huéspedes», el único edificio dedicado a acoger a los pocos e ilustres invitados que lo visitábamos muy de vez en cuando.

La isla artificial era pequeña y estaba demasiado edificada.

Los militares disponían de apartamentos privados donde formaban núcleos familiares.

Allí se casaban, tenían un hijo o una hija que, a su vez, se convertía en militar y se casaba con otro militar para perpetuar así el mismo ciclo que se ha repetido hasta nuestros días.

Isla Esperanza se había convertido en una pequeña ciudad-Estado con todas las comodidades y prestaciones: escuelas, bibliotecas, espacios para practicar deporte y un largo etcétera.

Su principal cometido era gestionar la masiva inmigración que llegaba frente a nuestras costas: salvar a los petreanos que arriesgan sus vidas en alta mar para alcanzar el sueño de vivir en Itaka y trasladarlos hasta los edificios Alpha y Beta, donde eran identificados y atendidos.

El camión militar nos trasladó a la confortable casa de huéspedes. Durante el brevísimo trayecto, el coronel Oriz nos habló de circuitos relajantes, de salas de cine 3D y de menús de degustación de alta cocina; pero a mí solo me interesaba una cosa.

—Nos gustaría salir a dar una vuelta por la isla, coronel.

—Lo siento, no es posible —contestó—. Nuestro protocolo de seguridad lo prohíbe.

No protesté, intuyendo que el militar se limitaría a cumplir órdenes a rajatabla y que discutir con él sería como pegarse cabezazos contra una pared.

Sabía que resultaría imposible convencerlo de lo contrario, y mi cabeza empezó a idear la manera de esquivar el protocolo mientras nos instalábamos en la casa de huéspedes.

—¿Has localizado el apartamento de los padres de Asterio Bláster? —pregunté cuando por fin Azul y yo nos quedamos a solas.

—Sí, pero tenemos prohibido salir —me recordó.

—Tranquila, ya encontraremos el modo de escabullirnos.

Azul me miró con inquietud.

—Esto es muy serio, Antígona —me advirtió—. Esta gente no se anda con chiquitas… Me juego mi puesto de trabajo…

Entendía a lo que se refería. Yo era la nieta de la presidenta y estaba más protegida , pero ella no tenía detrás una familia tan influyente como la mía.

La verdad era que no las tenía todas conmigo, pero me las arreglé para sonreír de forma relajada.

Mi abuela me lo había repetido en muchas ocasiones: un líder debe parecer seguro de sí mismo, aunque no lo esté en absoluto.

—¿Sabes cuál es el cometido de esta gente? —le dije.

Azul no contestó. Se limitó a esperar mientras yo le tomaba las manos con dulzura.

—Que no le pase nada a la nieta de la presidenta Hera —repuse—. Que no me pase nada a mí, ¿lo entiendes? No tienes nada que temer. Yo asumiré toda la responsabilidad y yo soy intocable, ¿de acuerdo?

Azul se limitó a asentir, pero tragó saliva con difi- cultad. Había descubierto un par de cosas curiosas, que aún no se había atrevido a compartir conmigo.

—A Asterio Bláster lo expulsaron del cuerpo del Ejército, por eso acabó como policía en Medius —explicó—. No he podido tener acceso al informe, pero debió de cometer faltas muy graves para recibir un castigo tan severo.

—¿No existe un expediente militar?

—Los servicios secretos vetan a los cargos ordinarios como yo el acceso a los expedientes —confesó—.

Sin embargo, sí que he podido consultar el de Marcel Bláster, el padre.

Ahora está retirado, pero salta a la vista que no ha sido un hombre modélico: múltiples arrestos por ebriedad en la vía pública, peleas relacionadas con deudas de juego, y destrozo de mobiliario urbano.

También constan varias denuncias por malos tratos, por las que fue suspendido de cargo y sueldo en tres ocasiones.

—¿Maltrató a su hijo?

—En el expediente solo consta la mujer, pero no me extrañaría.

—A mí tampoco —corroboré—. Iremos a verlo.