Capítulo nueve
Asterio era un hombre perverso. Era un psicópa - ta incapaz de sentir empatía por el sufrimiento ajeno, pero que había aprendido a manipular los sentimientos de la gente.
Su estrategia consistió en adoptar el papel de víctima.
Se desprendió de toda responsabilidad para autoconsiderarse un hombre gravemente enfermo y exigir así el perdón de la sociedad.
Era un manipulador. No había duda de ello, pero, en su argumentación, había una verdad irrefutable: nadie querría para sí mismo unos impulsos tan pérfidos y dañinos como los suyos.
Mi entrevista causó un revuelo enorme. Durante los siguientes días, en Itaka no se hablaba de otra cosa.
Nadie quería que un crimen tan espeluznante pudiera repetirse y la gente estaba angustiada.
Lo que le había pasado a Asterio Bláster era una especie de lotería maldita.
El hombre había tenido la desgracia de haber heredado aquella desviación, y eso hacía que la gente se sintiera afortunada.
«Por suerte, yo no soy así», pensaban. O bien: «Qué alivio tener un hijo con tan buen corazón como el mío.
No me gustaría estar en la piel del pobre padre de Asterio Bláster».
La presión popular obligó a mi abuela a mover fi- cha. Me citó en su casa e hizo una declaración pública:
—Vamos a realizar una profunda revisión médica a todo el cuerpo policial del país para asegurarnos de que no hay más casos susceptibles de derivar en comportamientos o actitudes psicóticas —anunció—.
También he puesto a nuestros mejores editores genéticos a analizar el caso Asterio Bláster.
Vamos a dejar que nuestros expertos lleguen a conclusiones. El Gobierno actuará en función de ello.
Yo no paré de trabajar duro. El trabajo me ayudaba a tener la mente ocupada.
Colgué en redes un mínimo de cuatro cápsulas diarias aportando nuevas informaciones y detalles insólitos (a menudo escabrosos) del caso, mientras me reservaba información para lanzar otro bombazo.
Y es que ya había empezado a estudiar el pasado de Asterio Bláster con la inestimable ayuda de la agente Azul, y todo apuntaba hacia Isla Esperanza, la pequeña ciudad donde el asesino confeso había nacido, se había criado y había ejercido como militar.
Por otro lado, también imagino que ya habréis deducido quién era el experto editor genético a quien mi abuela había encargado la investigación.
En efecto, era el ministro de Natalidad, Aquiles, mi padrastro.
La verdad es que me lo puso muy fácil. El hombre del momento, el hombre que daría la gran noticia, vivía en mi propia casa y yo podía preguntarle por la evolución de las investigaciones a diario.
Mientras cenábamos —yo seguía sin probar la carne y basaba la ingesta de proteínas en queso, pescado, huevos y legumbres—, no dudé en aprovecharme de mi situación de privilegio.
—Aquiles, sería genial si me concedieras una entrevista en exclusiva para anunciar las conclusiones de tu investigación. ¿Me harías ese favor?
—Por supuesto que sí.
Quien contestó no fue Aquiles, sino mi madre. Pese a que ella no era la ministra de Natalidad ni la presidenta del país, tenía la suficiente autoridad como para asegurar algo de ese calibre. Siempre le gustó mover los hilos.
Sea como sea, Aquiles me concedió la exclusiva, largamente anunciada por la Corporación de Noticias. La expectación era máxima y, antes de emitirse y distribuirse, todo el mundo ya sabía de antemano que sería un éxito de visualizaciones.
—Señor ministro, cuéntenos, por favor, a qué conclusiones ha llegado el estudio realizado sobre el asesino confeso Asterio Bláster.
—El análisis ha dado lugar a conclusiones poco sorprendentes.
De hecho, todo lo que hemos encontrado corrobora el comportamiento de Asterio Bláster.
El sujeto es, sin lugar a dudas, un psicópata.
Las ondas cerebrales revelan ausencia de empatía o sentimiento de culpa.
También hemos verificado que el sujeto siente un placer diez veces superior al normal cuando libera dopamina y que sus niveles de testosterona son altísimos.
