Capítulo cinco
Me fugué de casa a primera hora de la mañana tras dejarle a mi madre un escueto y cariñoso mensaje en el comunicador: «Al final, he decidido hacer las prácticas.
Deséame suerte. ¡Te quiero!». Era una carrera a contrarreloj para que mamá no pudiera anticiparse a mi inesperado movimiento.
Programé los patines eléctricos y me dirigí a toda velocidad hacia la sede central de la Corporación de Noticias.
El edificio estaba ubicado en el mismo barrio de Medius, a solo diez minutos de casa, y mi comunicador calculó el tiempo que duraría el trayecto para que Servus, el director de la Corporación de Noticias, estuviera al tanto de mi llegada.
El hombre ya me esperaba en el exterior del edificio cuando me presenté en la sede, un detalle que solo podía interpretarse como un gesto de respeto hacia mi abuela.
Desactivé los patines y di los últimos pasos hacia él andando con una sonrisa cordial en los labios.
—Estaba convencido de que no vendrías —me saludó, cogiéndome las manos con aire preocupado—. ¿Seguro que quieres empezar hoy?
—Segurísimo —le dije—. Y voy a venirte muy bien. Nadie ha estado más cerca de la noticia que yo…
Los dos ya nos conocíamos. La abuela nos había presentado en alguna fiesta y había propiciado varias conversaciones entre nosotros durante los últimos años, desde que yo había manifestado insistentemente la voluntad de ser periodista.
Mi abuela nunca quiso que lo fuera. De hecho, trató de convencerme de que siguiera otro camino, tal vez pensando en algo que resultara más útil para su Gobierno, pero nunca lo consiguió.
En eso fui tan tozuda que al final acabó aceptando mi vocación, imagino que con la esperanza de que ya encontraría más adelante la forma de reconducirla.
Servus suspiró ruidosamente y se dirigió hacia el edifico, con los hombros caídos y las manos detrás de la espalda. Siempre caminaba un poco encorvado, como si intentara disimular lo alto que era.
—Había decidido mandarte a un barrio de la periferia para preparar un documental —reconoció—. ¿No querías recopilar historias de acogidos en Nueva B?
—Tú lo has dicho: quería . Pero ahora la noticia es otra —contesté.
—Aún no has acabado la carrera y estás empezando las prácticas —dijo él—. Eres ambiciosa y atrevida, eso está bien, pero solo tienes veinte años y esta noticia es demasiado grande para ti…
—Soy perfecta para el puesto: presencié los hechos, conocía a la víctima y puedo conseguir entrevistas de gran interés, como, por ejemplo, con la presidenta del Gobierno.
—Nadie sabe dónde está tu abuela…
—¿Y quién será la primera en saberlo? ¡Pues yo misma! —aseguré—. Porque lo primero que hará cuando se entere de todo este jaleo será llamarme para saber cómo estoy…
Los que conocían bien a mi abuela sabían que eso era verdad.
Siempre fui la niña de sus ojos, y yo estaba dispuesta a aprovecharme de ello.
No me gustaba la idea de enamorar a un chico por el hecho de ser la nieta de la presidenta, pero no tenía ningún reparo en aprovecharme de la circunstancia para presionar a Servus y así conseguir mis objetivos laborales.
Servus bufó incómodo. Yo me mostraba muy segura de mí misma, y él ya debía de intuir que mi juventud podía seducir al gran público. Sin embargo, también tenía miedo de involucrarme en un caso tan delicado e incomodar a mi abuela. De repente, sus ojos se posaron en el comunicador. Tenía una llamada.
—Es tu madre. —Un destello de miedo cruzó su semblante.
—¡Espera, no contestes, por favor! —Le presioné el antebrazo y le hablé en susurros, muy rápido—.
Ya te aviso que estará muy nerviosa y que te va a pedir que me mandes a casa.
