La mano izquierda Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Yo sentía una gran admiración por mi abuela. Reconozco que, en cierto modo, también admiraba a mi madre, pero nada comparado con mi abuela. Mi abuela era Gloria Hera, la gran presidenta de Itaka, una mujer que había salvado al país gracias a una política brillante y a un firme liderazgo.

Sin embargo, sabía que también mi madre había estado implicada en la política, aunque su paso por el Gobierno fue fugaz.

En su momento, antes de que yo naciera, estuvo al frente del Ministerio de Alimentación.

Al parecer, hizo un trabajo espléndido, pero solo duró cuatro años y entonces anunció que se iba al sector privado.

¿Por qué? Según la abuela, mamá descubrió que, en la política, aunque se tengan las mejores intenciones y se consigan resultados magníficos, uno a veces tiene que exponerse a críticas injustas, y ella no soportaba que la criticaran; siempre quería que todo el mundo la amara y la adulara.

Mi madre, la flamante ministra Séyer Hera, tuvo el emocionante honor de prohibir de forma definitiva la ganadería tradicional en Itaka.

No obstante, recibió muchas críticas por ello.

Había nostálgicos que creían que había que seguir matando animales para alimentarnos, aunque no tuviera ningún sentido, porque nuestra tecnología ya nos permitía clonar sus células en los laboratorios y obtener el mismo resultado sin recurrir a la ganadería tradicional, es decir, sin contaminar, sin consumir tanta agua ni esclavizar y sacrificar a millones de animales.

Por supuesto, ya no quedaba ni un solo crítico de los que se encarnizaron con ella, y no porque ya estuvieran muertos, sino porque todos acabaron por comprender que la ganadería tradicional había perdido su razón de ser y que la alternativa era mejor por motivos éticos, económicos y medioambientales.

Según la abuela, mamá, a pesar de aquel acierto político tan apabullante, se sintió incómoda por las críticas y buscó el prestigio social en el sector privado, fundando su propio laboratorio cárnico.

Ganó mucho dinero con ello y exportó sus conocimientos a países extranjeros a cambio de otras tecnologías que han resultado cruciales para el progreso de Itaka.

Entre sus grandes creaciones, se encuentra el filete de vaca Wagyu.

Durante la primera mitad del siglo xxi había que viajar a Kobe (Japón), para degustar un manjar tan exquisito y nutritivo, que, además, era extremadamente caro.

Ahora no hay ni un solo ciudadano de Itaka (y de otros muchos países aliados) que no pueda permitírselo por lo menos una vez a la semana.

Oficialmente, mi comida preferida era el filete de Wagyu (en parte, para complacer a mamá).

Aquella noche, después del terrible asesinato de Ayhir, yo estaba tan acongojada que mi madre quería mimarme a cualquier precio y, para animarme un poco, decidió cocinar mi plato favorito: unos filetes de Wagyu.

No cayó en la cuenta de que, pocas horas antes, yo había entrado en la cocina de la abuela y me había encontrado un antebrazo humano cortado de cuajo en la encimera.

—Lo siento, mamá, tengo el estómago cerrado —me disculpé—. Prefiero no comer nada hoy.

Ella no insistió y tampoco cenó nada aquella noche, preocupada por mí.

—¿Se sabe algo de la abuela? —pregunté.

—Nada —contestó mamá con su habitual resentimiento hacia ella—. Se acaba de producir el crimen más monstruoso de los últimos treinta años en Itaka y nadie sabe dónde está la presidenta del país.

Aquiles, mi padrastro, fue el único que comió un poco aquella noche.

Cenó un filete con verduras y se reunió con su esposa y conmigo en la terraza para tomarse una copa de vino.

Vivíamos tan cerca los unos de los otros que, desde nuestra casa, podíamos ver el jardín de la abuela.

Todo estaba tranquilo, como cada noche, aunque un discreto agente de policía hacía guardia frente a la verja.

—Me ocuparé de llamar a la Corporación de Noticias para informarles de que no estarás disponible para mañana, ¿de acuerdo? —dijo mi madre.

Creo que aún no lo he contado. Se suponía que al día siguiente iba a empezar mis prácticas de periodismo.

Era un día que tenía marcado en el calendario de mi agenda Sofía desde hacía un montón de tiempo y que me hacía una ilusión bárbara.

Acababa de cumplir veinte años y estaba a punto de empezar mis prácticas profesionales.

No quiero decir que estudiar en el instituto y en la universidad no hubieran sido experiencias útiles, pero ahora la cosa se pondría interesante de veras.

Ejercería mi verdadera vocación: el periodismo.

Por fin. Y me sentía totalmente preparada para ello.

—Puedes caer en la tentación de pensar que has tenido mala suerte —continuó mi madre—. Y no es así en absoluto, cariño. Hoy has vuelto a nacer. Tienes suerte de estar con nosotros, de seguir viva, y posponer tus prácticas en la Corporación solo es un pequeño inconveniente…

Vale, había vivido una «experiencia traumática». Todo había pasado apenas hacía unas horas y mi mente no debía de haber asimilado lo bestia que había sido todo, pero yo no contemplaba ni por un instante posponer lo que llevaba tanto tiempo esperando.

