Capítulo 41 - Solo un hombre #4
—Sé que no te gusto, Sõjõbõ —Karasuhito toma la palabra—, pero te ruego que tengas clemencia por una vez.
Ya no soy un tengu. Ya no vas a tener que verme nunca más.
Solo quiero quedarme aquí con la mujer que amo y con nuestra pequeña familia el tiempo que me quede en este mundo.
Si no lo haces por mí, hazlo por ellas. No se merecen sufrir más…
—Ellas no son mi responsabilidad, tú sí —responde el Águila con terquedad—. Y puede que el humano mintiese sobre algunas cosas y no seas culpable de todo lo que él te acusaba, aun así, has roto varias de nuestras normas y se debe imponer un castigo proporcional.
—Hasta aquí ha llegado mi paciencia. —Meredith se adelanta un paso. Sus ojos se han convertido en dos glaciares y su cara da mucho miedo. «No irá a pegarle, ¿verdad?». Pero no, el arma más mortal de la rubia siempre ha sido otra—. ¿Y cuáles son esas normas que Karasuhito ha roto?
—Ya las he enumerado antes.
—Bueno, discúlpame si no estaba muy atenta dado que me estabas estrangulando. —Meredith sonríe igual que un depredador y mi cuerpo se estremece.
—Para empezar, los yokais no podemos abandonar Japón.
—Ya… —Meredith se da unos golpecitos en la barbilla—. ¿Y me explicas entonces qué coño haces tú aquí, salado?
La boca de Sõjõbõ se abre, pero no salen sonidos de ella. Le lleva tres intentos poder articular palabras.
—Yo… Yo tenía que venir a buscarlo. No había otro remedio.
—Y Karasuhito tenía que venir para proteger a Kaya de un pirado muy peligroso, como ya has visto. No había otro remedio. —Meredith se encoge de hombros.
—Eso es diferente —contraataca Sõjõbõ.
—Elabora esa respuesta si no te importa —le reta mi amiga—. Porque verás, hasta donde llega mi inteligencia, y está feo que yo lo diga, pero llega muy lejos, no veo diferencia alguna entre lo que hizo él y lo que has hecho tú.
—Yo…
—¡Espera! —le interrumpe la rubia—. Sí la veo.
Él rompió las normas por una causa noble y justa: proteger a una mujer.
Tú las has roto simplemente porque querías castigarlo, cosa que podías haber hecho una vez que él regresase a Japón, porque es evidente que tarde o temprano iba a volver.
Así que, en realidad, no había necesidad alguna de que tú vinieses aquí, ¿cierto?
—No la había —concuerdan Isa y Jenna, y Meredith asiente.
—Te pudo la impaciencia y tu rencor contra ese hombre y rompiste las reglas por eso. Una razón poco noble y justa, si se me permite decirlo. —Meredith termina su discurso con una sonrisa de satisfacción.
—Habláis sin comprender…
—¡Oh! ¡Claro que comprendo! —se ríe la rubia de la lengua despiadada—.
Comprendo que estás interpretando las leyes como te da la gana para condenar a otros por faltas que tú también has cometido.
—La piel del Águila empieza a adquirir un matiz rojizo.
Lo que no tengo claro es si el cambio se debe a la furia o a la vergüenza—.
Comprendo que a pesar de ser más viejo que los pedos, te comportas como un mocoso malcriado que reniega de la verdad en cuanto esta no le beneficia y, lo que es peor, se niega a aceptar sus propios errores.
Has ayudado a un cabrón despiadado, has hecho daño a personas inocentes, te has saltado tus propias normas, y prefieres incriminar a otro y arrebatar una vida antes que admitir que te has equivocado.
Muy maduro y ético, sí señor. Tus dioses deben sentirse orgullosísimos de ti.
Qué buen tengu. Qué gran líder. —Aplaude tres veces, muy lentamente—.
Y por si acaso tú también tienes problemas con eso, déjame decirte que eso era sarcasmo puro y duro.
Lo estás haciendo de puta pena, querido.
Cada día que pasa me alegro más de ser amiga de Meredith, porque yo no soportaría un rapapolvo así. Me moriría aplastada por sus palabras.
Sõjõbõ tiene los puños apretados, igual que la mandíbula, y sus ojos son dos rendijas de pura rabia.
—Eso no…
—Yo que tú me lo pensaría dos veces antes de intentar rebatirle nada —le aconseja Isa con tono suave—. Lo digo por tu bien, de verdad.
—Solo iba a decir que esa no es la única falta que ha cometido Karasuhito. Abandonar Japón no es la única ley que ha quebrantado.
—¿Qué más ha hecho, según tú? Vamos, dime —le reta Meredith—. Dame más argumentos que desmontar.
—Ha entablado relaciones íntimas con una humana. Eso está prohibido. Y es la segunda vez que lo hace. La primera me limité a hacerle una advertencia seria. —«Y tan seria, joder. Casi le arranca el corazón»—. Y él sabía lo que sucedería si reincidía en su comportamiento pecaminoso.
—Mierda —masculla Meredith, y pone las manos en jarra—. No tengo cómo negar eso dado que os habéis comido los morros delante suyo. —Nos mira a Karasuhito y a mí.
