Capítulo ocho
Me vestí de luto para la ocasión, pero acudí a la ceremonia fúnebre por la muerte de Ayhir acompañada de Fïdik y su cámara.
Decidí que trabajaría, pese a que la difunta había formado parte de mi vida desde que nací y me sentía muy unida a ella.
Tal vez asistir sola a la ceremonia y expresar el duelo por su muerte habría sido lo más recomendable a nivel psicológico, pero una parte de mí quería mantenerse alejada de mis propios sentimientos.
La Antígona periodista me obligaba a poner distancia con los hechos porque necesitaba analizarlos desde una perspectiva objetiva, y el inesperado éxito de mis cápsulas me hacía sentir culpable y eufórica al mismo tiempo.
Una vez terminada la ceremonia, los asistentes comenzaron a salir en silencio.
El ambiente era de duelo y tristeza, pero también institucional, con personalidades vinculadas a la política que habían acudido al lugar para mostrar sus respetos a mi abuela.
Por supuesto, ella volvía a ser el centro de atención.
Cuando vi que salía, empecé la cápsula en directo.
Comprendí que ella tampoco podía centrarse en el luto y que atenderme era su forma de trabajar.
—Presidenta, sabemos que usted estaba muy unida a Ayhir Manzs. ¿Cómo se encuentra?
—Muy mal —contestó—. Muy triste. Devastada.
Hay días como hoy en los que levantarse por la mañana es más duro que nunca, pero esta ceremonia ha hecho que todos nos sintamos un poco mejor.
Hemos podido llorar por Ayhir, recordarla y expresar nuestras emociones más íntimas.
Compartir la pena con nuestros seres queridos es el primer paso para superar la pérdida.
—¿Cómo era y qué significaba para usted Ayhir Manzs?
—Ayhir era una mujer vital, alegre, inteligente y competente.
No había nacido en Itaka, pero estaba profundamente enamorada de nuestro país.
¿Qué significaba para mí? Era mi mejor amiga.
Y eso es decir mucho. A lo largo de los años he tenido varias parejas muy importantes en mi vida, pero ninguna se puede comparar con Ayhir.
Ella ha estado a mi lado durante los últimos treinta años, compartiendo buenos y malos momentos.
—Sabemos que el objetivo del asesino no era Ayhir Manzs, sino usted. ¿Cómo le hace sentir esto?
—Culpable. Como presidenta, me siento una privilegiada porque tengo la oportunidad de ayudar a la gente que quiero, a todos los ciudadanos de Itaka; pero, en esta ocasión, ser presidenta ha provocado que alguien quisiera matarme.
Y por una fatalidad del destino, ha sido la pobre Ayhir, y no yo, la víctima de ese crimen.
Miro la caja mortuoria donde reposa el cuerpo de mi amiga y pienso que tendría que ser yo quien estuviera dentro.
—Ayhir no había nacido en Itaka, era una acogida. ¿Qué les puedes decir a los ciudadanos acogidos que viven en nuestro país?
—Que son muy importantes para nosotros. Tengo muy claro que, sin Ayhir a mi lado, mi labor como presidenta hubiera sido mucho peor y que le debo gran parte de los méritos que se me atribuyen.
Los ciudadanos acogidos ayudan a que nuestra sociedad sea mejor, y es muy injusto que a veces los miremos con desconfianza.
Cabe recordar que el asesino era un hombre nacido en Itaka, mientras que, por lo que tengo entendido, el joven que intervino para protegerte era un acogido, al igual que Ayhir Manzs.
Antígona, tú pudiste verlo e incluso te dedicó unas pocas palabras. Crees que era un acogido, ¿verdad?
—Estoy convencida de ello —contesté.
—Aprovecho entonces para hacer una llamada a ese joven para que se dé a conocer y así poder agradecerle personalmente el servicio que ha prestado a nuestro país.
Despedí la entrevista en ese punto, una entrevista que había resultado muy favorable para ella.
Mi abuela era un animal político, siempre preparada para jugar sus cartas del modo más efectivo posible, y lo había hecho con su astucia habitual.
Lanzó los mensajes que más le interesaban.
En primer lugar, quería mostrarse hermanada y agradecida con los ciudadanos acogidos que residían en Itaka.
