La mano izquierda Capítulo siete
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Capítulo siete

Por la tarde fui a la comisaría de Policía de Medius en calidad de testigo, aunque tenía también algunos intereses de índole periodística.

El capitán Chapman y la agente Azul me recibieron en la entrada.

—Un vídeo fantástico, Antígona. Nos ha llegado al corazón —me felicitó el capitán refiriéndose a la cápsula que había grabado por la mañana—. Solo he venido para saludarte, pero voy a dejarte en buenas manos. En las mejores manos, de hecho.

Se refería a la agente Azul. Y, en efecto, las dos nos conocíamos mucho.

Medius era el epicentro del Estado, pero también un barrio familiar en el que casi todo el mundo había coincidido con casi todo el mundo en alguna ocasión, y daba la casualidad de que Azul y yo habíamos compartido la misma clase desde la guardería hasta que nuestros caminos se separaron al terminar la secundaria.

—Ven conmigo, Antígona —me pidió Azul, y empezó a guiarme por los pasillos de la comisaría.

Azul me sacaba un palmo de alto y otro de ancho.

Solo llevaba un año allí, pero ya se había convertido en la mano derecha del capitán.

A mí no me extrañaba. No era ninguna exageración decir que Azul había sido diseñada para ser policía.

Alta, fuerte, atlética... Tenía las características físicas perfectas para la profesión, así como otros talentos sumamente útiles: memoria fotográfica, capacidad de cálculo, empatía, perspicacia, valentía y sentido del deber.

Curiosamente, el genetista que la había diseñado era Aquiles, mi padrastro.

Por eso, solíamos bromear llamándonos «hermanastra» la una a la otra.

—Estás muy guapa, hermanastra —le dije mientras caminábamos.

Era cierto. Ese día Azul se desenvolvía con movimientos más femeninos de lo habitual.

—Ha sido por tu vídeo con la presidenta. Me he emocionado. Creo que por eso hoy me he pintado las uñas…

Azul me mostró las uñas de color turquesa y esbozó una sonrisa coqueta.

El género fluido que se le había manifestado ya desde su niñez había sido una petición de sus padres a Aquiles.

Azul era bisexual, una característica muy demandada.

Por el contrario, yo era solo heterosexual y no sentía atracción hacia las mujeres.

Era una de las cosas que, en ocasiones, envidiaba de los diseñados. Me hacía sentir limitada.

—Te he preparado un listado para ver si identificamos al chico que te salvó —me dijo Azul—, pero no será fácil: la lista es larga.

Asentí con la cabeza. El día anterior, cuando Ayhir fue asesinada, yo ya les había proporcionado una descripción de aquel chico, pero no había sido de mucha utilidad.

El aspecto que había descrito no era precisamente excepcional.

El joven era un acogido de entre dieciocho y veinticinco años, con los rasgos raciales propios de los inmigrantes de Pétreas: piel broncínea, ojos muy oscuros, cejas negras (y seguramente también pelo negro), con facciones regulares y agraciadas.

En esa época ya se había establecido el 30 % de población acogida, entre la que abundaba la gente joven.

—Era guapo de cara, pero no sé si podría identifi- carlo… Ya sabes, la sala estaba en penumbra, él llevaba capucha, y yo estaba bajo mucha tensión.

—Solo vamos a intentarlo —me dijo Azul—. Sin presión. Al fin y al cabo, solo queremos darle las gracias por lo que hizo…

Volví a asentir, pese a que tenía serias dudas de que las autoridades se limitasen a darle palmaditas en la espalda.

El chico se había presentado delante de la casa de la presidenta Hera con un cuchillo de carnicero e intenciones poco claras.

Un tirón de orejas se lo llevaría seguro, y cabía la posibilidad de que fuera deportado si la posesión de aquella herramienta no quedaba plenamente justificada.

La lista de posibles sospechosos ascendía a más de ocho mil, una cifra que me pareció inasumible, pese a que el programa de identificación era muy bueno.

Se podía ver en tres dimensiones a los sospechosos y escuchar su voz mientras se presentaban uno tras otro.

«Buenos días, me llamo Taüsar Becjsin». «Buenos días, me llamo Norit Mundaf».

«Buenos días, me llamo…». Enseguida me di cuenta de que era muy difícil que lo identificara.

Ello era debido no solo a la escasa iluminación de la sala, la tensión del momento, la capucha que llevaba el chico y mi mala memoria, sino a un detalle que no reconocería abiertamente, porque era políticamente incorrecto.