No quiero aburrir a la audiencia con detalles excesivamente técnicos, pero hemos hallado hasta veintiséis evidencias médicas de que Asterio Bláster podía convertirse en un sujeto peligroso y un criminal en potencia.
—¿Esas características forman parte del ADN de Asterio Bláster, es decir, son características hereditarias?
—Todo es hereditario y todo está en el ADN.
—Pero un psicópata no siempre se convierte en un asesino…
—No siempre. Un entorno amable y próspero, como el que hemos conseguido en Itaka durante los últimos treinta años, dificulta que el psicópata se manifieste. Sin embargo, es altamente probable que este psicópata, sin llegar a convertirse en un asesino y un criminal, tampoco sea una buena persona.
—Entonces, ¿por qué Asterio Bláster se convirtió en un asesino?
—Por estadística —contestó Aquiles—. Calculo que el 1 % o el 2 % de la población de Itaka tiene rasgos psicóticos.
Tenemos un montón de bombas a punto de explotar repartidas por el país.
Por suerte, nuestras condiciones sociales son tan favorables que es poco probable que las mechas de estas bombas prendan fuego, pero el peligro está ahí, conviviendo entre nosotros.
En algunos casos, incluso podemos ser nosotros mismos los psicópatas, los responsables de pasar a nuestro hijo o hija un código genético que va heredándose de generación en generación y que es nocivo para nuestra sociedad.
Se hizo el silencio durante unos instantes. Ya empezaba a ser habitual en mis entrevistas. Me quedaba callada y dejaba que la audiencia reflexionara unos instantes sobre la cuestión. Entonces volví a la carga con una nueva pregunta.
—¿Podemos hacer algo para evitar que surjan nuevos casos como el de Asterio Bláster?
—Claro que sí, hace treinta años que somos capaces de hacerlo —respondió él.
—Explíquese, señor ministro.
—Hemos ampliado mucho nuestros conocimientos de genética.
Es cierto que revisamos el ADN de todos los óvulos fecundados y así evitamos nacimientos con discapacidades físicas e intelectuales, deformidades e incluso enfermedades; pero estamos hablando de una revisión superficial, insuficiente para evitar casos más sutiles como el de Asterio Bláster.
Por el contrario, los nacimientos diseñados por un editor genético tienen garantías del 100 %.
Tras treinta años de experiencia solo hemos conocido ventajas para nuestros ciudadanos: más inteligencia, más salud, más cualidades físicas, más capacidad de trabajo, más felicidad y un largo etcétera.
Actualmente, solo un 40 % de los nacimientos en Itaka son diseñados.
—¿Recomendarías entonces que todos los nacimientos fueran diseñados por un editor genético?
—¿Alguien quiere que su hijo sea más débil que el resto o que pueda desarrollar tendencias psicóticas? Yo no.
—Ni yo tampoco —dije, y esbocé una sonrisa—. ¿Por qué no fui concebida como una diseñada?
—Pregúntaselo a tu madre —respondió Aquiles, y también se rio de buena gana—. Sea como sea, hemos tenido suerte contigo, Antígona. Eres fantástica. Pero insisto: fue suerte. La cosa podría haber salido mal…
Tras el momento de cordialidad y distensión, volví a insistir una vez más en un tema que me preocupaba particularmente.
—Ya sabemos que Asterio Bláster era una bomba, pero, para que explotara, se tuvo que prender fuego a la mecha de algún modo. ¿Cómo pudo ocurrir algo así?
—No lo sé —contestó Aquiles, y volvió a llevar el debate hacia su terreno—.
Lo que sí sé es que, si hubiésemos diseñado a Asterio Bláster, nunca se habría convertido en una bomba.
Si queremos una sociedad más próspera y feliz, no tenemos otra alternativa que instaurar una ley de obligatoriedad genética.
Todos nuestros hijos deben ser diseñados.
Traer un hijo al mundo es una gran responsabilidad y no podemos ser tan frívolos como para dejar nuestro futuro a merced de los caprichos de la genética.