La mano izquierda
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Capítulo uno
Cuando lo vi llegar, no podía ni imaginarme que estaba a punto de vivir una experiencia tan atroz.
La cita me hacía ilusión, pese a que no me esperaba nada serio y no paraba de repetirme una y otra vez que podía darme por satisfecha si el encuentro acababa siendo, simplemente, divertido y agradable.
Lo había conocido en una aplicación que entonces estaba de moda entre los jóvenes de veinte a treinta años.
En la mayoría de las ocasiones los encuentros solo eran virtuales, mucho más placenteros y cómodos que los presenciales, pero ninguna tecnología puede sustituir la emoción que te da un beso o una caricia de verdad. Estaba nerviosa, lo reconozco.
—¡En persona aún eres más guapo! —le dije, y le besé ambas mejillas.
Acaricié el brazo de Samuel —así se llamaba el chico— en un gesto aparentemente espontáneo y aproveché para comprobar que la textura de la piel era cálida y sedosa, y que sus músculos eran duros como la roca.
Visualmente, era una maravilla. Mis ojos lo recorrieron con avidez de la cabeza a los pies, y la visión hizo que me mordiera los labios.
Me gustaba lo que veía. El cuerpo era escultural, con un torso en forma de V, ataviado con ropa y complementos de colores blancos y rosas que resaltaban aún más el color de la piel.
Era esa piel el rasgo más destacado. Negra como el ébano, tenía un tono levemente azulado que daba un aire exótico a un aspecto donde se equilibraba de forma deseable feminidad y masculinidad.
Samuel estaba tan bien hecho que era evidente que era un «diseñado», término que en ese momento usábamos para referirnos a los ciudadanos creados por un editor genético, una técnica consolidada pero aún minoritaria entonces.
—Tú también estás guapísima, Antígona —mintió Samuel para responder al cumplido de forma amable.
Afirmo que Samuel mentía porque, objetivamente hablando, yo no era guapísima.
Ni mucho menos. Tengo la misma nariz aguileña que mi abuela, una nariz que nos proporciona un aspecto carismático, pero que no nos hace precisamente bellas.
Obviamente, yo no soy una diseñada. Ningún editor genético diseñaría a una chica con mi nariz.
Siempre he sido consciente de ello. Probablemente por eso me sentía tan eufó rica.
Había conseguido ligarme a un diseñado guapísimo y había conseguido tener una cita presencial con él, pese a que vivíamos en ciudades distintas y los permisos para desplazarse requerían mucho papeleo.
Y todo ello lo había conseguido sin decirle quién era mi abuela.
Tenía mucho mérito, en serio.
—Me comentaste que ya habías estado en Medius, ¿verdad? —le pregunté.
Empezamos a caminar calle abajo, el uno al lado del otro. Le rocé la mano con el dedo índice en otro gesto aparentemente casual y Samuel tomó mi mano con una sonrisa mientras paseábamos juntos.
—Es mi segunda vez en Medius —confirmó.
En realidad, vivir en Medius sí era un punto a mi favor.
Medius ya era el barrio más famoso del país, lugar de prestigio donde se ubicaba el centro político del Estado.
La calle, peatonal desde hacía muchos años, discurría entre hileras de árboles, fuentes ornamentadas con nenúfares y flores multicolores plantadas por todos los rincones.
El entorno era precioso, de una placidez llena de harmonía que hacía impensable sentir cualquier tipo de inquietud.
Siempre he sido muy intuitiva, pero en ningún momento tuve la menor sensación de peligro.
De fondo solo se escuchaba el murmullo del agua en las fuentes y los alegres cantos de los pájaros.
Nada más. Yo solo estaba pendiente de aquella mano fuerte que me sujetaba y del agradable olor del perfume de Samuel.
Ni me di cuenta de que no había ningún policía apostado frente a la casa de mi abuela.
A decir verdad, los agentes que vigilaban el lugar las veinticuatro horas del día eran un elemento meramente decorativo.
Ni tan siquiera llevaban armas, tal y como era habitual en tiempos pretéritos, y nunca tenían que enfrentarse a ningún problema remarcable.
Tampoco vieron al otro chico joven, escondido detrás del olmo, con la cabeza oculta por una capucha negra; un foráneo en el barrio, que no perdía detalle de todos mis movimientos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Samuel.
—A casa de mi abuela —le contesté.
Ella me había comentado que estaría ausente durante todo el día, seguramente para que no fuera a visitarla.
Por supuesto, yo no le había dicho que planeaba llevar a un chico a casa, pero tampoco necesitaba pedirle permiso.
Mi abuela y yo estábamos muy unidas, muchísimo, y ella me dejaba entrar y salir de su casa a mi antojo.
Guie a Samuel hasta llegar delante de la casa y me detuve detrás de la verja con una sonrisa de oreja a oreja, estudiando su reacción.
—¿Ahora me dirás que tu abuela vive aquí? —preguntó él.
Aquel lugar, tras los primeros treinta y seis años de su gobierno, ya era muy conocido por aquel entonces.
Mi abuela había dado un montón de entrevistas en aquel mismo jardín, famoso por sus rosas blancas y por el lema «TODO PARA EL PUEBLO», esculpido en el marco de la puerta.
