Capítulo tres
Como no podía ser de otra forma, las autoridades me atendieron con mucha deferencia.
Los médicos me examinaron y, salvo el contundente golpe que me había llevado en la nuca, no tenía ninguna lesión remarcable.
Me inyectaron nanorrobots y me proporcionaron analgésicos para aliviar el dolor.
Estaba perfectamente, por lo menos a nivel físico.
Emocionalmente, estaba más afectada. Me había llevado un susto terrible, pero eso tampoco era lo peor.
Lo peor era que se había cometido un crimen en la mismísima casa de mi abuela y que había un muerto.
Una muerta, probablemente. Nadie me lo había confirmado, pero sospechaba que se trataba de Ayhir, la entrañable asistenta personal de mi abuela, una mujer cercana y encantadora a la que yo conocía desde que tenía uso de razón.
¿Quién podía ser sino ella? Solo había dos personas autorizadas a entrar en casa de la presidenta Hera. La primera era yo; la segunda, Ayhir.
Me trasladaron a comisaría sin que nadie confirmara mi sospecha.
Allí fui tratada con mucha consideración por el capitán Chapman y con un cariño especial por la agente Azul, gran amiga de mi infancia y gran persona, que me hizo sentir protegida en todo momento.
Los dos me interrogaron con delicadeza, una delicadeza que aún fue más exagerada si cabe por la aparición en escena de mi madre.
Lo primero que escuché fueron sus tacones avanzar rápidamente por el pasillo de la comisaría.
—Disculpe, señora, no puede acceder a… —intentó detenerla un agente.
Pero mi madre era un tornado y arrasó sin ninguna contemplación al incauto agente que osaba cortarle el paso.
—¡Me llamo Séyer Hera! —dijo poniendo sumo énfasis en su apellido—. ¿Tiene algún inconveniente en que me reúna con mi hija? ¿Cómo se llama usted, agente?
No pude ver lo que ocurría, pero sí escuché al agente responder a la pregunta con un hilo de voz apenas audible. Casi al instante, mi madre irrumpió en la sala y fue hacia mí para darme un abrazo.
—Estoy bien, mamá —la calmé.
Ni el capitán Chapman ni la agente Azul parecieron contrariados por la irrupción de mi madre.
En realidad, ella no necesitaba recurrir al apellido de la abuela para tener autoridad porque era bien conocida por la sociedad itakense, especialmente en Medius, nuestro barrio.
Además, a su capacidad de mando natural se añadía aquella repentina transformación en madre coraje que la convertía en un vendaval.
Yo ya no estaba en peligro, era cierto, pero había estado a punto de ser asesinada por un homicida de verdad, de esos que solo aparecen en las películas antiguas.
—Estoy bien, mamá —repetí ante al escepticismo de su mirada.
La mujer ignoró mis palabras y volvió a abrazarme. A continuación, tomó una silla, se sentó y se apoderó de una de mis manos.
—¿Recuerdas algún otro detalle, Antígona? —El capitán Chapman prosiguió el interrogatorio con aire cohibido, intimidado por la presencia de mi madre.
—Nada más —aseguré.
Había sido muy precisa en las respuestas gracias a los datos registrados en Sofía.
Ambos policías me felicitaron por mi sangre fría tras sufrir una experiencia que calificaron de «traumática».
A decir verdad, también tanto el capitán Chapman como la agente Azul mantuvieron el tipo de forma admirable.
La vida de un policía en Nueva B, especialmente si operaba en el barrio de Medius, era plácida por definición, y los dos mostraron un aplomo remarcable al enfrentarse a aquella repentina e inesperada explosión de violencia que, para más inri, salpicaba a la más alta esfera política del Estado.
—¿Te están atosigando, cariño? Creo que deberíamos dar ya por terminada esta charla… —sugirió mamá.
—No tengo más preguntas —dijo el capitán levantándose de la silla—. Su hija es muy valiente y nos ha sido de mucha utilidad.
El capitán estrechó la mano de mamá para dar por concluido el interrogatorio, pero yo había anotado un total de tres preguntas en mi agenda Sofía y no quería irme a casa sin conocer las respuestas. Permanecí sentada en la silla.
—¿Y Samuel? ¿Habéis hablado ya con él?
Mi madre lanzó un bufido de desprecio antes de que mi amiga, la agente Azul, respondiera a la pregunta.
—Ha corroborado tu versión, Antígona —explicó ella—. Escapó muy rápido y se le ha tomado declaración en otra comisaría, fuera de Medius.
—¡Qué chico tan valiente! —comentó mi madre—. Supongo que se le va a juzgar por un delito de omisión de socorro, ¿no?
