Capítulo seis
Aquella era mi primera cápsula informativa y yo estaba al borde de un ataque de pánico.
Fïdik me apuntaba con su cámara y la mismísima Victoria Dunas estaba allí asesorándome.
Me temblaban las piernas y el corazón me latía desbocado.
No quiero exagerar, pero casi era peor que cuando aquel psicópata asesino me estrangulaba.
Toda mi vida —o por lo menos desde que cumplí los catorce— había soñado con ser periodista.
Y aquel era mi estreno. Acababan de informarme que mi abuela estaba a punto de llegar a casa y las cámaras empezaron a grabarme.
Yo estaba dentro del jardín. De fondo, la famosa puerta con el lema «TODO PARA EL PUEBLO». Avancé entre los rosales blancos mirando a cámara.
—Nos encontramos dentro del archiconocido jardín de la muy honorable Gloria Hera, lugar en el que en breves instantes la presidenta va hacer acto de presencia; y donde, hace apenas dieciséis horas, el policía y exmilitar Asterio Bláster, encargado de patrullar el barrio de Medius, ha irrumpido para propinarle veintiséis cuchilladas, catorce de ellas mortales, a Ayhir Manzs, la asistente y amiga personal de la presidenta.
En ese momento recibí el aviso por el pinganillo.
—Diez segundos —anunció de pronto la voz de Victoria Dunas.
—Me comunican que la presidenta Hera está llegando a su domicilio personal. Cabe recordar que se hallaba en paradero desconocido y aún no ha realizado ninguna declaración. Trataremos de hablar con ella.
Fui a su encuentro y presencié la llegada de aquella mujer entrada en años, pero que irradiaba vigor. Caminaba a buen paso, con la espalda muy recta y aire orgulloso. Sus facciones eran duras y transmitían firmeza, con su característica nariz aguileña que le otorgaba un carisma tan especial.
La abordé en cuanto puso un pie en el jardín.
—Presidenta, ¿por qué no ha atendido a la prensa hasta ahora? ¿Se siente bien? ¿Algún problema de salud? ¿Está informada sobre los hechos acaecidos?
No contestó. De repente, su expresión, normalmente dura e implacable, se desmoronó.
Se acercó hacia mí y me abrazó con fuerza.
Estaba emocionada. Yo casi no podía creerlo.
Nunca la había visto así. Una lágrima brotó de sus ojos mientras me acariciaba el pelo y colocaba las palmas de sus manos en mis mejillas, contemplándome con una emoción incontenible.
Ni siquiera abrió la boca. Se limitó a volver a abrazarme.
* * *
Aquella cápsula informativa cubriendo el asesinato de Ayhir Manzs fue un éxito colosal y me dio mucha confianza en mí misma, porque la periodista que aparecía frente a la cámara había sido capaz de esconder el terror que la atenazaba y parecer tranquila y serena.
El vídeo ya tenía 10,5 millones de visualizaciones al cabo de dos horas de ser publicado.
¡Casi nada!, especialmente si se tiene en cuenta que en ese momento Itaka tenía una población total ligeramente inferior a dos millones de habitantes, aún lejos de la marca actual, pero en claro descenso respecto a las anteriores décadas de superpoblación.
El caso es que las matemáticas no engañan. Tras dos horas de haber sido publicado, cada ciudadano de Itaka lo había visualizado una media de cinco veces.
¿Por qué los ciudadanos de Itaka vieron el vídeo en bucle?
En mi opinión, varios motivos explicaban el fenómeno.
El primero es que mi estreno, siendo nieta de quien era y compartiendo con mi abuela la misma nariz aguileñ a, despertaba una curiosidad generalizada.
El segundo es que la naturaleza de la noticia, de un interés periodístico de primer orden por su excepcionalidad, se prestaba a un seguimiento masivo.
Y el tercero, y aún más importante, es el abrazo en el que la abuela y yo acabábamos fundiéndonos.
La audiencia estaba acostumbrada a presenciar una versión de la presidenta Hera fría y cerebral y, por primera vez tras varias décadas en el Gobierno, la vieron quedarse sin palabras y ponerse a llorar de emoción.
Entiendo que la escena conmovió a los ciudadanos porque se dieron cuenta de que su reacción era totalmente genuina.