Para mí, criada en un barrio como Medius, los acogidos se parecían mucho los unos a los otros y tenía serias dificultades para distinguirlos.

A muchos de ellos era capaz de descartarlos porque no eran lo bastante apuestos como para ser el chico en cuestión, pero dudaba constantemente y no encontraba a ninguno que me recordara a mi salvador.

—Ojalá tuviera tu memoria, Azul —le dije—. Tú ya habrías identificado al chico.

—Lo dudo —contestó la policía, aunque Azul era una diseñada con memoria fotográfica, que solo se quitaba importancia para no resultar prepotente.

Yo supe desde el primer instante que mi amiga llegaría muy lejos como policía y le hice saber que siempre estaría a su lado apoyándola. Sobre todo me alegraba por ella, pero también intuía que podía ser una aliada muy valiosa para mi carrera periodística.

—Hermanastra, ya sé que tienes un corazón muy grande y que no quieres hacerme sentir mal, pero tú eres mil veces mejor que yo con esto —le reconocí—. Y te voy a ser sincera. Eres muy buena en todo, y pienso que lo mejor que le puede pasar a Itaka es que pronto tú estés al frente de la Policía.

—¡¿Por qué lo dices?!

—En solo un año ya te has convertido en la mano derecha del capitán Chapman.

No seríamos muy listos si no aprovechásemos tu talento.

Más pronto o más tarde deberías ser tú quien dirija el cotarro.

Te aseguro que le voy a dar la vara con este tema a mi abuela hasta que te ponga al frente de la Policía de Itaka…

Yo era totalmente sincera y tenía intención de cumplir mi palabra.

Pero no nos engañemos: lo hacía tanto por amistad como por interés personal.

Por su parte, aunque Azul procedía de una familia de trayectoria relevante, no se podía comparar conmigo.

Yo era la mismísima nieta de la presidenta Hera y disponer de mi influencia, para ella, era de lo más goloso.

Traté de estrechar los lazos que nos beneficiaban a ambas.

—Siempre hemos sido buenas amigas, ¿no? Si tú y yo, que nos conocemos desde bebés, no nos ayudamos la una a la otra, ¿quién lo va a hacer? —dejé caer.

Luego seguí viendo caras y escuchando voces de jóvenes acogidos, residentes en Itaka, durante un par de horas.

Descarté muchos perfiles y reservé algunos, porque, a pesar de que no estaba segura de que correspondieran al chico que buscaba, ya empezaba a estar cansada y a desesperar.

Intenté pensar en alguna otra estrategia que nos acercara al objetivo.

—¿No había ninguna cámara en la calle que nos permita identificarlo?

—Algo tenemos —admitió Azul—, pero las imágenes son muy malas.

La seguridad en Itaka era tan alta que la necesidad de tener cámaras vigilando las calles del país resultaba de escasa utilidad.

De hecho, los registros en Sofía —agenda que tenía el 98 % de los ciudadanos— eran mucho más útiles para rastrear delitos que cualquier cámara de seguridad, una tecnología que se había quedado obsoleta y en la que no se había invertido apenas.

De todos modos, al parecer, la policía había mantenido algunas cámaras de seguridad en la calle donde vivía la presidenta.

El instinto periodístico volvió a encender el brillo de mis ojos.

—¿Puedo ver las grabaciones?

Azul suspiró, incómoda por la petición y, a la vez, incapaz de negarse. Traté de ponérselo fácil.

—No voy a publicarlo —prometí—. No voy a publicar ninguna información si antes no me lo autorizas, ¿de acuerdo?

* * *

Al cabo de un rato, pude ver las precarias imágenes que había registrado una solitaria cámara de vídeo en la calle.

El primero en llegar frente a la casa fue el oficial de policía Asterio Bláster.

Llamaba la atención por su físico poderoso: altura imponente y hombros anchos.

Era lo bastante joven como para pertenecer a una de las primeras generaciones de diseñados en Itaka, pero su incipiente calvicie, impropia de un hombre de veinticinco años, lo hacía improbable.

Tener pelo también estaba de moda en aquella época, y los diseñados no se quedaban calvos, y menos aún a los veinticinco años.

—¿Cuánto tiempo llevaba trabajando en la comisaría?

—Solo cuatro meses; yo apenas había hablado con él —contestó Azul—.

Era un militar reconvertido a policía, al que trasladaron a nuestra comisaría por motivos que desconozco.

Lo único que sé es que procede de una familia de militares de tres generaciones, todos ellos afincados en Isla Esperanza, donde él había servido durante los últimos siete años.

