Capítulo uno #2
—Si puedo serte franco, la presidenta Hera y sus ideales son los que han inspirado siempre mi vocación.
Hay que devolverle a la naturaleza todo el espacio que la humanidad le ha arrebatado, y eso solo puede conseguirlo la arquitectura deconstructivista.
Yo considero que tengo mucho que aportar en este campo porque…
«Crush», volvió a escucharse.
Yo miraba a ese chico y no podía creerme lo guapo que era, pero, a la vez, me daba cuenta de que no tenía ganas de intimar con él. Así, mientras miraba sus labios moverse y emitir palabras que ni siquiera escuchaba, sentí el impulso de poner fin a la cita. ¿Qué hacía allí con ese desconocido?
«Crush», volvió a repetirse.
—¿En serio no lo oyes? —interrumpí las palabras de Samuel con un tono un tanto brusco.
—¿El qué?
Levanté la palma de la mano y me quedé en silencio. Respiré hondo y volví a sentir ese olor desagradable, metálico. Pasaron diez segundos y…
«Crush».
Esta vez Samuel también lo escuchó.
—¿Ese ruido te preocupa?
—Viene de allí.
Salí del salón y me adentré en el pasillo. Samuel me siguió, relajado, observando con curiosidad las obras de arte que había colgadas en las paredes de la casa.
«Crush».
El ruido se escuchó más fuerte. Era una especie de golpe rítmico que se repetía siguiendo una cadencia desigual.
Avancé por el pasillo, consciente de que me acercaba al origen del ruido. Caminé a hurtadillas, en completo silencio.
«Crush».
Sonaba justo detrás de la puerta del aseo. Alguien estaba encerrado dentro y golpeaba el picaporte rítmicamente cada diez o doce segundos, como si quisiera salir del interior.
Tragué saliva, asustada, y golpeé la puerta con los nudillos de la mano.
—¿Hay alguien ahí?
La respuesta fue el maullido de un gato.
Suspiré con fuerza y compartí con Samuel una sonrisa aliviada.
—No sabía que la presidenta tuviera un gato —comentó él, que no parecía haber sentido miedo en ningún momento.
Abrí la puerta del aseo y me agaché para recibir a la pequeña mascota. Había estado saltando sobre el picaporte para poder escapar.
—¡Rasputín! ¿Qué hacías tú encerrado en el lavabo? —lo regañé.
El gato empezó a maullar, frotándose contra mis piernas.
—Eres muy guapo. —Lo acaricié con cariño—. Y demasiado curioso. ¿La abuela te ha encerrado aquí por accidente o ha sido Ayhir? Dime, ¿quién ha sido la despistada que te ha encerrado aquí dentro?
Rasputín maulló una respuesta que no entendí, pero yo ya estaba tranquila.
Por un instante había tenido mucho miedo, y ahora me sentía ridícula por no haberme dado cuenta de que el gato de mi abuela tenía que ser, a la fuerza, el origen de aquellos ruidos.
Incluso me planteé si darle un final feliz a la accidentada cita.
—¿Volvemos a donde estábamos? —sugerí.
—Por supuesto —contestó Samuel.
Regresamos al salón con una sonrisa distendida en el rostro y nos sentamos de nuevo en el sofá mientras Rasputín maullaba a nuestro alrededor.
Yo ya estaba convencida de que Samuel era un trepa que se había acercado a mí porque mi abuela era quien era, y tenía claro que nuestra relación no tenía ningún futuro.
Sin embargo, Samuel era guapo y sus labios eran perfectos.
Nunca había besado unos labios tan perfectos.
Él intentaba aprovecharse mí. ¿Por qué no hacer yo lo mismo?
Simplemente, disfrutar de la experiencia y olvidarme de ese chico para siempre.
Cerré los ojos y me dejé llevar. Sus manos grandes y fuertes descendieron desde mis mejillas, lentamente, hasta el cuello y los hombros. Me gustaba. ¿De verdad sería capaz de olvidarme de él tan fácilmente?
De repente noté un pinchazo y lancé un aullido de dolor. Al levantar la vista vi que Rasputín me había mordido en la pantorrilla.
—¡¿Por qué?!
Aquello no era normal. Rasputín era un gato más bien tranquilo.
Le gustaba frotarse contra las piernas de la gente y a veces ronroneaba cuando yo lo acariciaba entre las orejas, pero no se dedicaba a atacar de forma gratuita.
Observé al animal y vi que estaba tenso.
Tenía el pelo erizado y emitió un maullido desagradable, casi como un bufido.
—¿Qué te ha hecho el gato? Vamos, olvídate de él —pidió Samuel, y volvió a besarme.
Sus labios eran maravillosos. Eso era indiscutible.
Pero Rasputín no nos lo iba a poner fácil.
Siguió emitiendo unos bufidos tan molestos que resultaba imposible concentrarse.
Yo había concertado la cita justo el día en que sabía que ni Ayhir ni la abuela estarían en casa, pero no contaba con el inesperado boicot de Rasputín.
—¡¿Se puede saber qué te pasa?! —exclamé enfadada.
El gato bufó y pegó unos saltitos extrañísimos con las cuatro patas muy extendidas y arqueando el cuerpo en forma de puente, con el pelaje erizado.
—¡Basta ya! ¿Tienes hambre? ¿Tienes sed? —le pregunté, y entonces me giré hacia Samuel—. A lo mejor es eso. Igual se ha pasado un día entero encerrado en el lavabo y por eso ahora está histérico.
—Mi gato no hace eso cuando reclama comida.
—Ya lo sé, es muy raro, pero voy a darle de comer de todos modos…
Me levanté del sofá mosqueada, picada con Rasputín, y volví a salir del salón. Samuel me siguió con aire tranquilo y relajado.
—Igual se encuentra mal —comentó él, mientras avanzábamos por el pasillo.
—Eso espero, porque no me explico este boicot. Igual quiere decirme que no me líe contigo porque no eres de fiar…
Samuel empezó a reírse, pero la carcajada acabó de forma abrupta. Su fuerte mano me agarró del brazo y me obligó a detenerme.
—¿Has…, has visto eso?
El brazo derecho de Samuel señalaba hacia la puerta del fondo, la que daba acceso a la cocina. Alguien había garabateado la puerta de madera blanca con letras de un color fangoso:
HAS TENIDO SUERTE, PRESIDENTA.
LA PRÓXIMA VEZ TE ENCONTRARÉ.
TE DEJO UN REGALO EN LA NEV
Tardé unos instantes en asumir el contenido de aquella frase, que releí un par de veces.
Denotaba peligro, pero no sentí miedo de verdad hasta que comprendí qué era el líquido vagamente rojizo con el que se había garabateado el mensaje.
Inspiré hondo y volví a sentir aquel olor metálico, el inconfundible olor metálico de la sangre.