Capítulo diez
La entrevista a Aquiles fue una auténtica bomba.
El debate estalló en las calles, en las escuelas, en las cafeterías, en los parques y en las redes sociales. Los ciudadanos de Itaka discutían si debía ser obligatorio que sus hijos fueran diseñados.
Mientras tanto, yo no paraba de ganar popularidad.
Mi sensación era de irrealidad total. La gente me veía como a una heroína llena de energía y vitalidad.
O por lo menos casi toda la gente. Mi abuela, por ejemplo, se enfadó conmigo (solo un poco, en realidad) y me reprochó que no hubiera sido totalmente neutral durante la entrevista con Aquiles: «Una periodista tiene que ser objetiva e imparcial, y te has pasado el rato lamentándote por no ser una diseñada».
Por supuesto, exageraba un comentario aislado que me había salido de forma espontánea; había sido Aquiles, su propio ministro de Natalidad, quien se había posicionado a favor de la obligatoriedad genética con férrea contundencia.
El caso es que yo estaba hasta arriba de trabajo, pero encontré hueco para llevar a cabo una visita que tenía pendiente desde hacía varias semanas.
Después de todo, si decidí hacerme periodista, fue gracias a ese hombre…
Acabo de darme cuenta de que aún no os he hablado de él.
Increíble. Nuestra relación no era fácil.
Sin embargo, yo lo visitaba sin falta como mínimo una vez al mes.
Se llamaba Floyd y era mi padre. El biológico.
Para ir a verlo, tuve que coger el metro en Medius y salir del barrio.
En esa época ya se aplicaban muchas de las restricciones de movilidad que se instauraron para detener el calentamiento global.
Mi abuela era muy vehemente con el tema.
Decía que su conciencia la obligaba a ser especialmente estricta para compensar lo que hacían algunos países estúpidos y egoístas.
A una persona que, como yo, se ha criado en Itaka, le resulta difícil concebir que, tiempo atrás, los ciudadanos tuvieran derecho a viajar en coche, barco y avión por cualquier motivo, incluso por frívolo que fuera.
Para mi abuela, la presidenta Hera, aquella libertad de movimiento generaba unos costes económicos y medioambientales absurdos, por lo que puso fin a los viajes en avión, limitándolos estrictamente a aquellos relacionados con asuntos de Estado de alta importancia.
También se encargó de cortar de cuajo la movilidad en coche.
Mi abuela afirmaba que el vehículo privado era la máxima expresión de un capitalismo ponzoñoso que trataba de conducir a la humanidad hacia su autodestrucción.
En cambio, fue más indulgente con el transporte público, especialmente con el metro, sobre todo a partir del momento en que las centrales de fusión nuclear permitieron generar electricidad sin un coste medioambiental significativo.
De todos modos, nunca hubo barra libre. La gente trabajaba e iba a la escuela cerca de su casa, y necesitaba un permiso especial para viajar en metro.
Yo lo tenía para poder visitar a mi padre biológico, pero, por lo demás, daba ejemplo desplazándome casi siempre por mi barrio patinando o andando.
Pero volvamos a mi padre. Yo creo que mi padre siempre fue una buena persona, aunque demasiado sensible.
«Débil», según mi abuela. Su historia, más bien trágica, invitaba a desear la implantación de la ley de obligatoriedad genética.
Por lo que sé, había sido un prometedor periodista.
Tenía magníficas dotes comunicativas, era muy leído y sabía combinar con buen gusto una palabra detrás de la otra.
Mi abuela lo consideraba un tipo mediocre y se horrorizó cuando mamá le dijo que tendría un hijo con él.
«Cásate si quieres, pero piénsate lo del hijo.
Solo podrás tener uno en toda tu vida. ¿Estás segura de que quieres que él sea el padre?
», le advirtió. Por suerte, mi madre, probablemente en un arrebato de rebeldía, le llevó la contraria: «Es el amor de mi vida y vamos a tener un hijo juntos».
Aquel hijo al final fue una hija y se llamó Antígona.
Siempre me sentí muy querida por él, pero tenía un pasado poco ejemplar.
Mi madre nunca me habló de las adicciones de papá.
Mi abuela, en cambio, me contó que, desde muy joven, había tenido debilidad con el alcohol y algunas drogas recreativas, como la marihuana, y que había protagonizado más de una escena patética, salidas de tono y cosas así.