—Estaría bien averiguar por qué lo apartaron de Isla Esperanza —sugerí.

—Miraré a ver qué encuentro.

Viendo las imágenes, nada parecía indicar que el agente Asterio Bláster estuviera a punto de perpetrar un escalofriante asesinato.

Como de costumbre, se apostó delante de la casa de la abuela y se limitó a pasear un poco y a saludar amablemente a los peatones que se cruzaban con él.

Durante dos horas el hombre no hizo absolutamente nada fuera de lo normal.

De hecho, apenas dirigía su mirada hacia la casa.

Azul aceleró la grabación para mostrarme el siguiente momento de interés que habían captado las cámaras.

En un margen muy alejado, llegó mi ángel de la guarda.

Llevaba capucha y una mochila colgada en la espalda, y espiaba hacia la dirección de la abuela, como si quisiera ir hacia allí pero no se atreviera.

—El chico que te salvó se quedó ahí escondido durante unos diez minutos —explicó Azul—. Dudaba mucho. Él sí que mostraba un comportamiento errático y nervioso.

La siguiente en llegar fue Ayhir. La reconocí por su forma poco elegante de patinar.

La mujer llevaba un fardo lleno de rosas blancas en la espalda.

En las imágenes se la vio saludar al policía con la mano, sin detenerse, y cruzar la verja rápidamente para entrar en casa.

Me fijé en que Asterio no le quitaba el ojo de encima.

—Me parece que, al verla, sintió el impulso de atacar. Solo esperó tres minutos y fue a por ella.

Azul adelantó un poco más las imágenes hasta el momento en que, finalmente, Asterio Bláster seguía los pasos de Ayhir, abría la verja del jardín, se dirigía hacia el portal y pulsaba el timbre.

Sentí como se me aceleraba el corazón mientras contemplaba las imágenes.

El policía manipuló su comunicador de la nuca, un movimiento que sugería que acababa de apagar Sofía.

A los pocos segundos, el individuo entraba con naturalidad y la puerta de casa se cerraba para impedirnos ver el terrible asesinato que debió de producirse justo después.

—Observando las imágenes, uno tiene la sensación de que a Asterio le daba igual quién entrara por esa puerta, mientras fuera alguien a quien poder asesinar —comenté.

Azul se encogió de hombros.

—Todo apunta a que ese tipo es un enfermo mental.

Aún en la calle, el chico de la capucha se removía inquieto. Se acercó un poco más a la casa y se colocó detrás de un olmo cercano al jardín para poder espiar cómodamente.

Azul volvió a pasar las imágenes a cámara rápida.

—Samuel y tú llegáis al cabo de cincuenta minutos.

—¡¿Solo cincuenta minutos?! ¡¿En menos de una hora tuvo tiempo de matarla, desmembrarla, limpiar y hacer pintadas con la sangre?!

—Un hijo de puta muy eficiente, ¿verdad?

Reviví aquel olor a sangre que me revolvía el estómago, pero mantuve la compostura.

Las imágenes mostraron ahora cómo Samuel y yo entrábamos en la casa.

En el exterior, el chico de la capucha, cada vez más inquieto, había dejado su escondite para acercarse a la verja, pero no parecía atreverse a entrar en el jardín.

Azul volvió a acelerar las imágenes y las detuvo de nuevo cuando Samuel salió corriendo de la casa a toda velocidad.

No había sonido, pero el chico de la capucha debió de escuchar algo poco después, probablemente mi grito de socorro.

—Es raro que estuviera tan preparado, ¿no? —aduje—. Los ciudadanos acogidos vienen de países peligrosos, pero saben que aquí la gente no va armada por la calle…

—Algo tramaba —concluyó Azul—. El 99,99 % de la gente nunca va armada y el 99,85 % tiene siempre a Sofía activada. Creemos que ese chico ni siquiera está vinculado a la aplicación. Está claro que fue allí con alguna intención… sospechosa.

El comunicador de Azul vibró en ese momento. Debía de ser importante. Respondió a la llamada y escuchó durante unos instantes.

—De acuerdo, gracias —dijo finalmente, y cortó la llamada—. Era del hospital. Acaban de darle el alta a Asterio Bláster. Por fin podremos interrogarlo.

Otra vez mi instinto periodístico llamó a la puerta. Era una ocasión de oro.

—¿Crees que yo podría estar presente durante el interrogatorio? —pregunté.

Azul volvió a suspirar ruidosamente.