Hasta el último ciudadano de Itaka reconocería aquella casa, la casa de la presidenta Hera. La casa de mi abuela.
—¿No te lo había comentado? —hablé con naturalidad—. La presidenta Hera es mi abuela.
Samuel abrió un palmo de boca, sorprendido. En un primer instante no consiguió articular ningún sonido, como si las palabras se negaran a brotar de su garganta. Se tapó la cara con ambas manos en un gesto que se me antojó demasiado teatral.
—¡¿Tu abuela es la presidenta Hera?!
—Sí —contesté.
Siempre había sentido una gran inseguridad en mis relaciones afectivas justo por ser la nieta de quien soy.
Estaba convencida de que la gente trataba de gustarme por mi pertenencia a una familia influyente y poderosa.
Me daba miedo que Samuel solo quisiera salir conmigo por ser la nieta de la presidenta Hera, y por eso no se lo había dicho hasta ese momento.
Pero ahora acababa de surgir una sospecha incómoda.
¿Y si Samuel ya estaba al tanto de ello?
¿Y si todo aquello solo era un teatro meticulosamente estudiado para seducirme y aprovecharse de mi posición?
—¡Es increíble! —exclamó Samuel—. ¡Te lo tenías muy callado!
Me encogí de hombros, sin saber qué pensar.
—Vamos adentro, ¿te apetece?
—Claro —asintió.
Abrí la puerta de la verja y recorrí el caminito de grava que cruzaba aquel jardín tan emblemático para los ciudadanos de Itaka. Había esperado impresionar a mi cita con aquella sorpresa, pero, por desgracia, no estaba nada segura de que fuera una sorpresa.
—¿Estás nerviosa?
—Eres guapo, pero no tanto como para ponerme nerviosa. —Sonreí.
El detector me escaneó y la puerta se abrió de par en par para darme la bienvenida.
—Lo digo por lo de tu carrera como periodista —replicó él—. Mañana empiezas, ¿no?
Al entrar noté algo raro. El ambiente estaba cargado de un olor ligeramente metálico, un olor nada habitual en la casa y que no supe identificar por el momento.
También tuve la sensación de que el suelo estaba sucio y pegajoso, algo que tampoco era normal teniendo en cuenta que los robots de limpieza se ocupaban de tener la casa siempre impecable.
—¡¿Ayhir?! ¡¿Estás en casa?!
—¿Quién es Ayhir?
—La asistenta personal de mi abuela. Se supone que tampoco tiene que estar en casa, pero entra y sale cuando le da la gana. Son muy amigas —expliqué, y volví a gritar haciendo bocina con las manos—: ¿¡Ayhir!? ¿Estás en casa?
No hubo respuesta.
—¿Entonces cabe la posibilidad de que esa amiga de tu abuela, la tal Ayhir, entre en casa de sopetón y sin avisar?
—¿Por qué te preocupa? —Volví a sonreír, incapaz de resistirme al coqueteo—. ¿Acaso planeas hacer algo inadecuado y tienes miedo de que Ayhir te pille con las manos en la masa?
Él se limitó a esbozar una sonrisa encantadora. Sus grandes manos me tomaron de la cintura y se inclinó hacia mí. Era mucho más alto y tuvo que agacharse bastante, pero sus labios se encontraron con los míos. El beso fue tímido y cauteloso al principio, pero, poco a poco, empezó a ganar intensidad.
«Crush», se escuchó a lo lejos.
—¿Has oído eso? —pregunté.
—¿El qué?
Me aparté de él.
El beso había sido muy sensual, pero aquel ruido desconocido me inquietó. Intuía algo y sabía que no podría concentrarme en lo que se suponía que vendría a continuación si antes no averiguaba la procedencia de aquel ruido.
—¿Y a ti cómo te van las prácticas? —pregunté pa - ra ganar tiempo.
«Crush», volvió a sonar a lo lejos. Pero Samuel no pareció percatarse de ello y empezó a charlar distendidamente.
—La arquitectura urbana me gusta y se me da bien. De hecho, en el despacho donde hago prácticas me han ofrecido un puesto, pero aún no sé si aceptarlo…
Yo seguía pendiente de aquel ruido, pero tomé asiento en uno de los sofás del salón.
Ya había imaginado de antemano que aquel sofá podía ser el lugar donde los dos podríamos conocernos un poco más.
Me gustaba aquel tejido, suave y aterciopelado, un tejido que me parecía erótico al tacto con la piel desnuda.
«Crush».
Samuel no hizo el menor gesto de haber percibido el ruido. Me pasó por la cabeza la absurda idea de que lo estuviera ignorando a propósito, aunque eso no tenía ningún sentido.
—Sé que tengo que considerar esta oferta de trabajo como un gran éxito, pero quiero ser ambicioso y luchar por mis propios objetivos. Y mi objetivo ha sido siempre dedicarme a la arquitectura deconstructivista…
Me resultó casi ofensivo lo fácil que había sido cambiar la dinámica de la cita. Una sola pregunta relacionada con el trabajo, y aquel chico se había olvidado de darme besos y empezaba a soltar en voz alta sus ambiciones profesionales.
«Lo suponía», pensé. «Antes de acudir a la cita ya sabía quién era mi abuela».