—Fui yo la que inicié esas relaciones —declaro—. La culpa es mía, no suya.
—Kaya, eso no… —empieza Karasuhito. Le tapo la boca corriendo antes de que pueda decir alguna cosa más que lo incrimine a ojos del Águila.
—Da igual quién iniciase las cosas. Va contra nuestras leyes —sentencia Sõjõbõ.
Meredith suelta un juramento y se frota las sienes, buscando algo con lo que defendernos.
—Tranquilos todos —Jenna da un paso al frente—, que yo me ocupo de esto.
Perplejos, la observamos avanzar con un equilibrio un tanto precario hasta colocarse delante de Sõjõbõ, que la mira de forma escéptica ante la inesperada proximidad.
—¿No deberíamos hacer algo? —comenta Isa, nerviosa.
—No sé qué hacer cuando no sé qué pretende hacer ella —admite Meredith.
Y yo no quiero soltar a Karasuhito por si acaso. No quiero darle la más mínima oportunidad a Sõjõbõ de atacarlo.
—Estimado hombre pájaro de piel perfecta y músculos de infarto, me llamo Jenna. Un placer.
Una de las cejas del Águila emprende el vuelo hasta casi tocar el nacimiento de sus plumas.
—No veo la necesidad de presentarnos —contesta, visiblemente confuso.
—Es que no me gusta besar a completos desconocidos.
«¿Be…? ¡¿Besar?!».
Jenna pega un brinco, se engancha del cuello de Sõjõbõ y, efectivamente, le besa.
Meredith deja caer los brazos, Isa la boca, mis ojos se van rodando por el suelo del bosque y a Karasuhito se le escapa un silbido. No sé si estamos más sorprendidos por el arrebato de Jenna o porque ha pasado un minuto entero y Sõjõbõ no la ha apartado.
—Uy, por Dios, qué calores. —Jenna se abanica cuando por fin se separa de él. Se da la vuelta, parece mareada y tiene unos coloretes que rivalizarían con la manzana de Blancanieves—. Ah, no, ¡espera! Que Karasuhito había roto esta regla dos veces.
Se gira de nuevo, trepa por el cuerpo de Sõjõbõ y vuelve a besarlo con más intensidad que la primera vez. No solo eso, también engancha una pierna alrededor de la cadera del Águila y se restriega de una forma nada decorosa.
En medio de mi estupor, una mano grande aterriza delante de mis ojos y me bloquea el espectáculo.
—Tú no… no mires… —farfulla Karasuhito.
«¿Y por qué yo no, pero los demás sí?». Me callo mi protesta porque no quiero sonar como una absoluta depravada.
Cuando la mano desaparece, presupongo que el beso ha terminado.
Jenna regresa con nosotras, falta de aire, soltando risitas y abanicándose con la mano.
—Eso tenía algún propósito o… —Meredith no puede ni acabar la frase. Mientras, la cara redondeada de Isa parece una frambuesa.
—Sí que lo tenía —afirma Jenna, que no puede dejar de reírse como una colegiala.
—Algún otro propósito aparte de tu propia satisfacción… —insiste Meredith.
—Sí que lo tenía. Ahora él también ha intimado con una humana. ¡Dos veces! —declara triunfal—. Está igualado con Karasuhito.
Me abstengo de mencionar que la forma en la que Karasuhito y yo hemos intimado ha ido mucho más allá de unos besos, y lo hago por dos razones. Uno, mi vida íntima no es asunto de nadie. Dos, me da verdadero terror que Jenna se tome eso como un desafío personal y haga algo aún más loco.
—Me has engañado —la acusa Sõjõbõ.
—No, cielo, no. Te he besado. Y a juzgar por lo que he notado ahí abajo…, lo has disfrutado tanto como yo, así que, de nada . —Le sonríe con una picardía inmensa y le lanza un beso, y él se sonroja entero.
Meredith estalla en carcajadas y felicita a Jenna. Isa parece debatirse entre felicitarla también o darle un sermón. Yo sigo muda con toda esta situación.
—Tus amigas… —me susurra Karasuhito. Como no sigue, lo miro de reojo. Su cara es una perfecta mezcla de terror y admiración.
—Lo sé. —Le doy unas palmaditas—. Lo sé.
—Bien —Meredith toma la palabra—, ¿hay alguna acusación más que quieras hacer contra Karasuhito? ¿Alguna regla más que él haya roto y tú no? Y en vista de lo que acaba de pasar, te aconsejo que medites muy bien tus próximas palabras, no vaya a ser que Jenna te robe algo más que unos besos.
Siento las oleadas de calor que desprende el cuerpo de Sõjõbõ desde aquí. Pensándolo bien, es posible que este haya sido su primer beso. Entre eso y que se está viendo las caras con Meredith, me empieza a dar un poco de pena el señor Águila.
—Sõjõbõ —lo llamo—, por favor. No le hacemos daño a nadie, solo queremos estar juntos. Y Karasuhito ya ni siquiera es un tengu, ¿de verdad sigue siendo tu labor castigarlo? Ya no es uno de los tuyos. Además, le han robado su inmortalidad, ¿no es ese suficiente castigo?
Las dudas titilan en sus ojos como una llama a merced de una corriente de aire. Una llama que puede extinguirse o incendiarse más.