Y, en segundo lugar, y de una forma algo más sutil, también quería recordar a toda la población del país que el asesino iba a por ella, que ser presidenta de Itaka era un privilegio, pero también suponía sacrificios y podía tener costes tan elevados como ese intento de asesinato que acabó convirtiéndose en el homicidio de su mejor amiga.
Yo fui consciente de ello en todo momento. Quería darle una de cal y otra de arena.
Esa entrevista era la parte buena. La mala vino cuando la llamé por la tarde para pedirle un favor.
—Quiero entrevistar a Asterio Bláster y emitirlo para todos los ciudadanos del país —le solté de sopetón.
Me puso algunas objeciones.
—¿No es un poco morboso? Ese hombre estuvo a punto de matarte… —Y siguió—: No es nada bueno que nos recreemos en la crueldad de ese enfermo mental. No va a salir nada bueno de ello… —Para acabar diciendo—: Tu madre me va a matar si te lo permito. ¿Quieres que me mate?…
Finalmente, y como no podía ser de otro modo, la convencí y llamó a Servus para que autorizara la entrevista.
La Corporación de Noticias anunció el evento con una publicidad que incrementó de forma exponencial el interés que ya tenía de por sí y, al cabo de dos días, todo estaba dispuesto para ello.
Yo estaba muy nerviosa, pero noté que eran nervios buenos, de los que hacían que me superara a mí misma.
Me había preparado la entrevista a conciencia y me sentía fuerte para enfrentarme al asesino.
Reconozco que concebí la puesta en escena en términos no solo periodísticos, sino para garantizar cierto espectáculo.
Pedí que se construyera una jaula con barrotes, luz espectral y paredes desnudas que provocaran un eco siniestro durante la conversación.
Tres cámaras me siguieron mientras descendía por unas escaleras de caracol hacia la celda donde Asterio Bláster me esperaba sentado en una silla de madera, con las manos esposadas reposando en el regazo.
Cuando volví a verlo, sentí una oleada de miedo.
Recordé su aliento en mi cogote y aquella fuerza colosal contra la que yo no podía hacer nada.
Desvié la mirada hacia la agente Azul y ella asintió levemente con la barbilla.
Ese pequeño gesto fue suficiente para proporcionarme la seguridad que necesitaba.
Azul estaría a mi lado. Ella no permitiría que nada malo me ocurriera.
Fue mi amiga la encargada de abrir la cerradura. Me hizo pasar al interior y se quedó de pie en un rincón, con una expresión seria y atenta en el rostro. En la celda había dos sillas. En una de ellas se encontraba el asesino; la otra la ocupé yo.
—Buenos días, Asterio. ¿Cómo te encuentras?
—Mal. Hace tres días me apuñalaron y ahora me han privado de mi libertad. ¿Cómo quieres que me encuentre?
Era lo que parecía: un psicópata. Transmitía un aire agresivo, con los ojos de un azul tan acristalado que parecían transparentes.
Sus cejas gruesas y espesas le daban un aire impulsivo e imprevisible.
Era calvo e iba perfectamente afeitado, probablemente tras aplicarse un tratamiento de depilación permanente, porque ya habían pasado tres días desde el asesinato y ni en la cabeza ni en la cara asomaba el menor indicio de pelo.
El hombre se frotó las manos. Eran unas manos grandes y fuertes, capaces de hacer mucho daño.
—¿Crees que deberías estar en libertad?
—No lo sé. ¿Tú qué crees?
El hombre me sonrió.
Yo le había visto aquella misma sonrisa cada vez que entraba y salía de la casa de mi abuela y él estaba apostado junto a la verja.
Pensé que nunca me gustó, pero supongo que era fácil decirlo entonces, a toro pasado, cuando todo el mundo sabía lo ocurrido.
Sea como sea, noté que intentaba intimidarme y eso me molestó.
No lo consentí. Levanté ligeramente el mentón y lo contemplé con aire analítico, como si yo fuera una científica y él un espécimen raro.
—Mataste a una persona inocente. —Mi voz sonó firme y serena—. ¿Tenías algún motivo?
—No.
—¿Por qué lo hiciste, entonces?
—Me apetecía —dijo el hombre—. En realidad, me apetecía cargarme a la presidenta. Era una fantasía que no podía quitarme de la cabeza desde hacía varios meses. Le daba vueltas constantemente, cada día, y el hecho de verla entrar y salir de su casa casi a diario hacía que el deseo se incrementara.
—¿Estabas resentido con la presidenta?
—Para nada. Siempre he creído que tenemos suerte de contar con una presidenta tan competente.