Por supuesto, tras el abrazo, traté de actuar con profesionalidad y volví a preguntar a la presidenta dónde se encontraba mientras se consumaba el asesinato.
—Estaba trabajando para mi pueblo —contestó—. Si bien se trata de un asunto confidencial del que no puedo dar ningún detalle, garantizo a mis ciudadanos que, como siempre, actuaba movida por el bien común.
Y no soltó nada más.
Una hora más tarde, fuera de cámara y ya dentro de su casa, la abuela y yo nos sentamos en el mismo sofá donde Samuel y yo nos habíamos besado.
—¿Y aquel chico? ¿No te ha escrito? —me preguntó.
—Sí, claro —respondí—. Varios mensajes: que si lo siente mucho, que si le gustaría volver a verme, que si lo uno, que si lo otro…
—¿Y qué vas a hacer?
—Casarme con él y tener un hijo —repliqué—. ¿A ti qué te parece, abuela? Me dejó tirada. No habrá una segunda cita… Me están pasando cosas lo suficientemente importantes como para pensar demasiado en él; pero, cuando lo hago, no percibo precisamente sentimientos positivos…
Mis palabras transmitían con precisión mi turbación.
No quería saber nada más de Samuel en toda mi vida, aunque lo cierto era que aquel chico apenas aparecía en mis pensamientos.
La muerte de Ayhir Manzs y mi estreno periodístico me absorbían tanta energía que no tenía tiempo para pensar en él.
A decir verdad, pensaba más a menudo en el misterioso joven que me había salvado la vida que en el mismo Samuel.
—No guardes rencor a ese novio tuyo —me dijo ella—. El rencor no sirve para nada. Hay que actuar siempre con sentido común y sangre fría. Y, hablando de rencor, tu madre va a odiarme eternamente si no te aparto de esta noticia. Cree que te puede dejar secuelas psicológicas…
La gente pensaba que la presidenta Hera no tenía ninguna debilidad, pero eso era mentira.
Yo era su debilidad. Me sentía capaz de convencerla de casi cualquier cosa y le supliqué que protegiera mi carrera periodística.
A regañadientes, se comprometió a no intervenir, pese a que no le apetecía nada tener que aguantar los berrinches de mamá.
En aquel momento mis ojos se desviaron hacia el jarrón lleno de rosas blancas que Ayhir había llevado a casa el día anterior.
—Solo vino a casa para traerte estas flores, ¿verdad, abuela?
—Me siento culpable —confesó—. Se suponía que ella tenía el día libre, pero sabía que me encanta encontrar rosas blancas cuando vuelvo de viaje. Era demasiado buena conmigo. Mi mejor amiga. Y ahora está muerta.
Le di un beso en la mejilla y la abracé. Incluso los líderes más fuertes necesitan un poco de afecto de vez en cuando. Me pareció que le iría bien hablar de otro asunto y cambié de tema.
—Por cierto, ¿no me vas a contar por qué estabas desaparecida?
—No —contestó.
—¿No? —La cogí de las manos y le supliqué con la mirada—. ¿No confías en mí?
Suspiró. Debía de ser un asunto delicado, porque raramente se negaba a contarme sus secretos. De hecho, fue ese asunto el que acabaría destruyéndola muchos años más tarde. Su cautela estaba plenamente justifi- cada.
—Si quieres que te hable de ello, antes tienes que apagar Sofía —me dijo.
Comprendí que tenía que ser algo muy gordo.
Mi IA registraría toda la conversación y, por mucho que confiara en mí, ella no estaba dispuesta a correr ese riesgo.
Si aquella mujer había permanecido tantos años en el Gobierno, no era solo gracias a su buen hacer, sino por saber enterrar algunos secretos.
Por otro lado, el poder era una fuente de soledad inmensa, y tener a alguien cerca con el que compartir esa carga debía de ser un alivio.
A mí me encantaba ser un punto de apoyo para ella, por supuesto.
Siempre he sido muy curiosa. No fue ninguna casualidad que me convirtiera en periodista.
Usé mi comunicador y apagué Sofía ante su mirada suspicaz.
—Ya está: apagado. —Sonreí.
—Antes de empezar, debo asegurarme de que estoy hablando con mi nieta y no con una periodista. Mi trabajo es muy delicado y me obliga a ser discreta y cautelosa. La mano derecha no debe saber lo que hace la mano izquierda, ¿lo entiendes?