Tú dile a todo que sí, que estás de acuerdo, aunque de momento tengo que quedarme porque le prometiste a la presidenta que me tendrías aquí, pero que, en cuanto la jefa llame, me mandarás a casa.
—Antígona, no puedes decirme lo que tengo que decirle a tu madre…
—Solo es un consejo, un buen consejo —insistí—. Dile eso y ya me encargaré yo de hablar con mi abuela luego. Ya verás como no hay ningún problema…
El hombre negó con la cabeza y se apartó de mí unos metros con su habitual pose encorvada para responder a la llamada. Yo no las tenía todas conmigo. Esta vez no se trataba de un capricho infantil y no estaba segura de poder salirme con la mía.
Estudié los movimientos de Servus con atención.
Él me dio la espalda y empezó a hablar con mi madre con la cabeza gacha.
No pude escuchar lo que decía, pero prácticamente no abrió la boca en toda la conversación.
Era un señor de pelo gris y aspecto gris, el tipo de persona que resulta creíble cuando cuenta una noticia.
Tampoco parecía ser de los que se atreven a dar un paso en falso.
Probablemente había sido la prudencia la que lo había mantenido al frente de la Corporación durante los últimos doce años.
Me dio mala espina verlo tan callado e imaginé que mi madre se lo estaría comiendo con patatas.
Tras unos pocos minutos, el hombre se acercó hacia mí, atusándose el bigote y llevándose las manos detrás de la espalda.
—Vas a ser la cara de la noticia. O por lo menos vas a serlo mientras tu abuela no diga lo contrario…
Pegué un salto de alegría.
No me lo esperaba, la verdad.
¿Así de fácil?
Le di un abrazo, y al hombre se le escapó una sonrisa mientras trataba de mantener su pose seria y brindarme un trato profesional.
—Vamos, ven conmigo, Antígona. Te presentaré al equipo.
Yo ya había estado allí varias veces y conocía bien el edificio y a su gente. Mi cerebro era un cóctel de mil emociones, desbordado por la cantidad de estímulos que había recibido durante las últimas veinticuatro horas: nervios, alegría, tristeza, miedo, horror y euforia.
Entré en el edificio junto a Servus y empecé a saludar a mis nuevos compañeros.
—Todos nos alegramos de que estés bien —me decían los periodistas—. Estamos a tu disposición, Antígona.
Yo sonreía y les daba las gracias, amable y cordial con todo el mundo.
—Va a ser la cara de la noticia, ¿de acuerdo? —repetía Servus, y todos se mostraban encantados con ello.
Mi abuela me había preparado para una situación similar.
Me había dicho que la gente zumbaría a mi alrededor regalándome los oídos y adulándome, pero que eso no significaba que todos fueran sinceros.
En realidad, muchos me envidiarían y me odiarían en secreto mientras me dedicaban sonrisas serviciales y palabras amables.
Sin embargo, yo estaba segura de que aquello no era lo que estaba pasando en ese momento.
Soy empática. Siempre lo he sido. Y soy buena interpretando los sentimientos de la gente.
Lo cierto era que unas horas antes un psicópata asesino había estado a punto de matarme y yo ya estaba allí, al pie del cañón, preparada para informar a los ciudadanos de lo que había ocurrido.
Noté que, a ojos de todos esos compañeros, yo no era una enchufada, sino una chica fuerte y valiente que acababa de ganarse su respeto.
Servus me proporcionó un despacho propio, un lujo impensable para una joven en prácticas que no fuera la nieta de la presidenta.
También me asignó a Fïdik, su mejor cámara, e hizo llamar a Victoria Dunas, a quien sus amigos llamaban Vicky, para que me asistiera y me apoyara.
¡A Victoria Dunas! Esa mujer era un referente para mí.
No tuve tiempo ni de decirle lo mucho que la admiraba porque fue entonces cuando recibí la llamada.
—Lo siento, tengo que contestar —me excusé—. Es mi abuela…