Capítulo dos
—Esto no me gusta —susurró Samuel—. Hay que marcharse…
—¿Está pintado con sangre? —pregunté en voz alta—. ¿De dónde ha salido esa sangre?
HAS TENIDO SUERTE, PRESIDENTA.
LA PRÓXIMA VEZ TE ENCONTRARÉ.
TE DEJO UN REGALO EN LA NEV
Estaba aturdida, confusa por la tensión y con las pulsaciones disparadas.
Me pregunté qué significaba la palabra «NEV» y me di cuenta de que el segundo palo de la «V» era más corto que el primero, lo que sugería que el intruso había dejado de escribir a media frase.
Lo habíamos interrumpido en su tarea. Comprendí que el autor podía seguir en la casa y que debía de ser el responsable de haber encerrado a Rasputín en el lavabo.
Mi primera reacción fue coger una escultura metálica que tenía al alcance y blandirla con la mano derecha.
—Vámonos de aquí. —Samuel reculó hacia atrás—. He avisado a la policía a través de Sofía.
El miedo hizo que su voz sonara con un timbre agudo.
Pero estaba haciendo lo correcto. Samuel, como diseñado, reaccionaba de la manera más lógica ante una situación de hipotético peligro.
Había proporcionado a la policía su localización para que pudiera investigar un más que probable allanamiento de morada y ahora procedía a largarse del lugar de inmediato.
Impecable trabajo el del genetista que lo había diseñado.
Sin embargo, yo no era una diseñada. Mi embrión había sido seleccionado y limado para evitar enfermedades graves o deformidades físicas, pero mi reacción ante aquella situación de peligro no fue la más adecuada.
Los no diseñados podemos decidir, desde la tranquilidad de un sofá, cómo actuaríamos ante una determinada circunstancia; pero la íntima verdad es que, ante una situación de estrés, no somos capaces de predecir cuál será nuestra reacción.
—¡Vámonos, ya! —insistió Samuel—. ¡Puede ser peligroso!
—Sigue en casa —contesté—. Y aún no sabemos qué ha hecho…
—¡Vámonos ya! —repitió.
Me irritó su voz aguda y su actitud histérica.
—¡Lárgate tú si quieres! ¡Yo me quedo! —exclamé enérgica.
—¡Maldita loca! —masculló Samuel entre dientes, y se alejó corriendo.
Me quedé sola en un acto de cabezonería absurdo, lo sé. También sé que he heredado algunos de los peores defectos de mi abuela: una tendencia natural a no retroceder ante el peligro, a actuar de forma excesivamente audaz y temeraria, y a no aceptar nunca una derrota.
Mi comportamiento fue estúpido, aunque no completamente irracional.
Alguien había irrumpido en mi casa —sí, la casa de mi abuela también era mi casa—, y había usado sangre para pintar la puerta de la cocina.
¿De dónde había salido esa sangre? La pintada en la puerta sugería que no pertenecía a mi abuela, pero no había ninguna certeza que acreditara un acto de violencia consumado e irreversible.
Me quedé de pie en medio del pasillo durante unos instantes.
Mi corazón latía a un ritmo endiablado y aferré con fuerza la escultura metálica con la mano derecha.
Agudicé los oídos. Sonó un portazo lejano.
Era Samuel, escapando de casa. Tras ello, solo silencio.
Un silencio muy tenso. Yo sabía pelear. Había practicado artes marciales desde niña y tenía nociones de defensa personal.
Avancé por el pasillo silenciosamente, sin hacer el menor ruido, y me detuve delante de la puerta.
Con la mano izquierda la empujé suavemente.
Allí el olor metálico era más intenso y reprimí una arcada.
No había nadie dentro, una impresión que parecía confirmar la única ventana abierta de la cocina.
El intruso debía de haber escapado a través de ella.
Di un par de pasos en el interior de la cocina y mis ojos detectaron un objeto inesperado en la encimera.
Mi cerebro tardó unos instantes en asimilar que había un antebrazo humano cortado de cuajo reposando en un charco de sangre que goteaba sobre el suelo.
Me froté los ojos con la manga izquierda y entonces recibí el golpe por la espalda, en el cogote.
El batacazo hizo que me desplomara de rodillas en el suelo, pero no perdí el conocimiento.