—Sí, me siento muy afortunada de seguir con vida —dije—, acaban de asesinar a Ayhir y sabemos que el objetivo era la abuela. No puedo quedarme de brazos cruzados. Soy periodista.

Aquello no le gustó. Mi madre arrugó ambas cejas, contrariada.

—Bueno, ya tendrás tiempo de ser periodista, Antígona —me replicó—. Todos queríamos a Ayhir, pero ya no podemos hacer nada por ella. Y en cuanto a tu abuela, no necesita que la salves, te lo aseguro: sabrá guardarse las espaldas…

Negué con la cabeza, preocupada. Lo que me pedía era algo que iba en contra de mis convicciones.

—No puedo quedarme en casa. Precisamente ahora no. Tengo la impresión de que el asesinato de Ayhir será recordado durante mucho tiempo. Pasarán las décadas y la gente, en las fiestas, aún me preguntará: «¿Dónde estabas cuando asesinaron a Ayhir Manzs?».

—Y tú podrás contestar que te enfrentaste al asesino…

—Pero voy a ser periodista —objeté—. Me enfrenté al asesino y al día siguiente me quedé en casa en vez de explicar al mundo lo que había ocurrido, pese a haber tenido el privilegio de presenciar los hechos…

—¡¿Privilegio?!

—Ya me entiendes —dije—. Una periodista comprometida con su profesión no se puede quedar en casa descansando después de que se produzca una noticia tan relevante.

Todos estamos acostumbrados a escuchar las historias terribles que nos cuentan los acogidos sobre Pétreas, pero aquí en Itaka no sucede nunca nada.

En este momento, como periodista, soy necesaria.

¿Cuándo volveré a ser tan necesaria como ahora?

—Espero que nunca. Casi pierdo a mi hija… —Mi madre se giró hacia Aquiles en busca de apoyo—. ¿Y tú qué opinas?

El hombre aún no había abierto la boca. De reojo, comprobó que su esposa, partidaria de mi reposo, le dedicaba una mirada inquisidora. Tomó un sorbo de la copa de vino y buscó las palabras adecuadas antes de hablarme.

—Yo creo que durante los últimos veinte años han acaecido cosas más importantes en Itaka que este asesinato, pero estoy de acuerdo contigo en que esto será muy recordado, sobre todo porque es una noticia muy mala.

El Gobierno de tu abuela nos ha acostumbrado a cosas buenas y, por eso, este asesinato permanecerá en nuestra memoria, Antígona.

Es normal que quieras abordarlo. Sin embargo, tanto médicos como terapeutas te han recomendado reposo. Y la salud es lo primero.

Me froté el puente de mi nariz aguileña con los dedos, pensativa, y decidí darle una vuelta de ciento ochenta grados a mi estrategia.

—De acuerdo, tenéis razón: haré reposo.

—Bien. —Mamá sonrió y me frotó la espalda, complacida.

Había mentido, por supuesto. Es más, no tenía ninguna intención de esperar a la mañana siguiente para ejercer como periodista y empecé mi labor en ese preciso instante.

—Como editor genetista que eres, ¿qué opinas del asesinato? —le pregunté a Aquiles.

En realidad, mi padrastro era algo más que un simple editor genetista.

Ya de por sí, los escasos editores genetistas del Estado ostentaban cargos públicos muy elitistas, pero el caso de Aquiles era especial.

Él era un pez gordo. Estaba considerado como el mejor editor genetista de Itaka y llevaba más de treinta años en el Gobierno de mi abuela como ministro de Natalidad. Casi nada.

El hombre dio otro trago a la copa de vino.

—Todos somos asesinos potenciales —explicó—.

Todos, absolutamente todos, podríamos llegar a recurrir a la violencia y al asesinato para sobrevivir, pero aquí todo apunta a un perfil psicológico desviado.

Me falta información, pero parece que no solo estamos ante un asesinato a sangre fría, sino ante un asesinato con encarnizamiento.

—¿Se podría haber evitado un comportamiento así desde la epigenética? —inquirí.

—Estoy convencido de ello —contestó él—.

Hay pocos perfiles psicológicos capaces de llevar a cabo un acto tan deleznable, y nuestros conocimientos de genética nos permiten detectarlos en la cadena de ADN y modificarlos para que nunca desarrollen una desviación tan…

espeluznante. Puedo poner la mano en el fuego al afirmar que, bajo ninguna circunstancia, ni uno solo de los diseñados que hemos criado en Itaka durante los últimos treinta años sería capaz de cometer una atrocidad tan extrema, porque vetamos las personalidades psicopáticas, sociopáticas y perversas.

Asentí con la cabeza, pensativa.

Ya os he dicho que yo no fui diseñada, pese a haberme criado en el barrio más excelso y prestigioso del país, donde la mayoría de mis compañeros de generación sí lo fueron.

Aquella situación nunca había sido fácil de digerir para una hija natural como yo.

Mis amigos íntimos tenían capacidades mentales, físicas, estéticas y sensoriales muy superiores a mí, así como una personalidad y un carácter que les permitían adaptarse mejor a la sociedad.

De hecho, si yo hubiera sido una hija diseñada, me habría quedado en casa guardando reposo.

Por el contrario, yo había tenido muy claro en todo momento que, a la mañana siguiente, acudiría a la sede central de la Corporación de Noticias para empezar mi carrera periodística.