Asentí.
—¿Y qué ha hecho tu mano izquierda, abuela?
—He estado fuera del país, donde me he sometido a un rejuvenecimiento de células.
Aquella fue la primera vez que oí hablar de ello. La observé con atención. Parecía la misma de siempre. Una anciana con una salud de hierro, pero, al fin y al cabo, una anciana.
—No pareces más joven…
—Lo sé —contestó—. Sin embargo, por dentro, mi cuerpo es ahora tan joven como el tuyo. Los músculos, los huesos y los órganos, incluido el cerebro, se han rejuvenecido, lo cual significa que ya no padecen ningún síntoma propio de la vejez.
Aluciné.
—¿Tus riñones están bien?
—Mejor que los tuyos.
Abrí la boca un palmo, casi sin poder creérmelo. En esa época, nadie había oído hablar aún de esa técnica.
—Podría haber hecho también que mi aspecto externo fuera más joven, pero no lo he hecho por motivos evidentes.
Aún no se puede hablar de ello y, además, estoy convencida de que mi aspecto maduro me proporciona autoridad.
Eres mucho más guapa que yo, Antígona, pero las arrugas me dan una credibilidad que tú no puedes transmitir a tus veinte años.
—No estoy segura de entenderlo bien —dije—. Eso significa que ya no vamos a…
—No, no vamos a morir; por lo menos, no de viejos —concluyó—. Siempre y cuando no nos ocurra algo tan terrible como a Ayhir.
—¿Entonces yo no voy a morir de vieja? —pregunté.
—Estoy convencida de que no. Estamos a punto de entrar en una nueva era para la humanidad. Nuestra principal causa de muerte es la vejez, y muy pronto el envejecimiento no será más que una enfermedad curable.
La miré con admiración. Esa mujer siempre estaba un paso por delante de todos los demás.
—Intuías que pasaría esto, ¿verdad? —le dije—. Eres genial, abuela. Por eso estás tan obsesionada con reducir la población de Itaka.
—Con reducir la natalidad —me corrigió—. En ese aspecto, siempre he seguido un código ético muy estricto. Mi empeño por reducir la natalidad ha sido el mismo que para reducir la mortalidad. Bajo mi gobierno, la gente tiene mejor calidad de vida y vive más años que nunca antes en la historia.
—¿Me estás haciendo un mitin? —comenté en tono burlón.
—No, no es ningún mitin, al contrario. De hecho, voy a ocultar a los itakenses que ya disponemos de esta técnica porque quiero reducir aún más la población del país.
Yo la admiraba. Y ella buscaba esa admiración. Compartía conmigo su pensamiento político y solía mostrarse muy orgullosa de su obra de gobierno.
—No será fácil encontrar en el espacio exterior un planeta tan confortable como el nuestro —reflexionó—.
Debemos mimarlo y no permitir que los humanos nos convirtamos en una plaga incontrolable.
Pronto la muerte pasará a ser un evento excepcional, de modo que debemos procurar no ser demasiados si queremos que nuestro planeta siga siendo un hogar confortable.
—Prometo no revelar nada de todo esto —le dije—. Sin embargo…
Levantó una ceja, recelosa.
—Sin embargo, ¿qué?
Sabía que aquello no le gustaría, pero yo llevaba el periodismo en la sangre e intuía que el debate que estaba a punto de surgir podría incomodarla.
—En mi opinión, el asesinato de Ayhir Manzs pone en duda la eficacia de la política epigenética que se ha seguido durante los últimos treinta años —afirmé—. Un monstruo como Asterio Bláster no debería existir en nuestra sociedad. Será inevitable que surja el debate.
Se encogió de hombros, probablemente viendo venir la tormenta.
—Haz lo que tengas que hacer y di lo que tengas que decir.
—Lo haré, gracias —aseguré, y le cogí ambas manos—. Esta noticia es un gran reto para mí. ¿Algún consejo?
—Por supuesto —bromeó—. No hagas preguntas incómodas a la presidenta y alaba siempre sus decisiones.
Nos reímos. Era bueno reírse, aunque las nuestras fueran risas mustias y ajadas porque, en el ambiente, flotaba la muerte de Ayhir Manzs.