—El joven ha cumplido estrictamente con el protocolo: avisar a la policía y huir lo más lejos posible. No podemos reprocharle nada.
—¿Le darán una medalla al valor, entonces? —Los ojos de mamá chispearon con furia, retando al capitán a que se atreviera a replicar.
—Mamá… —intervine. Yo también estaba decepcionada con Samuel, pero era consciente de que el chico había hecho lo correcto.
Mi madre se mordió la lengua y se cruzó de brazos.
—El otro chico, el acogido, el que llevaba capucha y me ayudó… —continué—. ¿Se sabe algo de él?
—Nada —informó el capitán—. Ha desaparecido. Suponemos que llevaba guantes, porque no hay huellas en el cuchillo que utilizó para atacar al asesino. Además, no encontró el arma en la casa, sino que ya la llevaba encima…
—A ese sí que lo vais a encerrar, ¿verdad? ¡Al que ha salvado a mi hija sí que lo vais a juzgar! Ese pobre chico hace muy bien en esconderse…
—Llevaba un cuchillo —contestó el capitán con paciencia—. Queremos saber qué hacía en el lugar de los hechos armado con un cuchillo, solo eso.
Esta vez la implacable Séyer Hera no objetó nada, y el capitán, tan ansioso de escapar del lugar como lo había estado Samuel en su momento, dio un paso hacia la puerta de salida.
Pero de las tres preguntas apuntadas en mi agenda Sofía, la tercera era la más importante. En realidad, era una pregunta que no necesitaba tener anotada porque era imposible olvidarse de ella.
—¿La víctima es…, es Ayhir?
—Sí —respondió el policía con aire grave—. El cuerpo de la difunta pertenece a Ayhir Manzs, la asistente personal de la presidenta.
—La asistente y su mejor amiga —añadí yo—. Realmente, era una más de la familia…
—Lo era —confirmó mi madre, y volvió a aferrarme la mano.
Me di cuenta de algo. Probablemente a ella le sabía mal la muerte de Ayhir, pero lo que de verdad le había angustiado era que yo, su hija, hubiera estado en peligro. Supongo que no podía culparla por ello.
—Hemos comprobado que Ayhir tenía el día libre hoy —explicó Azul—. Creemos que se pasó por la casa solo para dejar unos ramos de rosas blancas.
—¿Y el asesino? —volví a preguntar—. ¿Se confirma que su objetivo era matar a mi abuela?
El policía se encogió de hombros.
—Así se deduce tanto de tu testimonio como de las pintadas…
—¿Pintadas? ¿Hay más de una?
—Hemos encontrado una segunda pintada en el espejo del vestidor de la presidenta Hera. Esta sí estaba terminada: «HAS TENIDO SUERTE, PRESIDENTA. LA PRÓXIMA VEZ TE ENCONTRARÉ. TE DEJO UN REGALO EN LA NEVERA».
—¿Y dejó algo en la nevera?
Esta vez el policía bajó la mirada, dubitativo, incapaz de mirarme a los ojos. Los labios le temblaban y tragó saliva con dificultad. De seguro que el hombre había investigado en persona la escena del crimen y la experiencia no había sido precisamente agradable.
—Mi hija le ha hecho una pregunta —insistió mi madre.
—El asesino llamó a la puerta de casa y Ayhir Manzs cometió el error de abrirle.
Él la golpeó, la… —el hombre dudó un instante, con la mirada perdida—, la mató y la descuartizó.
Tras cortar el cuerpo en pedazos, introdujo todo lo que pudo dentro de la nevera y utilizó su sangre para hacer las pintadas…
Me las arreglé para mantener la serenidad, pese a que reviví la escena.
El recuerdo de aquel antebrazo cortado sobre la encimera era nítido, así como la voz grave, los ojos acristalados y la respiración entrecortada, tal vez también excitada, del asesino mientras me tenía inmovilizada.
Sin embargo, el recuerdo más vívido era el de aquel olor metálico —a sangre— que impregnaba la escena.
Cada vez que lo evocaba, sentía ganas de vomitar.
—¿Ha muerto él? —pregunté.
—No, sigue vivo…
—El protocolo nos obliga a prestar asistencia médica a todo el mundo —murmuró el capitán, como si necesitara disculparse por ello.
Me froté la cara con las dos manos y asentí con la cabeza, tratando de pensar fríamente.
«Es bueno que esté vivo», reflexioné.
En mi opinión, estaba claro cuál era la pregunta que aquellos hechos tenían que generarnos a todos nosotros como sociedad: ¿cómo era posible que hubiese ocurrido un crimen tan monstruoso?
Y había que averiguar la causa.