El problema verdaderamente grave comenzó cuando mamá se quedó embarazada y nací yo.
Imagino que la responsabilidad le pesó demasiado; se dedicó a mezclar antidepresivos y alcohol a tiempo completo, abandonó el periodismo y cayó en una depresión profunda que lo empujó a un par de intentos de suicidio.
Tuvieron que ingresarlo y ya no volvió a salir nunca más de aquella clínica.
El cerebro le quedó dañado, aunque había días en que se encontraba razonablemente bien.
Esa clínica era el lugar donde yo acudía a visitarlo, al menos, durante muchos años una vez al mes.
Papá me recibía por las mañanas, cuando aún no había tomado la medicación más fuerte.
Su compañía me resultaba estimulante. Veíamos películas, escuchábamos música y leíamos libros.
Todo era arte viejo, anterior a Sofía, de cuando se necesitaban artistas humanos para que pintaran, compusieran y escribieran.
No sé explicarlo, pero percibía algo puro y auténtico en mi padre y sus ideales periodísticos.
Según él, un periodista tenía el deber de difundir la verdad para velar por los derechos de los ciudadanos.
Abracé esa idea: algo por lo que valdría la pena luchar, por lo que valdría la pena vivir.
Tal y como era habitual, esa mañana encontré a papá paseando alrededor del pequeño lago que había en la clínica.
Rodeados de abundante vegetación, el rumor del agua y el canto de los pájaros, el paseo era muy relajante.
La verdad es que el Estado invertía mucho dinero y recursos en cuidar de los más vulnerables, y él siempre estuvo bien atendido.
—¡Papá! —exclamé al verlo, y corrí para abrazarlo—. ¡La de cosas que me han pasado! ¡Tenía muchas ganas de hablar contigo!
Él me sonrió. Tenía buen aspecto. Recordarlo me da ganas de llorar. A veces no puedo creerme lo mucho que lo echo de menos.
—Ya eres periodista, ¿no? —me preguntó—. ¿Cómo van las prácticas?
—Es increíble —le dije, y bajé la voz, pese a que no había nadie escuchando—. Quiero enseñártelo. ¿Vamos a tu apartamento?
Normalmente paseábamos por el parque durante una hora y entonces subíamos a su apartamento, donde papá me mostraba material artístico que pudiera interesarme.
Aquella visita era su máxima ilusión y la preparaba con esmero, seleccionando reportajes y documentales antiguos, piezas musicales o fragmentos literarios con los que yo disfrutaba enormemente.
Supongo que es normal que por eso quisiera emular a mi padre haciéndome periodista, pese a que él me lo desaconsejó en múltiples ocasiones.
Era papá quien solía llevar la iniciativa de esas veladas, pero aquel día era especial.
Yo estaba eufórica. No solo había empezado a ejercer de periodista, sino que me había convertido en una especie de celebridad de lo más popular.
Y a pesar de que papá tenía prohibido por prescripción médica el acceso a la actualidad informativa y yo lo sabía, consideré que, por una vez, nos saltaríamos aquella norma.
Él me había pedido que no me convirtiera en periodista, pero se notaba que estaba orgulloso de que lo fuera.
No pretendo sonar egocéntrica, pero sé que yo daba sentido a su vida.
Y quería darle ilusión, que me viera triunfando en la profesión que él me había enseñado a amar.
Le mostré las cápsulas informativas que había publicado una detrás de otra.
El hombre era un hervidero de emociones. Procesar que habían estado a punto de matarme no resultaba fácil, pero le quité hierro con una de mis sonrisas despreocupadas.
—Fue muy bestia, papá, pero aquí estoy, fresca como una rosa.
Sus ojos se hicieron de agua. Temblaba. Tal vez aquello fuera demasiado. Me pregunté si no había sido un error mostrarle tanto material.
—En una semana has alcanzado un éxito que yo ni tan siquiera rocé —me dijo al fin—. Y me alegro por ti. Ni te imaginas cuánto me alegro por ti.
—Te lo debo a ti, papá.
Él estaba muy emocionado. Tenía lágrimas en los ojos. Le cogí las manos y le sonreí. Lloraba de felicidad.
—He sido un padre desastroso. No te merezco. Eres fabulosa.
—¡Qué va, eres un padre genial! —exclamé—. ¡Y ahora quiero que me des caña! Dime dónde he fallado.