El agresor no me dio tiempo a reaccionar, inmovilizándome por la espalda y presionándome el cuello con el antebrazo.
Al instante, empezó a faltarme el aire y mi mano derecha dejó caer la escultura metálica.
El metal tintineó mientras yo forcejeaba, lanzando codazos y tratando de morder sin éxito el antebrazo que me atenazaba.
—Creía que serías ella —dijo una voz masculina, susurrándome al oído.
Con lo de ella se refería a mi abuela, por supuesto.
Girando la cabeza, conseguí ver su aspecto. Aunque joven, el hombre era completamente calvo. Y muy alto. Y muy fuerte. De nuevo, traté de golpearlo con el codo, pero el individuo me tenía bien sujeta y la diferencia de peso entre los dos hacía imposible que pudiera zafarme de él.
—¡Pero si tú eres la nieta! —continuó con voz tranquila, como si mantenerme dominada no le supusiera ningún esfuerzo—. ¡Qué mala suerte has tenido de toparte conmigo, cariño! En fin, así es la vida…
Me di cuenta de que lo conocía. Era uno de esos policías ornamentales que a menudo se apostaban delante de la casa de la presidenta vistiendo uniformes elegantes y que saludaban a todo el mundo con una sonrisa en el rostro.
Yo debía de haberle dado las buenas tardes decenas de veces cuando visitaba a la abuela.
Lo que estaba claro era que el hombre disfrutaba.
Resoplaba de placer. Aflojó levemente la presión sobre mi cuello y me permitió tomar una bocanada de aire, como un gato que no ejecuta a su presa porque quiere seguir divirtiéndose.
—Yo la esperaba a ella, pero supongo que también me lo puedo pasar bien contigo, ¿no crees?
Algo ocurrió en ese momento. De repente, noté que la presión del antebrazo sobre mi cuello menguaba y aproveché para golpearle con el codo usando las pocas fuerzas que me quedaban y rodar por el suelo hasta escurrirme de la inmovilización.
El policía no intentó detenerme. Se había quedado quieto, con una tos agónica y los ojos, de un azul cristalino, abiertos de par en par.
Se llevó la mano derecha a la zona lumbar de su espalda, donde abundante sangre manaba de la reciente herida.
Sorprendida, levanté los ojos y vi que no estábamos solos.
Había un chico joven, más o menos de mi edad, temblando y con la respiración entrecortada.
Aún tenía en la mano el cuchillo que acababa de usar.
Llevaba una capucha negra, pero pude verle el rostro de piel cobriza y los ojos muy negros, como pozos sin fondo.
—¿Estás bien? —La voz del chico sonó asustada.
Tanto el acento como el aspecto físico sugerían que era un acogido.
—Gracias —musité—. ¿Quién…, quién eres?
Todo era confuso, pero yo ya era consciente de que acababa de salvarme la vida. No obstante, su reacción no fue la de un héroe salvador, sino la de un criminal al que acaban de atrapar delinquiendo. Dejó caer el cuchillo al suelo y reculó hacia atrás, dispuesto a escapar.
—Espera… —traté de detenerlo, pero no me prestó atención y salió corriendo a toda velocidad.
A mi lado, el policía que había estado a punto de matarme se arrastraba con movimientos agónicos. Ya no era una amenaza y probablemente moriría a causa del apuñalamiento.
Volví a sentir que se me revolvía el estómago.
Me levanté del suelo casi sin fuerzas, como si los minutos de intensa adrenalina me hubieran dejado extenuada.
No quería mirar a mi alrededor y ver los restos de aquella escena macabra.
Solo quería alejarme del lugar. Salí de la cocina con la cabeza gacha, sin apenas levantar los pies del suelo.
Rasputín empezó a seguirme hacia fuera, maullando escandalosamente.
Crucé el salón y me dirigí hacia la salida.
La puerta que conducía al jardín estaba abierta de par en par.
Yo tampoco cerré al salir. Sencillamente avancé por el césped, me dejé caer de rodillas en el suelo y vomité entre los emblemáticos rosales.
Aquellos hechos, totalmente excepcionales en Itaka, estaban a punto de cambiar para siempre el curso de nuestra sociedad.