—Y aun así querías matarla.
—En efecto.
Se creó un silencio tenso.
Me limité a mirarlo con expresión severa. Detrás de él, a su espalda, Azul no podía contener una mueca de espanto. Aquel hombre era la máxima expresión del mal, un mal tan absoluto que no respondía a ningún motivo ni justificación.
Fue el mismo Asterio quien continuó el relato.
—Sí, iba a por la presidenta. Ella era mi obsesión, mi fantasía. Y aquel día había decidido que la haría realidad, aunque sabía de antemano que no tenía ninguna posibilidad de salir airoso de ello. Me atraparíais. Aun así, estaba ansioso por hacerlo. Y entonces vi a aquella acogida, a la criada…
—No era una criada, era la asistenta personal de la presidenta —lo corté.
—Lo que sea. El caso es que, cuando la vi, no pude resistirme. Y ya sabes lo que hice después, Antígona. Tú lo sabes mejor que nadie. En realidad, tuviste suerte de no acabar como la criada…
No aparté los ojos de aquel sociópata; era un cabrón. Nos miramos fijamente. Era evidente que él se sentía cómodo con aquella situación. Le gustaba aquel circo: ser el centro de atención y convertirse en una persona famosa.
—¿Habías matado antes? —inquirí.
—No.
El hombre parpadeó. Supuse que mentía. Más adelante, un analista de lenguaje no verbal corroboraría mi impresión interpretando aquel parpadeo como un signo más que probable de mentira; pero un parpadeo no era una prueba incontestable de nada.
—¿Conocías al hombre que te paró los pies?
—¿Te refieres al puto acogido que me apuñaló por la espalda? —Asterio pronunció las palabras con indiferencia—. No, no lo conozco. De nada.
Traté de concentrarme en adivinar qué había de verdad y qué de mentira en sus palabras.
—¿Cuándo sentiste por primera vez la fantasía de matar? —pregunté.
—No lo sé, creo que siempre ha estado aquí.
—Se colocó el dedo índice en la sien—. Estoy tarado.
Siempre lo he estado. Llevo luchando contra esta mierda desde pequeño.
Sabía que mis fantasías no estaban bien y por eso las ocultaba, pero las tenía dentro de la cabeza jodiéndome cada día.
No podía ser yo mismo. Nunca he podido ser yo mismo.
Hasta hace tres días. Te aseguro que fue liberador…
Otra vez se generó un silencio espeso.
—¿Qué vais a hacer conmigo?
—No me corresponde a mí decidirlo —contesté.
—¿Qué harías tú? ¿Matarme? Tal vez algo peor. Primero me harías sufrir y luego me matarías, ¿verdad? Puedo notar tu odio.
Intenté mostrarme indiferente, pese a que mis pensamientos no se alejaban demasiado de lo que decía.
—Mi abuela siempre repite que no hay que tomar decisiones viscerales —dije—. Está claro que no soy la más indicada para decidir sobre ti. Al fin y al cabo, mataste a Ayhir. Ella era mi amiga y nos queríamos mucho. Difícilmente te lo podría perdonar.
—¿Crees que las personas merecen enfermar y morirse? ¿Por ejemplo, tener un cáncer de páncreas?
No entendí hacia dónde quería ir a parar, de modo que me limité a quedarme callada.
—No hay nada que perdonarle a un enfermo de cáncer —continuó—.
Es solo una víctima, alguien que tiene la desgracia de padecer esa enfermedad.
Nadie elige desarrollar un cáncer de páncreas.
Y nadie elige desarrollar la mierda que siempre ha estado dentro de mi cabeza, te lo aseguro.
La gente normal no ha tenido que lidiar con lo que yo he lidiado.
Estoy enfermo. Llevo toda la vida resistiéndome contra esos deseos y nadie puede hacerse a la idea de lo duro que es.
Tengo muy claro que estoy enfermo y que mi enfermedad es tanto o más injusta que cualquier otra.
—Podías elegir —le recordé—. Podrías haber elegido resistirte a esos deseos. Un enfermo de cáncer no tiene esa elección.
Asterio se encogió de hombros, con indiferencia.
—Lo que de verdad importa es qué hará la sociedad con un enfermo como yo. ¿Me vais a encerrar de por vida? ¿Me vais a matar? ¿Me medicaréis para que no pueda volver a ser una amenaza nunca más?