Volvimos a ver todas las cápsulas. Sin embargo, no me dio caña, sino al contrario. Se deshizo en elogios e insistió en lo buena periodista que era. Tenía tacto para no herir mi amor propio. Señaló de forma muy discreta algunos errores y me dio buenos consejos para no repetirlos.
—Ve con cuidado, por favor —me advirtió de pronto con aire misterioso—. El mundo del periodismo es muy duro. Protégete, Antígona.
Le pregunté a qué se refería exactamente. Tenía la sensación de que me ocultaba algo.
—Nada, no es nada… —zanjó él.
Una periodista debe saber cómo sacar información a los entrevistados y traté de hacerlo con papá. Quería que me hablara del pasado, pero di un rodeo para que se relajara. Intuí que la actualidad política podría servirme para ahondar en unos sentimientos que se negaba a compartir conmigo.
—El debate ahora gira en torno a la obligatoriedad genética —le expliqué—. ¿Por qué no me diseñasteis a mí? ¿Por qué fui una hija natural?
—Tu madre lo quiso así.
—¿Y tú no podías oponerte?
—No.
Con el tiempo he comprendido que aquella era una gran verdad. Mamá tomaba las decisiones y él no era lo bastante fuerte para imponer su punto de vista. Probablemente a eso se refería mi abuela cuando lo calificaba de «débil».
—Papá…, ¿no tenías miedo de que yo heredara… lo tuyo?
Hablar de adicciones y depresiones no era precisamente su tema de conversación favorito. Me daba vergüenza hasta nombrarlo.
—Un poco —contestó; me había entendido perfectamente.
—Siempre me has dicho que tuviera cuidado con el alcohol y las drogas, que hay cerebros que son más propensos a caer en las adicciones, como el tuyo y tal vez también el mío. Siempre me has recomendado que no lo probara porque, una vez hecho, quizás ya no haya marcha atrás.
—Nunca he querido que pases por lo que yo he pasado.
Me da pánico haberte dado ese regalo genético.
Sin embargo, en esa época, cuando tu madre y yo decidimos tenerte, no era consciente.
Yo estaba bastante bien. Tenía tendencia a caer en las adicciones, cierto, y a veces tenía pensamientos autodestructivos, pero vislumbraba una vida buena y feliz.
—¿No te hubiera gustado no tener esa tendencia natural?
—Por supuesto.
—Entonces estás de acuerdo en que la obligatoriedad genética sería una ley positiva. Tendríamos una sociedad mejor y ciudadanos más felices.
—Tengo mis dudas.
Me sorprendió que alguien como él, tras haber pasado por aquel suplicio, se manifestara así.
—¿Qué dudas tienes? —insistí.
—No todos los problemas se pueden resolver por la vía de la genética —me dijo—.
La genética es importante, pero necesita ir acompañada de un ambiente propicio y de una experiencia personal para ser determinante.
Ese asesino, ese psicópata del que me has hablado, llevaba en los genes una tara que nadie desearía.
Sin embargo, no tengo ninguna duda de que hubo de criarse en un ambiente propicio para desarrollar ese comportamiento psicótico.
Tal vez sufrió maltratos durante su infancia o vivió situaciones violentas desde muy joven, no lo sé.
Lo que pienso es que tal vez un psicópata nace con esa propensión, pero también se hace.
Me quedé reflexionando durante unos instantes.
Hablaba de Asterio Bláster, pero yo no dejaba de pensar en él, en la historia de mi padre.
—Papá, si tú estabas bien cuando mamá y tú me tuvisteis, ¿qué pasó para que todo se torciera?
—Nada.
Mentía. Algo había ocurrido.
—¿Mamá te engañó? ¿Se enamoró de Aquiles cuando aún estabais juntos?
Era un tiro a ciegas.
—No.
Curiosamente, acabo de saber que acerté.
Acabo de saber que mamá tuvo una aventura con Aquiles cuando ella era ministra de Alimentación y él ya era ministro de Natalidad.
Ocurrió antes de quedarse embarazada de mí.
Papá acabó por descubrirlo, aunque fue el último en enterarse.
Eso le hizo mucho daño. Fue muy duro para él, pero lo que de veras desató su enfermedad mental fue otra cosa. Una cosa aún más difícil de digerir.