Capítulo once
Entré en la cocina y me encontré a mamá introduciendo los ingredientes en el robot para preparar un revuelto de setas y judías verdes para cenar. Fui directa para poder estudiar su reacción.
—Mamá, ¿tú engañaste a papá con Aquiles?
—¡Claro que no! —contestó indignada—. ¿De dónde has sacado esa idea tan absurda?
Me pareció una reacción creíble e imaginé que estaba siendo sincera.
—De ningún sitio —respondí—. ¿Por qué papá se intentó suicidar, entonces?
—Porque era un hombre enfermo.
La respuesta era verdad, pero no toda la verdad.
Al cabo de un rato, los tres nos sentamos a cenar ese revuelto de setas con judías verdes.
—¿Qué hará la abuela con todo este jaleo? —pregunté.
—En mi opinión, hay un único objetivo: buscar la felicidad colectiva —dijo Aquiles—. La tecnología nos permite ser más felices y tener menos problemas. Hay que aplicarla. No hacerlo es sencillamente estúpido.
—¿Y tú qué piensas, mamá?
—Yo no pienso nada. Solo me dedico a producir carne, pescado y marisco sostenible para que la gente pueda disfrutar y estar sana —replicó ella.
Era falsa modestia. Mamá decía que no quería meterse en política, pero era una mujer muy potente, mucho más de lo que pretendía aparentar.
Siempre me ha gustado jugar con las cartas boca arriba. Cuando quiero algo, lo pido. Y cuando tengo una duda, pregunto. Y aquel día quería saber qué haría la abuela para resolver aquel debate tan espinoso.
Y así sin más, acabé de cenar, salí de mi casa, llamé a su timbre y, tras abrirme la puerta, vi que estaba en el sofá leyendo un libro con Rasputín ronroneando en su regazo.
—Abuela, ¿qué vas a hacer con todo este jaleo?
Cerró el libro y acarició a Rasputín.
—Estoy en contra de la ley de obligatoriedad genética. A pesar de ello, voy a convocar un referéndum para que los ciudadanos decidan —contestó.
No era algo habitual en ella. Mi abuela no ha convocado demasiados referéndums a lo largo de su dilatada carrera política.
Siempre ha afirmado que su trabajo consistía en tomar decisiones buscando el bien común y no ha sido partidaria de delegar su responsabilidad en los ciudadanos.
Según ella, la democracia y el capitalismo fueron una moda muy extendida que consiguió algunos éxitos sociales remarcables, pero que también condujo a la humanidad hacia el abismo.
Antiguamente, se celebraban elecciones cada cuatro años para elegir a los gobernantes.
Inevitablemente, los políticos tomaban decisiones a corto plazo.
Su trabajo, por lo tanto, no era pensar en el bien común, sino ganar elecciones.
Así, aunque era obvio que los viajes en avión eran muy contaminantes y que había que prohibirlos, no lo hacían.
La gente quería viajar en avión y desplazarse en vehículos privados.
Estaban contaminando el planeta y provocando un calentamiento global que aún sufrimos hoy en día, pero los políticos no ponían fin a ese sinsentido porque temían que no los volvieran a votar al cabo de cuatro años.
Según mi abuela, el mundo necesitaba políticos que tomaran las riendas con determinación, pensando a largo plazo.
Es indiscutible que ella hizo esto. ¿Que estaban contaminando demasiado?
Pues prohibió los vehículos privados y los viajes en avión.
¿Que el mundo estaba superpoblado? Pues decretó la obligación de tener como máximo un único hijo por pareja.
Siempre ha asegurado que no fueron decisiones agradables.
La gente quería viajar en avión, tener un coche privado y tantos hijos como quisieran o pudieran permitirse, pero a veces alguien tiene que hacer el papel de malo.
Y esa fue su función para mejorar la sociedad.
Fue la mala que prohibió un montón de cosas.
Sin embargo, todo aquello le permite ahora presumir de haber detenido el cambio climático y de haber proporcionado a nuestro país la mejor calidad de vida que ha habido durante toda la historia.
—Abuela, ¿vas a hacer un referéndum? ¿Estás segura? ¿Y si pierdes?
—Hago un referéndum precisamente porque no estoy segura —replicó—. Porque estamos ante una decisión muy trascendente.
Esbocé una sonrisa pícara.
—Me parece una decisión muy acertada que convoques un referéndum, siempre y cuando sea tu querida nieta quien lo anuncie en exclusiva.
Por supuesto, me concedió la petición.
A la mañana siguiente, grabamos una entrevista en el jardín de su casa, rodeadas de rosales blancos.
—¿Qué recomienda usted que voten los ciudadanos, señora presidenta? —le pregunté.
—Yo no recomiendo nada, pero voy a decir lo que votaré yo.
Votaré «no». Entiendo las razones para el «sí».
Nos ahorraríamos un montón de problemas sin ciudadanos enfermos e inadaptados, pero tal vez perdamos una pizca de nuestra humanidad.
Los humanos tenemos defectos y eso también es parte de nuestro encanto.
¿Queremos eliminar nuestros defectos? Tal vez sea lo mejor, pero me cuesta concebir la humanidad sin ellos.